ENTREVISTA A JOSÉ SACRISTÁN - ACTOR
«Unos hacen la historia y otros la padecen»
Incombustible, protagoniza hoy junto a Javier Godino ‘Muñeca de porcelana’ en el Teatro Zorrilla, un texto del aclamado David Mamet sobre las cloacas del poder escrito para Al Pacino

José Sacristán.-E.M.
Recién llegado de Ponferrada, donde ha estampado sus huellas en cemento junto al Teatro Bergidum, José Sacristán (Chinchón, 1937) se sube hoy al escenario del Teatro Zorrilla (20.30 horas) para protagonizar Muñeca de porcelana junto a Javier Godino (El secreto de sus ojos), un texto de David Mamet (Glengarry Glen Ross, Cortina de humo, Los intocables). El incombustible actor recibirá el reconocimiento de la bombonera, que inscribirá su nombre en una butaca. «Estos homenajes son ya cosas del Imserso... pero me hacen muy feliz», reconoce.
Pregunta .– Dice el director Juan Carlos Rubio que este espectáculo nos lleva hasta las cloacas del poder, que muestra las relaciones entre los políticos y las grandes empresas. ¿Hasta dónde nos llega la mierda?
Respuesta .– Lamentablemente, no hace falta ver Muñeca de porcelana para comprobar que nos salpica la mierda por doquier. Se ha dicho que este espectáculo es como una radiografía del poder, pero yo creo que es como una colonoscopia, que es como meterle por el mismísimo culo el aparato para descubrir sus alcantarillados. Y Mamet pone el acento en el ciudadano de a pie, en el qué pintamos nosotros en todo esto. ¿Quién pone a estos señores ahí? ¿Quién los aplaude y jalea? ¿Quién les vota, en definitiva? No llegan al poder por generación espontánea. No se colocan en su silla poniéndole a nadie una pistola en el pecho, para poner luego el 21% de IVA porque les sale de sus cojones. No. Están ahí porque nosotros, toda la sociedad, generamos una clase política que nos representa. Y es lo que Mamet advierte.
P .– Ya lo dice su personaje: ‘El mundo está lleno de gilipollas y muchos de ellos tienen derecho a voto’. ¿Nos damos por aludidos en el patio de butacas?
R .– Sí, sí, suele haber una risa ahí, una risa más bien nerviosa. Este Mickey Ross es la corrupción llevada a su último extremo, a la impunidad. Este hombre no da cuentas a la justicia, sino a un poder superior tan corrupto como él. Llega un momento en el que el poder político, unido al económico, conlleva otro poder moral con sus propias normas de comportamiento. Lo estamos viendo: hay una decisión moral en subir el IVA, en la reforma laboral, en los recortes en sanidad y educación. Es la razón del más fuerte, ni más ni menos. Lo jodido es comprobar dónde está la fuerza capaz de neutralizar todo eso: simplemente, no existe.
P .– Su Ross es avasallador, fiscalizador, insolente, maleducado... ¿Eso está en el ADN del que se siente poderoso o esconde algo, un complejo de inferioridad, quizá?
R .– Mamet no hace psicoanálisis. He procurado, respetando el espíritu de la función, traer a este personaje a nuestras latitudes. Tiene las contradicciones propias de cualquier individuo, sus fragilidades; incluso, aunque pueda parecer un sarcasmo, tiene sus momentos tiernos. Pero es el espejo en el que más de uno puede reconocerse.
P .– ¿En un mundo tan desigual como este, que un madurito le regale un avión a su novia es otra forma de corrupción?
R .– Él lo vive como algo natural, pero volvamos a lo que Mamet nos señala: no nos rajemos las vestiduras, no seamos cínicos, convivimos con estos tipos, conocemos sus actitudes y, en ocasiones, las propiciamos y perpetuamos. Cuándo puñetas vamos a ser capaces como sociedad de impedir, o al menos no facilitar, que estas cosas pasen. Mira lo que acaba de pasar en EEUU. Mira dónde está la izquierda francesa. Mira en qué deriva ideológica y moral está toda Europa.
P .– Muñeca de porcelana se estrenó en 2015, y es difícil pensar que Mamet hubiera podido imaginar que Trump llegaría al poder. ¿Habría escrito la obra de otra forma?
R .– No, no... Está ahí todo. Lo que más me gusta de Mamet y de los grandes autores es que no pretenden dar doctrina: proponen una peripecia dramática y, a partir de ahí, que cada uno saque sus propias conclusiones. No quiere moralizar ni ejemplarizar.
P .– En los últimos años vemos en escena espectáculos como Otello o El jurado, por ejemplo, que hablan de corrupción. ¿Puede el teatro iluminar esas zonas oscuras de la sociedad que ignoran unos medios de comunicación sujetos también a esas grandes empresas que se alían con el poder?
R .– Tengo años suficientes como para haber conocido qué era eso de hacer cine contra Franco, teatro contra Franco o literatura contra Franco, y para saber cómo es eso de crear en Democracia. Uno, al margen de la profesión, trata de contribuir como ciudadano a poner en pie asuntos interesantes para la sociedad, pero... si la cultura fuera capaz de modificar o cambiar la historia, yo me moriría de vergüenza como hombre de la cultura, porque hay que joderse viendo dónde estamos. La historia la hace el poder. Unos la hacen y otros la padecen.
Me jode esa premisa de convertir el escenario en un púlpito. Como ciudadano, cada uno sabe dónde está. No hace falta que Mamet escriba Muñeca de porcelana para saber lo que pasa. Estamos hartos. Pese a todo, los más corruptos siguen estando los primeros en intención de voto. ¿Qué coño pasa? ¿Hace falta que aparezca la gente de teatro...? ¿Pero a decir qué...?
P .– Hace mucho que se dijo aquello de que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente y nada cambia...
R .– En efecto. Pasa el tiempo y mira dónde estamos. Yo defiendo lo que mi oficio tiene de puro y simple entretenimiento. ¿Por qué no hacer una buena comedia, sin más historia, si se hace bien? Si por añadidura esa comedia la firma un tal Shakespeare, pues imagina. Y si además se tocan temas importantes... Pero hay que hacerlo con la humildad suficiente como para saber que lo que haces es proponer algo que ya está en la conciencia de la gente. Sería como para cortarse las venas el que fueran necesarias funciones como éstas para que la gente sepa lo que pasa. Seríamos tontos del culo.
P .– ¿Saber que este Ross fue escrito para Al Pacino, le emociona especialmente?
R .– Sí, claro. Y diré que Mamet me envió una carta felicitándome por el trabajo, con una pulserita de plata con su nombre y tres puntos verdes que, según me escribió, es la señal que reciben los pilotos cuando están en la pista correcta. Según me dijo su representante, este montaje está más cerca de su obra que lo que se hace en Broadway... Y no creo que Pacino tenga la pulsera, que le han dado (los críticos) con un caño.