Diario de Valladolid

Pánico en Peñaranda

El primer estruendo, que atronó a Peñaranda de Bracamonte (Salamanca), sembrando de terror, humo y desperdicios sus cielos limpios, se produjo a las once y veinte del domingo 9 de julio de 1939. Hacía tres meses que había concluido la guerra y muchos peñarandinos aguardaban en la plaza el toque de campanas para entrar a misa, cuando la columna de humo les indicó que la explosión procedía de la estación.

Instantanéa de la estación de la localidad de Peñaranda después de la explosión aquel 9 de julio de 1939, cuando los vecinos no entendieron que había ocurrdido, si dos meses atrás se había puesto punto final a la guerra civil española.-

Instantanéa de la estación de la localidad de Peñaranda después de la explosión aquel 9 de julio de 1939, cuando los vecinos no entendieron que había ocurrdido, si dos meses atrás se había puesto punto final a la guerra civil española.-

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Redacción de Valladolid
Valladolid

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El pánico recrudeció de inmediato con una segunda explosión más estruendosa, seguida por el vuelo de chatarras, piedras y restos diversos del destrozo. Entonces ya no hubo tiempo para cábalas, porque los humos del incendio recrudecieron y hasta las casas más nobles de la plaza mostraban un paisaje desolador, con rajas en los muros y los tejados hundidos. Todos los cristales de Peñaranda habían saltado por los aires y empezaron a oírse los primeros lamentos de los heridos.

UNA CIUDAD DINÁMICA E INDUSTRIAL

Aunque la guerra civil había concluido en abril, cuatro polvorines repletos de bombas y explosivos jalonaban los puntos cardinales del núcleo urbano de Peñaranda de Bracamonte: en el muelle de la estación, en el convento de San Francisco, en la Poza donde más tarde se construyó el barrio nuevo y en la ronda de los Lagares.

El cercano campo de aviación de monte Arauzo había sido durante la guerra lanzadera estratégica para las expediciones de castigo aéreo, primero hacia los frentes del norte mientras hubo resistencia, y luego a machacar la ciudad de Madrid. Por eso, Peñaranda hospedó durante la contienda aviadores españoles, italianos e incluso un contingente nazi de la Legión Cóndor, que es el que más se hacía notar. Sus soldados regalaban las codiciadas cajas metálicas vacías del tabaco a los chavales.

Peñaranda de Bracamonte preside la dilatada comarca cereal salmantina que linda con La Moraña abulense y con la Guareña zamorana, asomando además a la vallisoletana Tierra de Medina. Un mismo espacio paisajístico y agrario troceado en la división provincial de 1833. Hasta entonces, Peñaranda había formado parte de Ávila. Su condición cabecera de un rico Partido Judicial le granjea un siglo diecinueve especialmente próspero. Primero la cruza el trazado de la carretera de Salamanca a Madrid. Luego, la alcanza el ferrocarril.

Más tarde, vive el impulso de las manufacturas textiles y las fábricas de curtidos, de cuyo auge se hacen eco los viajeros que la visitan. Unas y otras sacaban provecho a las lanas y pieles de los rebaños que en su trashumancia por la cañada oriental hacían escala en Peñaranda. Pero Peñaranda no era solo lugar de paso, sino parada obligada en el camino entre Salamanca y Ávila o Medina. De ahí, la tradicional dedicación de sus artesanos a los arreos y atavíos para carros y caballerías y su pujante industria del calzado, que todavía en la actualidad conserva vestigios significativos, capaces de superar la aguda crisis de principios de los ochenta.

Pero lo más llamativo del entorno peñarandino es sin duda su paisaje cereal, del mismo modo que su mayor relevancia urbana la marcan dos gigantescos silos. Para el más altanero y reciente, muy ponderado por los interesados en las modernas arquitecturas, no sería ningún exceso usar el tópico de catedral laica.

En el entorno de Peñaranda no hay árboles, ni ríos, ni apenas arroyos, aunque cerca de Pedrezuela de San Bricio se extiende la lámina acuática del Azud de Riolobos. Algunos topónimos evocan antiguos espacios forestales brutalmente despojados de árboles: Los Quemados, Parado Rozado o El Rompido. Pero hacia el Sur, apenas a diez kilómetros, se encuentran ya las primeras dehesas. Dos fábricas de harinas molturan las generosas cosechas de sus campos: la Panificadora Viguesa y la harinera de Alonso Marcos.

LA VILLA DE LOS MERCADOS

Hasta la segunda mitad del siglo diecisiete, Peñaranda se apellidó de los Mercados. A partir de entonces, decoró su nombre con el apellido nobiliario Bracamonte, que era el de los condes. Ambos muy expresivos de momentos diferentes y sucesivos de una historia siempre pujante. Por su emplazamiento, Peñaranda fue encrucijada de intercambios entre agricultores y ganaderos, que movían sus rebaños a través de la cercana Cañada de las Mostrencas. Ya en el siglo XIV recibe la concesión de un mercado semanal y de una feria anual. Aquella vocación mercantil condicionó sin duda su trazado urbanístico, que presenta tres plazas consecutivas recorridas en su práctica integridad por soportales.

Realmente, solo faltan soportales en la Casa de los Condes que mira a la plaza de España. La sucesión de plazas porticadas, que rematan a un extremo con la chamuscada (en 1971) iglesia de San Miguel y al otro con la Fundación Germán Sánchez Ruipérez (que engloba en su estructura moderna la histórica cárcel de la villa), ofrece tramos majestuosos, como el que se asienta sobre las columnas platerescas traídas del convento jerónimo de San Leonardo, en Alba de Tormes, y otros más averiados, pero en general todos con buen aspecto. Los soportales servían para la exposición de los productos en los mercados invernales y también para su guarda durante la noche previa. La parte más degradada de las tres plazas corresponde a la antigua Casa Condal, de aspecto bastante descuidado.

ARDE PEÑARANDA

Siendo cierto que los mercados condicionaron el urbanismo y la prosperidad de Peñaranda, no lo es menos que el patrocinio condal enriqueció su legado artístico y estimuló a partir de fines del diecisiete un indudable desarrollo, que culminaría con la concesión por Alfonso XIII en 1908 del título de ciudad. Peñaranda tiene su teatro decimonónico dedicado a Calderón bien restaurado, una plaza de toros centenaria y guarda su joya artística menguada tras los muros cerámicos del convento de las Madres Carmelitas, fundado en la segunda mitad del diecisiete por un Bracamonte que además de conde fue virrey de Nápoles. La merma se deduce al contrastar el detallado inventario de joyas napolitanas de Gómez Moreno hace cien años con lo que queda actualmente. Llaman la atención, sobre todo, sus relicarios de cristal de roca con múltiples celdillas y puerta de ébano.

La espantosa tragedia de julio de 1939 se llevó por delante vidas y casas, dejando un saldo de más de mil quinientos heridos, muchos tullidos para siempre. El escrutinio de aquella fatalidad no se hizo entonces, porque resultaba incomprensible que tres meses después de acabada la guerra siguieran rodeando a Peñaranda los cuatro depósitos de explosivos, en condiciones de descuido que presagiaban la catástrofe. El gobernador civil de Salamanca era Gabriel Arias Salgado (1904-1962), ministro de Información y Turismo y responsable de la censura entre 1951 y 1962. La tragedia no se pudo ocultar, pero el clima guerracivilista calificó las explosiones como voladura de sabotaje, que es la expresión usada entonces por el Cuartel General de Franco.

Sin embargo, la explicación es más sencilla y acusadora. El polvorín de la estación guardaba aquel verano más de trescientas toneladas de bombas con carga y más de cien toneladas de explosivos, en su mayor parte amonal. Al ser domingo, el muelle de la estación se encontraba poblado de curiosos, que acudían de ronda para quedar por la tarde con las chicas de la fábrica de calzado. Quienes sobrevivieron a la explosión relataron entonces, antes de que la censura sofocara cualquier testimonio, cómo el tren procedente de Extremadura «llegaba con una rueda al rojo vivo, echando humo, sobre el que los ferroviarios arrojaban paladas de tierra». Aquel convoy llevaba un vagón de pasajeros y varios de mercancías repletos de amonal, un explosivo muy empleado en la guerra civil.

A las once y veinte, una nube negra cubrió el cielo de Peñaranda, llevando a pensar que podía tratarse de un bombardeo. El estruendo alcanzó a los pueblos de alrededor y su columna de humo se veía desde Salamanca, situada a 39 kilómetros. Pero la conmoción no quedó ahí. Inmediatamente estalló el polvorín de la estación, creando el pánico en la ciudad, y se desató un incendio que hizo desaparecer las viviendas de las calles Rebolla, Elisa Muñoz, Ébreros y los Caños. Ahí se cortó el fuego, cuando ya amenazaba a otro polvorín cercano. La onda expansiva quebró todos los cristales de Peñaranda, lanzando hierros y chatarra a gran distancia.

Los vecinos supervivientes tienen que repartirse en acogida por los pueblos de alrededor, mientras los heridos son llevados a Salamanca, Ávila, Valladolid y Zamora. Bomberos y militares del batallón antigás evitan que se propague el fuego, a la vez que se organiza la alimentación de los refugiados. La amenaza de derrumbes obliga a desalojar las viviendas malparadas, que son prácticamente todas. Se anuncian los primeros donativos, encabezados por doscientas mil pesetas que envía Franco, y se crea el Patronato para la reconstrucción y Socorro, que también preside Franco.

En julio concluye la tarea de desescombro, llevada a cabo por 800 obreros de un batallón disciplinario de presos, mientras el consistorio pide ayuda a todos los ayuntamientos de España; el 9 de agosto se celebra un funeral en la Plaza, seguido de desfile y prosigue la tasación de daños y perjuicios. Pero ni el pago de indemnizaciones, ni la moratoria en las contribuciones tuvo nada que ver con lo que más tarde se aplicó en los incendios de Santander (15 de febrero de 1941) y Cádiz (18 de agosto de 1947). Porque Peñaranda nunca recibió la preceptiva calificación de hecho catastrófico.

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