Diario de Valladolid

LOS PUEBLOS Y SUS NOMBRES

La muda de los pueblos

Son muchos los municipios de Castilla y León que han cambiado de nombre, unas veces por estética, al tratarse de denominaciones malsonantes, otras por ser ofensivos, como el caso del burgalés Castrillo de Matajudíos, aunque en ocasiones se olvida que tras el original se esconde la esencia de un pueblo

Este municipio de    la provincia de Salamanca, de nombre asociado al dictador, mantiene su denominación pese a la Ley de la Memoria Histórica-

Este municipio de la provincia de Salamanca, de nombre asociado al dictador, mantiene su denominación pese a la Ley de la Memoria Histórica-

Publicado por
Ernesto Escapa

Creado:

Actualizado:

Con más o menos acierto, sucesivas oleadas de mudanza van cambiando los nombres de los pueblos, sin reparar a veces que en ellos se esconde o exhibe su auténtico arquetipo, como nos advirtió el genial Jorge Luis Borges. Pero en el tropel no rige más criterio que el de la oportunidad inmediata, y así es posible culminar (incluso con referéndum mediante) una mudanza de nombre tan injustificada como la reciente (2015) que convirtió al pueblo jacobeo burgalés de Castrillo Matajudíos en Castrillo Mota de Judíos, ignorando el significado de mata forestal ajena a los ajusticiamientos de su anterior apellido.

Aunque lo cierto es que el malestar de este nombre viene de antiguo y se recrudeció con la pujanza del turismo durante la primavera de Fraga, en los primeros años sesenta. De hecho, el mapa oficial de la Diputación burgalesa de entonces registró una propuesta de cambio que homenajeaba al más ilustre de sus naturales como Castrillo de Cabezón. Pero entonces, el veto severo de la Academia de la Historia, argumentado por el geógrafo don Amando Melón, disuadió a los burgaleses de un cambio que se planteaba para realzar la figura del músico renacentista Antonio de Cabezón. Porque Matajudíos nada tuvo que ver con persecuciones. Pero el lavado toponímico es un afán imparable, y si no sale adelante por una vía, enseguida busca otra emergencia. Porque nadie se encuentra a gusto con ese malestar. El ilustre y exquisito poeta Federico García Lorca llevaba fatal sus estíos familiares en Asquerosa, nombre propicio a toda suerte de chuflas escolares, y asiento de su umbría Casa de Bernarda Alba. El pueblo de la vega granadina no le alivió el bochorno, porque sólo mudó su nombre por Valderrubio en 1943, una vez muerto el poeta. Otro escritor sensible, como Antonio Gala, hace malabarismos cordobeses o pinariegos (de Cuéllar) para ocultar su nacimiento en el manchego Brazatortas, que considera ignominioso. También nosotros tuvimos nombres infectos, como el salmantino y teresiano Pocilgas, que mudó en Buenavista, o el zamorano Cagajones, que antes de decorarse como Casaseca de las Chanas y tener por alcalde a Maíllo, mudó transitoriamente en el heráldico Roelos del Campo. Pero la corrección política no alcanza a todos, sino que depende mucho de quién resulte injuriado. Porque el leonés Matamoros está en la misma ruta jacobea que Matajudíos y nadie reclama su mudanza. Tampoco para el palentino Matamorisca, situado en la montaña románica de Aguilar de Campoo. En la sierra madrileña permanecieron, aguardando la colonización turística, Chozas y Porquerizas, hasta que sus nuevos habitantes promovieron el cambio respectivo en Soto del Real y Miraflores de la Sierra, ejemplos ambos de pupila fina.

Más allá de caprichos, es verdad que algunas mudanzas parecen irremediables, como las que adecentaron el viejo nombre zamorano de Garrapatas, que pasó a llamarse Santa Eulalia de Río Negro, el soriano de Fuentelpuerco (Fuente Tovar), el abulense de Escarabajosa (Santa María del Tiétar), el burgalés de Cuerno de Butrón (Villalta) o los leoneses de Sacaojos (Santiago de la Valduerna) y Vega de Perros (Vega de los Caballeros). Pero las mudas no son para todos, porque Villaviciosa de los Perros, en el Alto Bierzo, no logró desprenderse del apellido canino. Ni alcanzó la muda a Escarabajosa, en Segovia, Cabezas de Alambre, en Ávila, Culebras, en León, y Lagartos, en Palencia. El Oso abulense no es lo mismo ni caso parecido. Pozal de Gallinas (Valladolid) intentó convertirse en Morales del Rey, pero no pudo con los pagos a la Corona.

Otros cambios obedecen al deseo de adornar un pasado hortelano que se considera vulgar para los nuevos tiempos, como el morañego Cebolla, ahora San Cristóbal de Trabancos, o Curiel (Valladolid) y Fresno de los Ajos (Zamora) o Alija de los Melones (León), actualmente apellidados de Duero, de la Ribera y del Infantado. Sin embargo, El Ajo (Ávila) mantiene su nombre y sabor. Por no mencionar la persistencia de nombres ofensivos para la nueva conciencia ecológica, como el leonés Matalobos, el soriano Matalebreras o los abulenses Moraleja, Villar y Blasconuño de Matacabras.

La cursilería mudó el salmantino Barba de Puerco en Puerto Seguro a la altura de 1916. El nombre antiguo describía de forma muy plástica la figura dibujada en su horizonte por la confluencia fluvial del Dos Casas con el Águeda, que realmente parece el hocico de un geológico cochino. Este lugar se llamó primero Barbada de Puerco, hasta que la economía expresiva dejó el morro en barba. Todo ello antes de recibir su pomposo nombre actual. Puerto Seguro era el título nobiliario del diputado charro que gestionó la mudanza en Madrid e hizo de padrino en el bautizo.

DE ETIQUETA POSTAL

El 2 de julio de 1916 vio la luz el real decreto que recogía la reforma propuesta por la Sociedad Geográfica para facilitar el funcionamiento del servicio oficial de Correos. Existían entonces 1.020 nombres repetidos entre los 9.266 ayuntamientos de España. El arreglo consistía en apellidar de forma diferenciada a los más pequeños, para evitar confusiones, colocándoles apelativos que no fueran arbitrarios y siguiendo el criterio de variar los más pequeños, con el intento de que el nuevo calificativo asignado “respondiera a la tradición, al uso o a los afectos de cada localidad, teniendo siempre presentes los antecedentes históricos”. A pesar de enfoque tan estimable y de contar con una tutela solvente, los cambios no siempre salieron bien. Por citar algunos ejemplos significativos, los vallisoletanos Trigueros y Villalba del Alcor perdieron su denominación histórica en beneficio de los pueblos andaluces fundados por sus naturales en Huelva. Trigueros pasó a ser del Valle y Villalba a pluralizar su apellido. Más curioso aún fue el caso de Villanueva de los Infantes, coincidente en Ciudad Real y en el valle Esgueva. Como el manchego no aceptó quedarse como Infantes, el pueblo de Aurora Bautista tiene su nombre repetido en La Mancha. Aunque en general las mudanzas fueron pacíficas y para largo tiempo, sólo susceptibles de cambio con el turbión ocasionado por la guerra civil o en los apaños autonómicos recientes. También se aprovechó el trance para canjear nombres peyorativos como Vellacos por Flores de Ávila, en la comarca de la Moraña. Y algún trueque bien traído. De las dos Villanueva del Conde (en Burgos y en Salamanca), se quedó con el nombre la villa de la Sierra de Francia, mientras la burebana mudó a Villanueva de Teba.

ALIÑOS AUTONÓMICOS

Tampoco los gobiernos autonómicos se mantienen ajenos a la limpieza y esplendor de los nombres de sus pueblos, de manera que la Junta de Castilla y León ha tramitado expedientes de mudanza motivados por la corrección ortográfica, urgidos por la eufonía o aupados por el boato histórico. En Ávila, redujo Casas del Puerto de Villatoro a Casas del Puerto. En Burgos, cambió b por v en Cavia, precisó en Quintanilla del Agua y Tordueles y quitó la h a Gumiel de Izán. En León, Ribera de Grajal y de la Polvorosa pasa a ser Ribera de la Polvorosa y Prado de Paradiña se convierte en Prado de Somoza. También Noceda adquiere el apellido del Bierzo. En Palencia, Velilla de Tarilonte cambia a Velilla de la Peña, y en Segovia, la patria del emperador Teodosio se explaya como Coca-Ciudad de Cauca. Por último, en Zamora la duriense Pino se adorna como Pino del Oro.

También disponemos de algunos de los nombres más eufónicos de la geografía nacional, como el morañego Madrigal de las Altas Torres o el berciano Villalibre de la Jurisdicción, aunque en ese apartado no tiene pila bautismal la autonomía. Tampoco para los acogidos a la Asociación Internacional de pueblos con nombres feos, raros y peculiares, donde los hay alborotadores, como los zamoranos Peleagonzalo, Peleas de Abajo y Peleas de Arriba, o de dudosa resonancia, como el berciano Calamocos, el abulense Poyales del Hoyo, el segoviano Bernuy de Porreros, los leoneses Calaveras de Abajo y de Arriba, o el salmantino Machacón. No aportamos un Villapene, como Galicia, ni la Guasa de Aragón, pero contamos con lugares tan sonoros e incluso irreverentes cual La hija de Dios, en Ávila, o Dios le Guarde, en el poniente salmantino, como advertencia de un bosque ominoso en el camino hacia Tenebrón. Tampoco disuenan en este repertorio pueblos enigmáticos como los zamoranos Manganeses de la Lampreana y de la Polvorosa o el Cubo de la Tierra del Vino y el leonés Calzadilla de los Hermanillos.

RESIDUOS CAINITAS

El polvorín de los pueblos guarda todavía esquirlas procedentes de la guerra civil y sus consecuencias, que once años después de la aprobación de la Ley de la Memoria Histórica siguen percutiendo en la badana del cainismo. Superada sólo en parte la fase del panteón de hojalata franquista presente en los callejeros, todavía aparecen en la cartografía y en los indicadores de los pueblos y de algunas ciudades nombres ilegales, como Alcocero de Mola, en Burgos; Águeda del Caudillo, en Salamanca; San Leonardo de Yagüe, en Soria; Quintanilla de Onésimo, en Valladolid, o el Barrio de Girón en la capital. Corrigieron la ofensa, a lo largo de estos años democráticos, Bárcena en El Bierzo y La Santa Espina, en Valladolid.

tracking