EL SIGLO DE DELIBES

Morral de fortuna

Cuando Delibes emprende la escritura del Diario de un cazador (el 5 de febrero de 1954), que iba a ser su quinta novela mayor, tuvo claro desde el principio al protagonista Lorenzo como álter ego suyo y ejemplar típicamente hispano: «cazador, producto del sol y el viento, bravucón y refrenado, largo de lengua y más corto en hechos, vehemente, soñador, perezoso y criticón, pero al propio tiempo, limpio para amar, generoso en las entregas, noble en los principios y leal a la amistad».

-EL MUNDO

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Redacción de Valladolid
Valladolid

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UN CAZADOR QUE ESCRIBE

La experiencia de dar voz al bedel Lorenzo para el relato de sus cuitas y cacerías fue tan afortunada, que se planteó recurrir periódicamente a él con sus diarios, para «convertir a Lorenzo no solamente en su álter ego, sino también en referente representativo de cada una de las épocas que le tocase vivir». Sólo interrumpió la secuencia de los diarios el ofrecimiento de una jugosa beca March de un millón de pesetas para escribir La hoja roja (1959), previa la generosa advertencia de su caporal, el agustino de Revilla de Santullán Félix García Vielba (1897-1983), quien avisó a un Delibes perplejo que para cobrar la beca no era preciso justificar ningún gasto, «sino escribir una novela sin interrupciones ni sobresaltos, en un plazo razonable».

Aquella inesperada bicoca –Delibes había solicitado la beca, que le fue concedida, para hacer un viaje por los países bálticos estudiando la actividad de la Hansa Teutónica, que explicaba en Historia del Comercio- le hizo olvidarse de su proyecto inicial con el bedel. «Lorenzo pensaba yo que hiciese muchas cosas: pescar, jugar a la pelota, correr en bicicleta… En suma, un hombre que hiciera lo que yo había hecho. Pero la vida me atropelló y no me dio tiempo a hacer con él todo lo que pensaba… Una serie que pudo alcanzar la docena de volúmenes, se quedó en tres. El hombre propone y Dios dispone».

Si la secuencia de los diarios de Lorenzo se interrumpe hasta su jubilación, la aparición en marzo de 1955 del Diario de un cazador abre en la obra de Delibes una espita cinegética, que agrupará novelas, cuentos, diarios, ensayos y cuadernos personales de caza, respaldando su idea de que el escribir de caza supone para él «no una actividad accesoria, sino sustantiva», sin la cual «difícilmente podría desenvolverme». De hecho, en Diario de un cazador Delibes da vida a uno de los personajes más sólidos de su obra, el joven bedel aficionado a la caza que protagonizará otras dos novelas suyas, y convierte en literario su lenguaje aparentemente plebeyo.

Como advierte con perspicacia el profesor José Ramón González, la entidad del personaje hace que no importe tanto lo que pasa en la novela, donde todo son «sucesos menudos», como su enfoque narrativo y la reconstrucción lingüística del universo mental de Lorenzo, que adquieren auténtico protagonismo, realzando el magisterio de Delibes en la «novelización del punto del vista». El protagonista real de Diario de un cazador es el lenguaje, una expresión literaria que capta el argot vallisoletano del momento, sin preciosismos y tampoco recreos de vulgarismo. Según el hispanista irlandés Leo Hickey, «el estilo es lo que hace al libro; su maestría consiste en hacer hablar a un hombre de la calle de escasa cultura exactamente como hablaría un hombre de la calle de escasa cultura». Sin adornos ni perifollos. El bedel Lorenzo aplica a sus episodios vitales imágenes cinegéticas que suponen llamativos hallazgos poéticos: «si la perdiz coge el viento, navega a vela».

Pero su lenguaje llano aparece salpicado por «una expresiva jerga popular y castiza, con sus ribetes de desgarro», que nos ofrece una magnífica muestra del habla coloquial urbana. Eugenio de Nora recoge este muestrario de sus primeras páginas: venir al pelo; agenciárselas; no como para echar coche, pero menos da una piedra; me viene que ni pintada; cuando coge una perra, hay que sentarse; nanay; palmar; hocicar; no me gusta que nadie se me siente en la barriga; una hembra que marea; está que lo tira; ni hablar del peluquín; se van a cocer los pájaros; más despistada que un chivo en un garaje; lo que me da lacha; para concluir, si me dijeran que eligiese entre Anita o la escopeta, me buscaban una empatadera.

Delibes dedica la novela a los amigos cazadores de buen corazón y mala lengua de su cuadrilla (Merino, Presa, Monsalve y su hermano José Ramón) y, en especial, a su padre, «que me enseñó a amar la caza y que a más de la escopeta, la canana y el morral, aún sube gallardamente sus ochenta años ladera arriba». Adolfo Delibes, su padre, aún alcanzó a leer la novela antes de morir en Molledo el 5 de agosto de 1955, después de una pescata de truchas en el Besaya. Por su parte, la cuadrilla de Lorenzo en la novela la integran Melecio, el amigo fiel; Tochano, que nunca vuelve la vista atrás; Zacarías, que acostumbra a exagerar; y Pepe, que no toma nada en serio. Las jornadas de caza iluminan sus domingos y nada cotidiano ni soñado, incluido el amor, les parece comparable al juego embriagador de perseguir una liebre, limpiar la escopeta, azuzar a los perros, ojear, acechar y cobrar la pieza.

Aunque en los desplazamientos tengan que valerse de la burra, que es como llaman a su tosca bicicleta, a veces con el avío de un cercanías, para llegar a la frustrante conclusión de que «esto de la caza es como el huevo de Juanelo. Después de mucho mover las tabas, hicimos once pájaros». Aunque no suspiran tanto por las piezas que cobran como por la aventura que conllevan. Lorenzo es el personaje que se crea a sí mismo a medida que nos cuenta sus agobios y peripecias. Más allá de la convención formal del diario que se lee, la percepción del lector es que Lorenzo le habla. Aunque su novia Anita es una panoli, Lorenzo reconoce que está gilí por ella, y entre sus amigos los hay vainas, mandrias, tolondros y caguetas. También sus jefes pueden ser pendoncetes o más tontos que un hilo de uvas. Con una expresividad destellante, se nos dibuja un Lorenzo cuya personalidad radica en su habla.

Como había ocurrido cinco años antes con El camino (1950) y volvería a suceder once después con Cinco horas con Mario (1966), numerosos especialistas coinciden en proclamarlas como sus obras maestras sucesivas. En el contexto de la literatura española de los cincuenta, que vive el triunfo del neorrealismo, Diario de un cazador (1955) anticipa el éxito de Rafael Sánchez Ferlosio con El Jarama (1956), situando ambas novelas en la cumbre de esa apuesta por el argot popular, como exaltación del idioma hablado sobre el literario. Si El Jarama obtuvo en enero el premio Nadal, el mejor catador de aquel galardón, que fue sin duda su editor Vergés, reiteró la consideración confidencial de qué buen Nadal hubiera sido Diario de un cazador. En mi experiencia personal de haber pasado años en pueblos de Valladolid, me ha resultado particularmente llamativa la acuñación de los diversos pagos cazaderos como ‘lo de’ Aniago, Herrera, Villalba y tantos otros parajes. Porque esa fórmula expresiva de localización sigue estando vigente en los cazadores vallisoletanos de procedencia humilde con los que hablo a menudo.

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Del mismo año 1955 fueron también el pastiche venezolano de La catira de Cela, encargo del dictador Pérez Jiménez con un pago de cuarenta mil dólares, equivalente a tres millones de pesetas de la época, que recibiría el primer Premio de la Crítica, relegando la estupenda novela Proceso personal, de José Suárez Carreño (1915-2002), afrenta que alejó para siempre de la literatura a quien se había estrenado con el Adonais poético 1943, el Nadal narrativo 1949 y el Lope de Vega teatral 1951. Delibes obtuvo aquel 17 diciembre de 1955 el premio Nacional de Literatura Miguel de Cervantes, que ponía la cota de dignidad en una década poco propicia para alardes literarios en los reconocimientos oficiales dispensados por el ministerio sectario de Gabriel Arias-Salgado. Significativamente, precedieron a Delibes en el galardón el falangista Giménez Arnau con su novela De pantalón corto (1952), Los cipreses creen en Dios, de Gironella (1953) y Cuerda de presos, del policía palentino Tomás Salvador (1954), para seguir con la traspuesta Carmen Laforet de La mujer nueva (1956), El lazo de púrpura (primer título de una pentalogía sobre Benasur de Judea), de Alejandro Núñez Alonso (1957), Hicieron partes, de Castillo Puche (1958) y Los hijos muertos, de Ana María Matute (1959). El mismo año que publica Diario de un cazador, Delibes viaja a Chile, invitado durante dos meses por el Círculo de Periodistas de Santiago, y del viaje trae dos libros: Un novelista descubre América (1956) y la segunda aparición como personaje del bedel Lorenzo: Diario de un emigrante (1958).