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DICEN los políticos, al menos con eso se les llena la boca a todos ya sean recién llegados o veteranos, que vienen a la política para servir a la sociedad y a los ciudadanos y, sobre todo, para hacerles más fácil la vida a estos últimos. Oye y se quedan tan panchos.

Y digo yo, ¿en qué beneficia, sirve y les hace la vida más feliz a los vallisoletanos y al conjunto de los castellanos y leoneses que Valladolid sea nombrada capital de Castilla y León? Esa es la pregunta del millón. Aquella que el muñidor de este despropósito de moción que hoy se votará en el Pleno del Ayuntamiento vallisoletano, el ex vicepresidente de la Junta y ahora concejal de Valladolid, José Antonio de Santiago-Juárez, no se ha hecho o, cuando menos, no ha respondido.

Porque esa es la clave. Cuando un político propone algo, ya sea un gran proyecto, ley, moción o cualquier idea por grande o pequeña que sea, tiene que justificar por qué supondrá un ganancia para los ciudadanos, que son los beneficiados o damnificados últimos de las políticas y de los políticos. Lo de hoy, la moción sobre la capitalidad no sólo no cumple con ese requisito fundamental, el de beneficiar a los ciudadanos, sino todo lo contrario. Sólo sirve para dividir y provocar el enfrentamiento entre provincias, lo diga agamenón y su porquero y por más que se empeñe De Santiago-Juárez en apelar a la Constitución o a cualquier otra ley de rango inferior. Lo peor de todo es que el ex vicepresidente de los gobiernos de Juan Vicente Herrera sabe mejor que nadie que su empecinamiento en mantener la moción sobre la capitalidad lo único que hace es alimentar esa división territorial, la misma contra la que él siempre luchó y criticó cuando sus labores tenían que ver con la Junta. Por cierto, otra pregunta: ¿Se habría atrevido De Santiago-Juárez a lanzar este órdago con Herrera de presidente? La respuesta aquí es fácil, para nada.

Habrá que ver qué votan hoy los grupos, pero aunque se apruebe y salga adelante, que puede hacerlo si es que el PSOE la respalda, De Santiago-Juárez habrá perdido. Primero porque quedará retratado como ese dirigente político que, cuando pudo porque tenía el poder del ejecutivo y capacidad para proponer reformas legislativas, no hizo nada para impulsar la capitalidad. Y, ahora, que la propone sabe perfectamente que no va a servir para nada porque las Cortes harán caso omiso. Vamos que no pasará de un brindis al sol.