Mecánica de tiro

Luis Alberto de Castro y David Torres son los ‘manitas’ encargados de poner a punto las sillas de los jugadores del Fundación Grupo Norte de baloncesto adaptado / Repararlas durante un partido es un reto que requiere capacidad de improvisación

DavidTorres y Luis Alberto de Castro trabajan con una silla en el taller del FundaciónGrupo Norte.-J. M. LOSTAU

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Guillermo Sanz

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En el deporte, como en la guerra, se necesita que todo funcione con la precisión de la maquinaria de un reloj suizo. Esos engranajes perfectamente sincronizados son los que diferencian a las victorias de las derrotas y a los alzados de los caídos. En el baloncesto en silla de ruedas no todas las balas se disparan debajo de una canasta. Algunas lo hacen en el taller, donde otras manos mágicas se encargan de poner a punto las sillas de los jugadores.

Es en la sala del Pilar Fernández Valderrama donde velan armas las sillas de los jugadores del Fundación Grupo Norte y donde tienen sus dominios Luis Alberto de Castro y David Torres, las manos que mecen las sillas en el club morado. Ambos son los mecánicos del club; una figura habitual en ciclismo o en deportes de motor y a veces tan desconocida como necesaria en el mundo del baloncesto adaptado. «Mucha gente pregunta si necesitan mecánicos. La gente no sabe que muchas veces la sillas se estropean durante el juego y necesitas improvisación para poder solucionarlo», explica De Castro.

A Luis Alberto de Castro le empujó al interior del taller su apellido; a David Torres la curiosidad de probar algo nuevo. El primero es primo de José Antonio de Castro, presidente y entrenador del Fundación Grupo Norte. «Yo entré por mis primos. Tenía conocimientos de mecánica (cursó un ciclo formativo de mecánica), me propusieron venir y aquí llegué hace diez años», rememora. Su compañero de herramientas apenas conocía de vista el deporte en el que se zambulló hace seis años. «Yo había tenido cero contacto con el baloncesto en silla de ruedas, pero es un deporte que en vivo gana mucho. Me gustó la intensidad con la que se juega. Al principio a nivel de mecánica me pareció fácil, pero en los partidos hay mucha presión, porque tienes que reaccionar rápido», explica.

Por sus manos pasan las once sillas del primer equipo (más quince de la escuela del BSR Valladolid a las que realizan el mantenimiento. Cada una, porta una historia, y los mecánicos del Fundación Grupo Norte se las conocen todas de memoria. Saben lo que necesita cada uno de los jugadores de De Castro porque como reconocen, un mecánico «no puede hacer mejor a un jugador, pero le puede hacer peor». «Las sillas son muy especiales. Cada una es diferente a la otra. A uno le gusta la cincha de carraca, a otro de velcro... Son muy personalizadas, cada uno le busca su punto», explica Torres. En una década el vestuario del Grupo Norte ha sido un ir y venir de gente. Sin embargo, hay un jugador que dejó huella: Tristan Knowles. El australiano «era el jugador más exquisito. Se enfadaba cuando no teníamos una horquilla o una rueda. Era muy exigente», recuerda De Castro.

La figura del mecánico es un inquilino más en el banquillo de los equipos de baloncesto en silla de ruedas. Listos para la acción cuando la acción les reclama. Cámaras, cubiertas, tornillos, destornilladores, ejes o aceite son el arsenal que De Castro y Torres tienen debajo de su manga, dispuestos a crear magia de la nada como si de David Copperfield se tratara. Cubiertas que se salen, aros que se estropean... son muchos los toros que tienen que capear los mecánicos del club vallisoletano cuando el calor de la batalla calienta el parqué. «Si se sale de la tónica de 1 o 2 intervenciones, es que el partido está siendo horrible», reconoce Luis Alberto.

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En la memoria, decenas de partidos. Uno en concreto fue el infierno que nunca se quiere pisar. «El peor partido fue la Copa del Rey de Marbella... y no sólo por perderla. La segunda parte fue horrorosa; golpes por todos los lados, radios que se partían, cubiertas que se salían... tuvimos que intervenir cuatro veces sólo en la segunda parte», recuerda De Castro. La experiencia deja en el baúl de los recuerdos cientos de anécdotas, como la de ir a buscar un taller en Turquía o en Alemania para arreglar una silla rota antes de una competición internacional o recibir ayuda de un homólogo turco, que soldó una silla.