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POR razones que no vienen al caso, mantengo una estrecha relación con Papá Noel y tengo su autorización para contar este sucedido. Madre me dice que mal oficio elegí para guardar secretos. Pues bien, conozco a Papá Noel desde hace muchos, muchos, años. De niño nunca me resistí a las puestas de sol ni a los amaneceres en la costa donde me nacieron. La magia del alba me trastornaba –aquellas auroras fascinantes enrojecidas sobre un mar de terciopelo llegaban a electrizarme–. Acostumbraba a cerrar los ojos para luego abrirles y que un barco apareciese en medio de la carretera amarilla que el sol pintaba y que siempre terminaba en la playa o en la costa.

Una mañana, cerré los ojos. Después de unos minutos los abrí; esperaba un buque cruzando el camino del sol. Pero no. Algo muy veloz venía en dirección a la costa en línea recta. Era un trineo y sus renos dando saltos y cabriolas, dejando una estela de bultos por el aire. En pocos segundos contemplé un estrambótico amerizaje. Se habían estrellado todos: renos, bultos y el señor de rojo, contra las rocas del acantilado. Bajé como cuando lo hacía para pescar pero mucho más deprisa. Y ahí estaba sentado en una enorme piedra, lleno de algas, un Papá Noel enfadado, con sus mofletes encarnados, sus gafas redondas y la borla del gorro empapada. ¡Ah, y los paquetes de regalos esparcidos por las rocas!

A su lado, todavía algo aturdidos, los renos que se llamaban a sí mismos por su nombre. Rodolfo, era el que mandaba: «¡Trueno, Relámpago, Juguetón, Cometa…! Vosotros ibais delante, ¿qué ha pasado?». Cupido, dijo que lo que había pasado era que Juguetón, Acróbata, Brioso y Bailarín se habían distraído.

De pronto, Papá Noel les mandó callar y les dijo que no tenían la culpa. Me miró y me enseñó una caracola que tenía en sus manos. Me la puso al oído y escuché algo que entonces no entendí. Alguien hablaba por teléfono: «Buenos días, ¿dígame?». «¿Amazon, compañía de comercio electrónico?». «Sí, ¿qué quería?». 2Tráigame dos muñecas célebres, un tren que eche humo y carbón de verdad, que ya no hay». «Gracias. Mañana lo tendrá todo en su casa. ¡Feliz Navidad!». Perplejo miré a Santa, que me dijo: «Y esto no es lo peor, andan ya comprando las nubes. No lo cuentes hasta que no lo entiendas». Y unas lágrimas resbalaron por su mejilla encarnada. Ahora, 50 años después, sí lo entiendo… Ve usted, madre, cómo sé guardar secretos.