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MIENTRAS espero la llegada de unos amigos de Toro, leo (ayer) un interesante artículo en la sección de Castilla y León de este diario sobre el variopinto espectáculo de algunos ediles de la capital burgalesa. Al margen de que alguno de ellos podría querellarse contra su peluquero, en el supuesto de que el corte de pelo que exhiben sea un ataque deliberado a la imagen del fotografiado, y no es expreso deseo del consumidor, las fotos y el texto muestran un panorama preocupante.

Parto, lo reconozco, de que la mayoría de las personas que acuden a formar parte activa de la política buscan fines no exactamente compatibles con el bien común. La realidad, sobre todo la judicial, así lo demuestran; confieso que aunque no existiera tanto sumario con políticos pillados con las manos en los bolsillos ajenos, lo pensaría igual. El dinero, a fin de cuentas, es sólo una de las tentaciones de posesión y ostentación que alberga el ser humano. Es más, en muchos casos (Pablo Iglesias, verbigracia), la defensa a ultranza de postulados extremistas y ajenos al sentido natural de la existencia, simplemente desvelan la represión o frustración del vocero.

El modo más llamativo de corrupción es, sin duda, el de la búsqueda y logro ilícito del dinero. Ser político, es, para muchos, el sueño de tener una mesa llena de expedientes y poder seleccionar al agraciado que cobre la subvención o la autorización solicitada. Y elegir, oh qué casualidad, el del amigo o compinche que premiará tan acertada decisión.

Pues bien, volvamos al Ayuntamiento burgalés. Tan cierto es lo anterior, como el que un modo no menos mohoso e ilegítimo de hacer política es acceder a ella para mostrar, impúdicamente, el apoyo a causas que suponen un agravio frontal y gravísimo a la dignidad de personas y de la propia sociedad. Cómo se le nota a la concejala niñata que no ha padecido la humillación de no someterse a los violentos en el País Vasco y Cataluña. Y el problema es que Llongueras no se lo puede solucionar. Ni Freud.