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DURANTE el periodo de la Semana Santa, el común muestra una de sus caras más voluntariosas, disciplinadas y de absoluta entrega. Se trata de una impresionante demostración de fuerza popular, que transparenta un inusitado caudal de fe, dificilísimo de detectar en el mismo escenario, ya pasados los días señalados. Su brote anual no tiene rival en ninguna otra manifestación cultural, religiosa, deportiva o política. Se trata de una multitudinaria puesta en escena protagonizada por los propios habitantes, aunque con una peculiaridad: que este fenómeno social y religioso se celebra, al mismo tiempo, en todos los rincones de la geografía, desde la gran ciudad, a la cabecera de comarca y hasta la última aldea. Con abundante participación infantil, miles de personas se mueven en torno a sus cofradías y parroquias, entre dos domingos de Ramos y de Resurrección.

Todos estos voluntarios son capaces de organizarse y de marcar el paso con un interés y una disciplina social que ya la quisiéramos en otros ámbitos sociales y solidarios. Es evidente que esta manifestación religiosa hace tambalear a quienes se empeñan en negar una evidencia, como la del peso de la cultura cristiana en el ámbito social. He visto y escuchado a padres responder -a niños sin bautizar que presencian procesiones- un lógico cuestionario: «¿Quién es el de la Cruz?», «¿Por qué le pega el romano?», «¿Por qué llora esa señora?», «¿Quién es la Virgen?», «Ese Cristo, entonces ¿es bueno?».

Qué paradoja. No tiene sentido negar la religión cristiana como asignatura. Su aportación cultural es de extraordinario valor para su formación humana y es de necios desvincularse de una cultura occidental cristiana todavía. Casi un millón de personas contemplan -desde graderíos, balcones, aceras y plazas- el paso de las procesiones, y lo hacen con respeto, desde posturas contrarias e incluso distantes a la fe. Es esta otra cara amable y grata de la Semana Santa que, además, es un producto turístico, rentable y un revulsivo económico de vital importancia para regiones como la nuestra. La clave está en que es el parte del común quien, cada primavera, recrea la Pasión de Cristo, aunque el que hace caja con más fe que nadie es el hostelero.