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ESTAMOS en la época de las medias aritméticas, de los relativismos contundentes, de los dogmas con piel de cordero, de los lobos con zurrón y del lenguaje que distorsiona la realidad que debe designar. A veces por ignorancia, a veces por certera intención de confundir. Ya saben, no es lo mismo terrorismo que conflicto armado…

Por aquí, en territorio CyL, de vez en cuando se puede escuchar y leer ‘castellanoleoneses’. Si bien, he de reconocerlo, carezco de conocimientos históricos fundamentados y profundos, me da la impresión de que Castilla y León, es una región, o comunidad, formada por castellanos y por leoneses. El propio nombre, su literalidad, así lo dice: Castilla y León. Cuando entre un término y otro se sustituye la conjunción por un guión surge la confusión. En este caso, sin duda, se trata de un uso, a mi entender, erróneo, aunque propio de la deriva actual del lenguaje.

Lo anterior tiene su relación con aquello de llegar a consensos y de la equidistancia. Parece que la resolución de conflictos estriba única y exclusivamente en llegar a un punto medio, un dato en el que la geometría y la aritmética digan que ambas partes están igual de cerca, o de lejos, según se trate.

Aunque este mecanismo no me es ajeno ni me resulta perjudicial en asuntos puramente materiales, como solución transaccional ante una discrepancia en un procedimiento judicial, por ejemplo, sí que se torna peligroso cuando se trata de alcanzar vías de salida a conflictos en los que ambas partes no ostentan la misma legitimidad, ni sus intereses merecen la misma protección.

Así, del mismo modo que los conflictos entre religiones no se solucionan con una nueva que acoja parte de todas las existentes, sino con respeto a las otras opciones, siempre que su contenido no sea contrario a la persona, la relación entre hombres y mujeres, y de éstas ante la sociedad, no debe sustentarse tanto en fórmulas paritarias como en la supervisión de que no se cercenen sus expectativas por ser mujer.