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TANTO PASMO con el tiberio catalán ha acabado por estallarnos en la boca, que es donde más duele. Porque ese asombro aturdido lo aprovechó Rajoy para aviarse sus habichuelas presupuestarias con los nacionalistas vascos. Un arreglo respaldado por propios y afines, aunque parece que sin mucho conocimiento de lo que suponía en incrementos de desigualdad. En realidad, el reproche se lo hizo públicamente su conmilitón Herrera, después de comprobar que el arreglo conlleva la invitación a que nuestras empresas pasen la raya fronteriza, porque allí los impuestos son más bajos y las subvenciones más cuantiosas.

La intervención de Herrera incluyó una ironía sobre diputados y senadores (que ya se puede permitir, porque no es su rabadán autonómico), al suponer que se hubieran enterado de lo que votaban. Y no es el caso, por supuesto, que acuden a las cámaras bien dispuestos a sumarse a las votaciones de ordenanza. Lo más grave de este patinazo, al respaldar a toda prisa los excedidos del cupo vasco, es que relega el arreglo de la financiación económica del resto de españoles, que acumula un lustro de retraso. Y es verdad que el concierto vasco (y navarro) está en la Constitución del 78, pero el negocio del cupo puede hacerse decorosamente y en su turno o atropellando otras urgencias y cediendo lo inadminsible, para garantizar el apoyo presupuestario del PNV. Además, la vigencia constitucional del régimen foral no es otra cosa que un residuo carlista, que se tragaron sus negociadores por motivos tampoco esclarecidos entonces. Acaso por el tirón de Eta, tan pujante en aquellas fechas.

Tampoco ahora las condiciones para la reforma constitucional son favorables. Así que habrá que sobrellevar la anomalía, pero conscientes de que lo es. Y con estrecha vigilancia a sus desmanes, propiciados por cesiones interesadas de los gobiernos de turno. Pero que no nos tomen por tontos ni los negociantes periféricos ni menos aún los pardillos populares y socialistas que viajan a Madrid desde nuestras provincias, sin volver la vista atrás.