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ME ENCONTRÉ a Manuel, mi librero de cabecera, a la hora en la que un buen tinto permite evaluar, sin rencor, lo que ha dado de sí una jornada laboral. Creo que ambos, tras una primera aproximación, dábamos trámite a una segunda auditoría por obra de un buen ribera, mientras hincábamos el diente a una sabrosa carne charra preparada por Iñaqui, quien desata su flamígera alma de dragón en su quehacer a la orilla del resucitado mercado vallisoletano de El Val.

Manuel es de las personas que puede recomendarte libros por haber leído algo más que la recensión de la solapa postrera. Y, como sucede con las personas verdaderamente inteligentes, lo mejor que puede ofrecerte es una jugosa conversación, ajena siempre a la casquería y los productos en segundas rebajas.

Resulta sorprendente y luminosamente gozoso cómo las palabras, por sí mismas, contienen su propio universo, incluso más allá de su literal significado. Cómo nos acercan a la realidad, y cómo pueden difuminarla cuando la manipulación es el propósito. El lenguaje, vehículo necesario para considerarnos verdaderamente humanos, conserva a su vez su propio mundo, aforado a su singular metabolismo, tan mágico como destructivo.

La charla, aliñada con notas al margen sobre la política, y el sensato desgaste y descreimiento que sufre la ciudadanía, también incluía sabrosos, por simpáticos, comentarios sobre aquellos vocablos que, sin existir, son moneda de uso corriente. Desde ‘identitario’ (gol del catalán por la castellana escuadra de la sugestión) al que está abonado Herrera, hasta ‘abusividad’, con el que de vez en cuando nos sorprende nuestro altísimo Tribunal Supremo, cuando expone la actitud de las entidades bancarias con el indefenso consumidor.

Discrepo, educada pero apasionadamente, con Manuel sobre la existencia, real, de las ideologías. Quizá es meramente una diferencia sobre el contenido que cada uno otorga a la palabra. Sea como fuere, cosas tan estimulantes como la dialéctica, entre bocados al diccionario, mientras se deletrean unas buenas tostas de morucha. Nada que ver con dar la tosta…