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SIGUE EL otoño con su balumba de estragos y revanchas que prosperan en lo umbrío, hasta donde no alcanzó el fulgor aterido de la super luna. La sordidez de los túneles pajariegos, pringados en su demasía, alberga ponzoñas insospechadas, como aquel crimen de Castel, con el que Sábato cercenó la complicidad de María Iribarne. Porque los lebreles ferroviarios que diseñaron los taladros del puerto, con añosas demoras y desvíos multimillonarios, prosigan con el muermo. La cadena de corruptelas protagonizadas por jerarcas de Adif salpica la red de alta velocidad por Cataluña, Levante y Murcia, mientras la elocuencia del despilfarro más inútil se concentra en León, especialmente entre el barrio de la Vega y Pajares.

Tanto dislate en un espacio reducido se rebrinca como un bastardo cada vez que salta un nuevo caso de corrupción ferroviaria, aunque ya nos vamos acostumbrando incluso a que los pillados en Barcelona en 2014, por certificar obras no realizadas, vuelvan a ser detenidos dos años más tarde por apañar los contratos de canalización del agua murciana. Y esa simple mención acuática sobresalta el aguante cazurro, una vez que los gestores ferroviarios han llegado a considerar incluso que uno de los dos túneles subterráneos de veinticinco kilómetros quede para tubería de desagüe, reduciendo la circulación de trenes al otro. Como si hubieran salido gratis.

Así que el emplasto tiene muy mal arreglo, como imposible va a ser cauterizar las heridas socialistas después del destrozo del día de Santa Teresita. Precisamente el viernes se cumplen treinta años del relevo de Demetrio Madrid por Nalda en el gobierno de la Junta, pero de aquella aventura parece que nadie tomó la lección, aunque sus consecuencias fueran demoledoras. Pasaron años y quebrantos y los chusqueros de octubre se comen ahora el engrudo de refrendar al réprobo Fernández Díaz al frente de la Comisión de Exteriores del Congreso por un pacto que redime al insumiso y permite a Rajoy poner en práctica con éxito lo que no logró con Soria en el Banco Mundial. De momento se aplaza sin descarte.