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ME PREGUNTA un amigo, tras salir de una desternillante sesión de humor con Faemino y Cansado como protagonistas, qué hay de real, de posible, o de pose, de rueda de prensa camuflada, de comunicado carnavalesco, en esas intenciones grandilocuentes, arrebatadas, con las que a veces nos sorprenden algunos de nuestros representantes políticos, cuando, con gesto solemne y tono de cabal homilía, exponen a la ciudadanía, convocada a repique de campana, que renuncian a su aforamiento. Que quieren renunciar a ese privilegio.

Mi amigo me vuelve a repetir la pregunta. Yo, lo reconozco, quizá por el espectáculo que acabábamos de presenciar, me lo había tomado a chiste. Un chiste serio.

Cuando las normativas, reglamentos y otros pasquines de los órganos representativos y depositarios de la soberanía popular, dedican más espacio, letras y parafernalia a explicar, exponer, desarrollar y santificar la inviolabilidad, inmunidad y aforamiento de sus miembros del club, que a exigir un buen trabajo, preparación y asistencia a sus intervenciones en comisiones y plenos, cabe pensar que el legislador, que es el ejecutivo con la corbata desanudada, piensa ante todo en sí mismo.

Cuentan que el Tribunal Constitucional, que es el ejecutivo y sus potenciales socios con la corbata bien anudada y el escudo de algunos equipos de fútbol (las ideologías en España tienen nombre de estadios y apellidos de pichichis) en el envés de sus togas, ha dicho en algunas ocasión que el aforamiento persigue proteger a nuestros representantes de infames ataques, y que por eso el Tribunal Supremo y los Tribunales Superiores de Justicia deben conocer de sus fechorías, o archivarlas si de un bulo se tratara.

No me convence el aforamiento, ni la inviolabilidad ni la inmunidad. Y mucho menos las presuntas renuncias que le ley impide a privilegios frente a los cuales nada se dijo antes de ser elegido, antes de tomar posesión del acta y antes de los hechos que puedan ser enjuiciados.