Testigo de dos siglos
Las memorias del último Premio Castilla y León de las Letras, desvelan una vida intensa repartida por tres continentes y marcada por el afán de la cultura y la solidaridad. Luis López Álvarez rescató hace 44 años la aventura de los comuneros. La primera edición llevaba el pregón de Vicente Aleixandre, respaldando su logro «moderno, colmado y pleno». Aquellos versos rotundos y pegadizos, de bordoneo cadencioso, traspasaron el cerco de la poesía para convertirse en himno colectivo, en las voces de Nuevo Mester de Juglaría. López Álvarez vivió su formación en Valladolid, donde Umbral lo recuerda como «viejo camarada de adolescencias impacientes».
En París sobrevive veinteañero con un vínculo ancilar a quienes jalonan su recorrido por los tiempos difíciles: Salvador Madariaga y Miguel Ángel Asturias. Estudia Políticas en La Sorbona y empieza a trabajar en el Movimiento Europeo, en la radio y en la Unesco. En 1952, publica en Madrid su primer libro, Arribar sosegado, con ecos de Juan Ramón Jiménez. Un lustro después ve la luz en París la edición bilingüe de Víspera en Europa. La aparición en 1969 de Las Querencias supone su rescate para la poesía española. Rumor de Praga y Los comuneros refuerzan su perfil en el bastidor generacional del medio siglo.
Pálpito abrocha una trilogía con Cárcava y Tránsito. En sus versos ruge la zozobra de un ser humano que no se resigna a las pérdidas y busca un horizonte prometedor. En medio de esta trilogía, ve la luz Cómputo, antología muy difundida de su obra, y también Elegíaca, poemario dedicado a la muerte de su mujer, con un lenguaje transparente que desemboca en apacible y serena meditación. Entre 1985 y 1992, residió en Segovia, encargado de los Cursos Internacionales de la Complutense. Luego viajó a Caracas y Puerto Rico. Tres poemarios, la novela Cóncavo Congo (2008) y las Memorias de dos siglos (2015) articulan su obra más reciente.