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CON nuestros votos y abstenciones de ayer, bien revueltos los primeros en la coctelera marca D’Hont, hemos hecho nacer un nuevo paisaje político nacional. Los dos caseros que hasta ahora nos arrendaban la casa en la que habitamos han decido parte de su propiedad a unos nuevos hacendados, más jóvenes, más díscolos y más osados. Eso sí, nadie tiene entre los inquilinos la absoluta certeza de que el que tengamos que pagar la renta a más arrendadores suponga una mejora de las condiciones de uso de la vivienda.

Eso sí, a nadie le cabe la menor duda de que un mayor cromatismo no añade más honradez a los frescos del Congreso. Otra vez el subconsciente… al decir frescos me refería a las pinturas del techo, por si alguno había pensado algo diferente. Más opciones no supone, per se, ni más libertad ni más posibilidades de acierto. Sucede igual que si se quiere estar bien informado, que no se trata tanto de leer 50 periódicos y ver otras tantas cadenas de televisión, como de elegir de modo sensato un número razonable de posturas e ideas sobre las que reflexionar y arrojar una visión crítica y activa.

Sean quienes sean los elegidos, todo apunta a un gobierno en coalición –poco probable– o con apoyo de alguno de los dos partidos emergentes. No es desdeñable pensar que ese tipo de mando político puede prevenir frente a posturas arrolladoras y monolíticas en estilos y decisiones, pero tampoco lo es comprender que las medias aritméticas y las cesiones en cuestiones tantas veces ornamentales no contribuyen a establecer medidas sólidas y coherentes en ámbitos de tanta importancia como son el económico y el social.

Desde hoy, y más dentro de unas semanas, sabremos a quienes tenemos que echar la culpa de nuestros males. Una sociedad de individuos inconsistentes invierte energías y tiempo sin medida en poner verde a los políticos de turno, pero dedica una mínima parte de su existencia útil (detraigamos de este cómputo a la niñez y la ancianidad) a aportar, construir y dinamizar recursos propios para favorecer a su entorno.