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¿NOS vemos en las bibliotecas? Mejor en los bares. No, en las casetas. Venga, hacemos el rally de construcciones de improvisada arquitectura y belleza interior (y por lo tanto invisible salvo para quienes gozan del don de una profunda y sólida espiritualidad…), sorteando cristales rotos y residuos de alimentos. Valladolid es una ciudad moderna y tiene que demostrarlo.

Nuestros políticos, salvo excepciones, no dan mucho de sí, por lo que el diseño de unos días festivos para el personal tampoco puede ser una demostración magistral de propuestas e iniciativas sugerentes, atractivas y de calidad. Ya, ya… la gente consume mucho mejor el calimocho. Y no es de ahora, ni de este recién iniciado mandato electoral. Ni mucho menos.

No es nuevo, ni siquiera producto de la democracia, el que el modo de dejar muy contentos a una gran mayoría es vulgarizar la sociedad. Vulgarizar, desde siempre, ha sido la perfecta excusa de decir que se iguala. El principio de igualdad, que ha de suponer un punto de partida de unas mismas expectativas, en derechos y en obligaciones para todos, siempre ha estado conviviendo de modo incestuoso con interpretaciones variopintas. Aquellos que creen que se les debe regalar lo que otros logran con esfuerzo son los más adeptos a una igualdad prostituida.

También son iguales los pregones. Ya no sólo en su aburrimiento para quien los escucha. También en el agradecimiento con el que agasajan quienes reciben el encargo al proponente de su discurso. Y en eso no hay diferencia si quien pregona es Celtas Cortos o Norma Duval. Bueno, sí, quizá haya una pequeña diferencia.

Defrauda más, aunque a nadie le extraña, que quien lanza proclamas de rebeldía vital acabe sometido, con natural y evidente complacencia, al trato lisonjero y apologético de quienes, por haberlos invitado para tal cometido, considera de los suyos, proclives al buen rollo de mostrarse, en apariencia, descreídos con el poder y la tela marinera. Es su norma.