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MIENTRAS las nuevas Cortes avanzan a velocidad de crucero, el arranque del gobierno no ha estado exento de vacilaciones ni ha evitado los tropiezos, que revelan la disfunción de algunos engranajes, cuya rodadura si no se engrasa y corrige a tiempo podría acabar gripando su circulación durante estos cuatro años. En tal sentido, hay que señalar que resultaron devaluadas y hasta estrafalarias, por el desorden imperante y por su inadecuado enclave, las tomas de posesión del presidente y de su gobierno, tanto del pelotón inicial como del consejero descolgado para el lunes y trece.

En un recinto amplio como el de las Cortes, tan generosamente dotado de espacios singulares, no se concibe que la toma de posesión del presidente se celebre en una sala sin capacidad, concentrando al impaciente revoltijo de asistentes con un cordelillo y sin otra posibilidad de prolongar el encuentro que cabildear un rato por los pasillos antes de salir corriendo, cada oveja con su pareja. Si hacemos bandera de nuestros productos de la marca Tierra de Sabor (que ese sí es un emblema envidiado), no prescindamos de su compañía relevante en un acto solemne como el juramento del presidente, que normalmente sólo ocurre cada cuatro años. 

Lo que vino unos días más tarde, con la toma de posesión del gobierno, todavía empeoró las cosas. Y ese es un rumbo en el que mejor sería no insistir. Esta vez el albergue fue el salón de mapas del Colegio de la Asunción. Un espacio canijo e insuficiente, sin otra posibilidad para un acto solemne que la deriva hacia el barullo. Porque afecta al compromiso de transparencia y devalúa las expectativas de la gente. Sólo con los agobios de un escenario semejante se le pudo ocurrir a alguien la propuesta de incorporar al portavoz parlamentario del partido en el Consejo de Gobierno, lindeza que luego se ha ido matizando hasta quedar en nada. Aunque para esa invitación se prescindiera en la jura del compromiso de guardar silencio sobre las deliberaciones del gobierno.