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MIENTRAS se dilataba más allá de lo razonable la intriga planteada en los confines de mayo por el candidato a presidir la Junta, los días intermedios han visto alterada su quietud por la irrupción inesperada del zamorano Fernando Martínez Maíllo, que ha saltado a la dirección nacional del Partido Popular para ocupar un tercio de las responsabilidades retiradas a su número tres, el nunca bien ponderado ni suficientemente añorado Carlos Floriano. Pero eso no significa que el cohibido alcalde de Casaseca de las Chanas, antes llamado Cagajones, vaya a entretener a la audiencia explicando las estrategias populares.

De esa parcela del amortizado Floriano se ocupará el palentino Pablo Casado, mucho mejor dispuesto y habilitado para la plática. El encargo a Maíllo se ciñe a tareas de fontanería, aunque los ecos de su elección agitaron sobre todo el compás de intrigas que palpita en Castilla y León. Hubo un primer momento de desconcierto por la imputación del personaje en la causa que tiene abierta un juzgado de León, como consecuencia de los arreglos crediticios al presidente de Caja España en 2009.

Las explicaciones de los sucesivos portavoces y del propio Maíllo recordaron el caótico barullo de aquel despido diferido de Cospedal a Bárcenas, que acabó como estamos viendo. Al parecer, su valedor José Luis Ayllón, conectado sentimentalmente a Zamora, no informó como es debido del sambenito con el que carga Maíllo. Tampoco los examinadores de Génova anduvieron muy despiertos, porque no es una tacha que pueda pasar inadvertida. Pero lo más llamativo de la opción Maíllo es su ascenso al tercer peldaño del Partido Popular con un balance como presidente de la organización zamorana que bien pudiera calificarse de catastrófico.

En las elecciones del 24 de mayo, en las que resultó elegido alcalde de Casaseca de las Chanas con el pasimisí de Izquierda Unida, el Partido Popular perdió las alcaldías de Zamora, a la que aspiraba Clara San Damián (pareja de su valedor), Benavente y Toro.