Ponceau, el control
El centrocampista vuelve a la titularidad con Escribá y asume el peso del equipo en un partido con el 88% de acierto en el pase y siendo el jugador que más tocó el balón
Ponceau quiebra en su regate a Curbelo durante la visita blanquivioleta al Sporting.
No, no hizo un partido sublime. Y quizá tampoco fue el blanquivioleta más destacado en El Molinón. Pero a Julien Ponceau por fin le dejaron asomarse al campo para hacer lo que mejor sabe y lo que nadie más es capaz de hacer en el equipo salvo Maroto y, a cierta distancia, Lachuer: llevar las riendas del equipo.
Es decir, dedicar una parcela del centro del campo a algo más que defender, incorporarse al ataque e intentar robar balones para perderlos inmediatamente por falta de criterio al administrarlos. Dedicarla a pensar lo que hay que ejecutar.
Hacía falta que algún entrenador contemplase la medular como algo más que un lugar de paso para subir y bajar. Fran Escribá acaba de llegar y habrá que ver su trayectoria (Almada comenzó con 3-0 al Ceuta y Tevenet con 1-1 ante el entonces líder Racing, que empató de penalti inexistente), pero el valenciano ya ha hecho algo que sus antecesores no vieron o no consideraron importante: colocar un centrocampista que dé criterio creativo al juego de un equipo, sin depender casi en exclusiva del fútbol directo.
Los dos primeros entrenadores no valoraron en su medida a Ponceau. El tercero parece que sí. Y contar con el jugador de más clase de la plantilla puede que se convierta en la prueba del nueve para saber si se ha acertado con el técnico.
El francés controló el tránsito del balón de la defensa al ataque hasta el punto de que su mapa de calor cubrió prácticamente toda la zona que media entre ambas áreas. No llegó a pisar la de ataque y en la defensiva lo hizo sólo en el pico izquierdo. Pero se movió por ese espacio entre áreas como pez en el agua, también por esa zona derecha en la que Juric no fue tan posicional y acompaño en ocasiones al ataque. Ya lo dijo Escribá en la víspera: no siempre tiene que subir el mediocentro más posicional, pero si lo hace éste, atrás debe permanecer el más creativo.
No se trata sólo de pisar mucho campo, sino de saber qué hacer en tantas zonas. Y Ponceau demostró su eficiencia con el balón. De los 40 pases que dio, 35 fueron precisos (88%). De los cinco pases imprecisos, cuatro fueron en campo contrario y el otro cerca de la línea medular. Ninguno fue en zonas comprometidas. Lo prueba el porcentaje de acierto en campo propio: 95%, obra de 21 pases acertados de 22. En campo contrario bajó al 78%, con 14 de 18, lo que tampoco está nada mal.
De esos 40 pases, sólo once fueron para atrás, todos acertados, en un intento de llevar el ataque por otro lado, antes que perder el balón.
Un ejemplo de la contribución que puede propiciar Ponceau con el pase, la ofrece el segundo gol. Juric le pasa hacia atrás, al tener tapadas sus líneas. Con otros jugadores ahí, se seguiría retrocediendo a la defensa para rifar un balón aéreo o se pasaría el marrón al extremo, de cara a realizar un uno contra uno, con otro rival esperándole por si sale. Ponceau, de forma automática, envió un pase vertical a Chuki, quien descargó a la banda para Clerc, autor del servicio interior a Canós que acabó en el 1-2. La importancia de la acción del francés reside en que ya sabía qué hacer antes de recibir el balón, pese a que Chuki tenía cerca a tres contrarios. Y con la mano le indicó que abriese a la izquierda.
Otros futbolistas, tras recibir el balón, quizá lo habrían parado para luego decidir qué hacer con él. Fuese lo que fuese, hubiese sido peor. El fútbol es sorpresa y para eso hace falta velocidad. Mental y física.
Un punto que también llama la atención del partido de Ponceau es que su distancia recorrida con balón fue la mayor del equipo: 144,2 metros, por encima de Chuki (127,1) y de los extremos Canós (101,9), muy presente durante el partido, y Federico (93,1). El otro mediocentro, Juric, que también pisó mucho terreno, cubrió con balón 55,5 metros. Menos de la mitad. Ponceau le dobló en el número de carreras: 16 a 8.
El francés sólo falló uno de sus 47 toques de balón y en su debe cabe consignar que no tiró ni una sola vez. Ni a puerta, ni fuera. No disparó. Y el gol, en este Real Valladolid de delanteros centro como flechas de ventosa, debe ser coral.