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Beatriz S. Olandia
Valladolid

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Antes de la Segunda, no le pedíamos mucho a la vida. Un puñado de alegrías, una mitad de la tabla y, a ser posible, un poco de orgullo cosido en el bies de la elástica. Antes de la cara B del fútbol, todo esto era campo y orégano. Aunque ahora nos empeñemos en lo contrario, antes del descenso vivíamos en la tranquilidad de ser un equipo mediocre, no tanto por escorarnos al lado malo de las cosas, sino por pertenecer a la calidad media de los equipos de Primera. Antes de la Segunda, las bufandas no estaban proscritas en el fondo del armario esperando alguna gesta para quitarse el rancio olor a naftalina. Antes, cuando se iba al fútbol, se iba con orgullo, parando antes de doblar la esquina para saludar a tu madre, que observaba desde la ventana mientras cruzaba los dedos para que ganaran. Para que ganases.

Lo que sigue sorprendiendo del fútbol, de este fútbol nuestro de cada quince días, es la tenacidad con la que algunos aún ponen en marcha el ritual: carné, bocadillo, paciencia. Porque se habla demasiado de los que no van, los que abandonaron, probablemente con mucha razón, su asiento de Zorrilla: mucho tiene que doler ver a este equipo cuando después de pagar un abono, lo utilizas antes para rascar las heladas del parabrisas que para pasar los tornos del estadio. Pero quienes resisten, lo hacen a fuego. Puede que no sean los más ruidosos en el ánimo, pero permanecen incluso después de un año para olvidar, dos temporadas a la basura. Es lo extraño del fútbol, que a veces se parece a un raro amor molesto, sombrío, pero inevitable.

Porque ha habido demasiados días, semanas, en los que había más fútbol en un respingo de sofá de mi padre que en las botas de cualquiera de los jugadores. Pero al final acabas enfilando el mismo camino para terminar, inevitablemente, en la misma vía sin salida, cornudo y apaleado. Un amor de los jodidos, ya les digo.

Termina el 2015 con mucho de annus y demasiado de horribilis, que nos las prometíamos muy felices pensando en un ascenso directo y estamos, una temporada después de los dolores, coqueteando con el abismo y, lo que es peor, sin saber muy bien cómo se ha llegado a esta situación. Como si hubiéramos caminado sonámbulos creyendo que todo era un sueño. Como si no hubiera que hacer las cosas bien para que salgan bien. Como si el fútbol, alguna vez, te regalara algo. Pero queda sitio para la esperanza porque más bajo, esperemos, no se puede -o no se debe- caer. Y siguiendo las enseñanzas del Yoda Portugal, confiaremos...aunque de momento no tengamos muy claro en qué.

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