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Beatriz S. Olandía
Valladolid

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Las caídas de los guindos son peligrosas, sobre todo en estas épocas del año en que ni hay guindas que endulcen el golpe ni suelo mollar bajo la sesera. El coscorrón se lo dio la pasada semana alguien de traje que presenciaba el encuentro entre el Real Valladolid y el Zaragoza, y disculpen que me haga eco de algo que ocurriera tan atrás en el calendario, pero tiene su explicación. Que han gritado ‘Puta Pucela’, dijo la Liga de Fútbol Profesional. Que han ultrajado el nombre cariñoso de nuestra ciudad, el que no sabemos de dónde viene pero que coreamos con orgullo partido tras partido. Que una panda de gente aburrida que confunde el culo con las témporas ha escogido la vía del desahogo soez en un campo de fútbol español. Bienvenida sea la observación, bienvenida también la caída del guindo.

Sorprende el celo, y gusta también descubrir que la sección de coros y danzas del fútbol español se halla ahora bajo la lupa de la Liga. Se sorprenderían sus señorías si se dieran una vuelta por la grada que acoge a quien suscribe, donde si no se ha marcado un gol a los cinco minutos, no falta quien se cisque en la madre de los once que corren vestidos de blanquivioleta. Y a partir de ahí, el despiporre, que el personal hace gala de una capacidad inusitada para la rima, el chascarrillo y el doble sentido que ríanse ustedes del gracejo andalú. Finos todos como el coral.

Una, que ha recorrido estadios bufanda albivioleta en ristre, no puede sino sonreírse ante tamaño descubrimiento. Porque, si bien el objetivo último -y loable- de tal denuncia es terminar con la violencia verbal en el fútbol, se han cansado mis orejas de escuchar barbaridades en esos campos de España. Y como en todo, hay categorías: que no es lo mismo una gallega madre de familia que te come la oreja durante noventa minutos, con parada eso sí para el bocadillo, que un andaluz que lo mismo se acuerda de tus muertos como te invita a un fino y que se mueran los feos. Puestos a elegir, de Despeñaperros para abajo todo suena mucho más gracioso.

Desconozco si el celo será el mismo en todos los encuentros y si será igual un ‘Puta Pucela’ que un ‘Que tu madre se casó con Lopera’, muy jaleado, por cierto, por estos lares. De lo que sí estoy segura es que, más allá de los despreciables apelativos racistas o las apologías de la violencia de género, que los ha habido y muy graves -¿se hizo algo al respecto?-, la responsabilidad de entrar al fútbol como una persona y mantenerse en tal estado no depende tanto de informes oficiales, sino de un cambio de actitud del aficionado. Demasiadas cabezas para tan pocos guindos.

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