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Beatriz S. Olandía
Valladolid

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Anidan en Zorrilla o en sus alrededores una pareja, al menos, de palomas que remontan el vuelo cada vez que la afición ruge en el estadio. Han debido de rebajar el umbral del sobresalto, porque el pasado sábado echaron alas hacia el cielo en más de una ocasión incluso con el respetable silente en sus asientos. Vuelan aparentemente sin orden ni concierto, de un lado a otro del estadio, pero manteniendo un rumbo parejo, buscándose entre coreos y silbatos hasta aterrizar en un alto, disfrutar del sol y volver a batir las alas hasta el extremo opuesto.

Puede que las palomas de Zorrilla signifiquen algo, que lleven impreso en su vuelo, sus batidas, sus picados y contrapicados, el devenir de un partido. No estaría de más que los malos augurios vinieran advertidos por estas aves que trabajan para el destino de forma gratuita. En la antigua Grecia y la copiona Roma, un auspicio -literalmente «el que mira a los pájaros»- era un tipo de augurio que se obtenía de la observación de las aves y su comportamiento en el cielo. El augur era el encargado de traducir el sube y baja de las aves a lenguaje llano o, al menos, humano. El Real Valladolid tiene las aves, tiene las preguntas y cuenta con un devenir incierto. De lo que carece ahora mismo el equipo es, precisamente, de un augur a la altura de las circunstancias.

El último partido sufrido por la afición del Real Valladolid debe colocarse en la estantería de los desastres tácticos, los errores de bulto y las decisiones equivocadas. Ir como pollo sin cabeza por el césped, tirando pases imposibles, sin la seguridad de que al final de la línea trazada habrá un compañero que pueda, o al menos intente, rematar la jugada, es más propio de equipos que comienzan a acoplarse que de conjuntos que se juegan el ascenso a final de temporada. Porque el Real Valladolid está en Segunda división para regresar a Primera, exclusivamente, y todo lo que se salga de ese plan será un fracaso.

Habría que dar gracias no se sabe muy bien a qué divinidad de que enfrente tuviéramos a un equipo aún peor que nosotros; de lo contrario, el resultado hubiera sido radicalmente peor. Y habría que dar las gracias también a esas palomas que dibujaron en alguno de sus vuelos la trazada que marcara el gol extraviado por el árbitro, porque fue ahí, justo en ese preciso instante, cuando los astros, las meigas, los augurios y el sursum corda se conjuraron para que el tanto no subiera al marcador.

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Los auspicios vaticinan un final de temporada complicado; las palomas, como el grajo, vuelan a ras de césped recordando que el frío en Segunda división es intenso hasta en el mes de agosto.