DE FIESTA EN FIESTA

El toro jubilo de Medinaceli

El sábado más próximo al día 13 de noviembre -este año, el día 10 -coincidiendo con la conmemoración de los «Cuerpos Santos», Medinaceli renueva el ritual de «El toro jubilo». La magnífica y grandiosa Plaza Mayor de la villa se divide en dos espacios, señalados por unos cuantos remolques, probablemente como recuerdo de aquellos ruedos taurinos delimitados por carros de labranza, dentro de los cuales se colocan barreras de hierro fuertemente asentadas que sirven a su vez de burladeros, en caso de apuro, para los intrépidos aficionados que se lancen a la arena que cubre con una buena capa los adoquines de los días de diario.

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Redacción de Valladolid
Valladolid

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Dentro de este espacio, se colocan cinco piras de leña, cuatro hacia los ángulos y una en el centro, que se encienden antes de la salida del astado. La juventud canta, baila y se entretiene alrededor de los fuegos, mientras que el gran público ocupa los graderíos improvisados que permiten disfrutar del espectáculo sin peligro. A las once y media, el estallido de un cohete avisa que va a entrar el protagonista de la noche «el toro jubilo».

Unos cuantos mozos conducen al morlaco guiándolo con una maroma larga que enhebran en el agujero de un mástil clavado en medio de la plaza. La cuerda pasante permite acercar al animal poco a poco hasta quedar trabada la testuz contra el madero. Los responsables del espectáculo aprovechan la inmovilidad del cornúpeta para colocarle en la testa un artilugio en el que sobresalen dos bolas confeccionadas con estopa, pez y aguarrás. Tienen mucho cuidado de que ni el artilugio lastime la cerviz del animal, ni las bolas toquen los cuernos para que éste no sufra. Mientras se realiza esta operación, un grupo de músicos da una vuelta al ruedo animando el ambiente. Las hogueras pierden fuerza poco a poco y cuando apenas quedan llamas, un mozo prende las bolas, y otro, de un tajo, corta la cuerda al grito de aviso de «toro suelto».

El animal se siente libre y comienza una carrera incontrolable intentando librarse de las antorchas. En la oscuridad de la noche brillan caprichosamente las luminarias que porta el cornúpeta. Algunos valientes se atreven a lanzarse a la arena y le provocan desde varios puntos de la plaza, a lo que el animal responde con bravas embestidas que convierten la noche de Medinaceli en un espectáculo de fuego y coraje.

Cuando se apaga la cornamenta artificial, el morlaco es devuelto al toril e indultado. Informes orales y documentos del siglo pasado afirman que antes el toro era lidiado al día siguiente, y después de muerto, su carne consumida por el pueblo. Cerrando un ciclo en el que el tótem ibérico era la base de un comensalismo ritual en el que participaba toda la comunidad. Costumbre, como es sabido, común a otros lugares de la provincia de Soria. Además de la belleza espectacular de la fiesta que cada año, según sus organizadores, atrae a más participantes, lo cual es beneficioso para una ciudad que tiene en el turismo una de sus fuentes de riqueza, la densidad antropológica es altamente sugerente. Algunos ven en esta fiesta una pervivencia de antiguos ritos celtibéricos en los que el fuego y el toro, dos elementos sagrados, se aúnan para crear un ambiente religioso y festivo al mismo tiempo. Algunos lo retrotraen a la Edad de Bronce. Lo que no cabe duda es que forma parte del horizonte mágico y religioso que ya poseían los pueblos antiguos en el Mediterráneo. Pero aquí, en Medinaceli, tiene una lectura precisa y unas claves de interpretación que aluden a la historia e idiosincrasia locales. La villa puede documentar históricamente estos festejos desde finales del s.XVI. Y aunque no sea fácil demostrar que el actual sea el mismo festejo, sí podemos afirmar que es una pervivencia adaptada a las circunstancia de cada período histórico, y que existe una conciencia muy arraigada entre los habitantes de que el toro jubilo cumple una función esencial para el mantenimiento de la identidad, refuerzo de la historia y creación del patrimonio inmaterial de la villa. En el «toro jubilo» coinciden aspectos religiosos, rituales, grupales, lúdicos, etc.

La relación de los toros de fuego, y/o los embolados, con la religión es conocida desde antiguo. En la etapa de la monarquía etrusca de Roma ya existía esta costumbre. Festo dice que Tarquinio el Soberbio mandó celebrar fiestas en las que el protagonista era un toro embolado, con los cuernos ardiendo, que actuaba como animal expiatorio para librar a la Urbe de los castigos divinos. Otros afirman que su origen está entre el pueblo de los Sabinos que los utilizaban como víctimas propiciatorias, y sacrificaban en homenaje a los dioses que les liberaron de una peste. Tito Livio alude a una costumbre en Hispania que consistía en celebrar fiestas con toros de fuego, durante dos días, por motivos religiosos. Y el poeta Marcial, nacido en Calatayud, habla del toro que, en el circo, estimulado por las llamas, embestía y lanzaba al aire muñecos (pilae) que le echaban en la arena para engañarle.

Jubilo (sin acento) y jubilar es una palabra que proviene de dos vocablos, uno hebreo y otro latino. El término hebreo yobel, que alude al sonido del cuerno de macho cabrío con el que los rabinos, al menos hasta la cautividad de Babilonia, anunciaban el año sabático, que era un año de descanso, de perdón de las deudas y liberación de los esclavos israelíes; el témino latino iubilare, que según los escritores de la antigüedad aludía a los gritos de alegría que proferían los campesinos en sus fiestas. En el s. IV, San Jerónimo traduce yobel por iubilare, con lo cual nuestra palabra lleva aparejados los dos significados, y concuerda con los ritos que podemos contemplar en Medinaceli. El toro jubilo de Medinaceli es un rito cargado de significados, unos que aparecen a primera vista, y otros que hay que buscarlos en mensajes más profundos, pero de una riqueza semántica sin igual. Desde el punto de vista religioso, es conveniente señalar que ahora, «el jubilo» coincide con la celebración de los denominados «Cuerpos Santos»; en este caso, son las reliquias de los mártires Arcadio, Probo, Pascasio, Eutiquiano y Paulino; los cinco, según la tradición, eran mercenarios que, aunque nacidos en Salamanca, marcharon a pelear al Norte de África, donde fueron martirizados por el rey vándalo Genserico por no quererse convertir al arrianismo. La relación con la villa es fruto de un milagro según el cual un día llegó a Medinaceli un camello volando que traía en su panza las reliquias de los mártires y al acercarse al monasterio de S. Román reventó, liberando la sagrada carga. Desde el s. XVI, según testimonios documentales, son venerados con gran devoción por los vecinos. Muchas madres encomiendan a sus hijos a los «Cuerpos Santos» para que no les pase nada durante la celebración del toro jubilo. Hay una creencia muy arraigada de que ellos protegen a los mozos que participan en el ritual nocturno. Porque los responsables de la fiesta, la viven en tensión no disimulada, en continuos sobresaltos hasta que el toro vuelve al toril. Tan arraigada está la tradición del «toro jubilo» en la villa, que es el principal evento festivo, el que más público atrae. Nada más terminar las fiestas de un año, ya están preparando las del siguiente, lo que hacen a través de las asociaciones que se encargan de mantener la tradición y dar cauce ordenado a las apetencias festivas de los habitantes de Medinaceli. Desde hace unos años, la fiesta se ha convertido en una lucha campal entre los animalistas, que quieren acabar con ella porque la consideran un claro ejemplo de maltrato animal, y los defensores de la misma, que piden libertad para conservar y vivir sus tradiciones seculares, porque son señas de identidad innegociables; y sobre todo porque, según afirman, el animal no sufre, ya que, aunque le caigan algunas chispas, la capa de arcilla con la que se recubre prácticamente todo el cuerpo lo protege de cualquier daño.

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La fiesta es un Bien Cultural Inmaterial reconocido por la Junta de Castilla y León como «espectáculo taurino tradicional». El toro jubilo de Medinaceli es el último vestigio en Castilla y León de un tipo de juegos taurinos otrora muy comunes en España e Iberoamérica.