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El político que se funde con el hombre

Campechano, leal, exigente, gran comunicador. Su entorno desvela el lado humano de quien hoy pronuncia su decimocuarto discurso como presidente, en el acto institucional del Día de la Comunidad, a las puertas de la campaña

El presidente de la Junta de Castilla y León en su escaño, pensativo, en una imagen de 2014-Ical

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Raquel Sastre

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A última hora de la mañana, cada sábado que está en Burgos, visita su librería de cabecera, Luz y Vida. Por espacio de «treinta o cuarenta minutos» improvisa una tertulia con Álvaro Manso o con su hijo, tercero en la línea sucesoria del negocio familiar. Comparte sus impresiones sobre los títulos que compró la semana anterior y elige, atento a las recomendaciones, no menos de «tres o cuatro» para la siguiente.

Entre los de reciente adquisición, uno le ha seducido especialmente. Tanto que se ha llevado más de un ejemplar para «regalar a sus amigos». Es Andar. Una filosofía , un ensayo donde el francés Frédéric Gros analiza el paseo como una técnica de vida. En uno de los capítulos, el autor escribe:

Caminar a solas, subir montañas o atravesar bosques. Nunca se es nadie para las colinas y los altos árboles. Ya no se tiene un papel, ni un estatus, ni siquiera un personaje, sino un cuerpo, un cuerpo que siente las piedras puntiagudas en los caminos, la caricia de las altas hierbas y el frescor del viento.

De la yuxtaposición de este fragmento con la descripción que de él hace su entorno más próximo emerge este perfil del hombre que, después de casi catorce años como presidente de Castilla y León, se dice a sí mismo y confiesa a sus amigos: «El cargo pasa, pero las personas permanecen». Es Juan Vicente Herrera Campo (Burgos, 23 de enero de 1956), el político que transita (como candidato del PP) hacia la meta de su cuarto mandato; en la intimidad, un sencillo peregrino sin papel ni estatus. En la soledad del camino, se funden el hombre y el presidente.

Quien conoce a Herrera puede aproximarse a la personalidad de Juan Vicente, porque «la persona tiene bastante que ver con el político». Lo dice Óscar, su amigo, de apellido Campillo, once años director de El Mundo de Castilla y León y hoy al frente de Marca .

Pero no es el único. Su mentor político, Fernando Becker, ex consejero de Economía en el Gobierno de Juan José Lucas, tiene claro que su «éxito» profesional se lo debe a sus virtudes personales.

«Sólo he conocido a otra persona tan buena o más que él, Julián», dice Gaspar Ramos, propietario de una posada en Rabanal del Camino (León), donde Juan Vicente, el peregrino, recala cada verano para completar etapas de la ruta jacobea que desemboca en la ciudad compostelana.

Con su primo y amigo del alma Julián Campo, fallecido en el accidente ferroviario de Villada, en agosto de 2006, comenzó «hace doce o trece años» a recorrer el Camino hasta convertirlo en tradición. «La primera vez partieron de Castrojeriz, donde las Clarisas le regalaron la tau [cruz de madera símbolo franciscano]», añade como anécdota su primo Ovidio, hermano de Julián, que regenta un albergue en esta villa burgalesa.

El Camino de Santiago constituye una precisa metáfora de la personalidad de Juan Vicente. «Es austero y disciplinado; tiene una gran capacidad de esfuerzo y sacrificio. Todo lo que empieza, lo acaba», destaca Ovidio. «Campechano, sencillo, humano, extremadamente normalísimo»... No hay amigo que prescinda de alguno de estos adjetivos para definirle. Es, por encima de presidente, paisano, término que gusta usar en su oratoria ante la opinión pública.

Entre los peregrinos es uno más, como trata de serlo en la vida cuando se desprende de la corbata institucional. «Lo que más le molesta es que le adulen; cuando le dicen qué bueno eres o qué bien has estado no le gusta nada. Y, de hecho, dice: ¡Anda p’allá, adulador!» confiesa uno de sus más próximos, que prefiere mantener el anonimato.

Ni catorce años en el Colegio de la Asunción (sede de la Presidencia de la Junta) después de tres mayorías absolutas –dos, más una superlativa–, ni toda la cohorte de zalameros congénita al cargo han cambiado a Juan Vicente, el hombre.

«En un 99% sigue siendo la misma persona», asegura Ángel Ariznavarreta, amigo de la infancia y compañero en la Facultad de Derecho de la Universidad de Navarra. ¿Y el otro uno por ciento? «El resto es puro cambio físico», responde entre risas, al tiempo que le asalta a la memoria la foto en la que aparecía como invitado a su boda. «¡Era un palo!», dice sobre su silueta, en tono desenfadado, dudando si autoriza la reproducción del comentario.

Lo cierto es que Juan Vicente es el primero en bromear con la evolución de su físico y, en particular, de su cabello. Hasta el Diario de Sesiones de las Cortes es testigo fedatario de ello. Ante los reporteros gráficos, en su papel institucional, Herrera se atusa el pelo y se aprieta el nudo de la corbata cuidando su imagen, sin llegar a obsesionarse.

«Se enfada cuando le digo que se le ha caído más el pelo, y entonces me pone a parir a mí porque tengo menos que él», narra en tono jocoso Federico Vélez, Fede, el objetivo que todo lo ha visto en Burgos, quien insiste con humildad en precisar su relación con el presidente. «Le conozco de toda la vida, porque mi padre fue el fotógrafo de los Campo, pero no estoy entre sus amigos íntimos».

El deporte fue el borrón en un expediente académico brillante. «Ha sobresalido en todo, menos en eso. Físicamente es lo único en lo que no está preparado», bromea Ovidio. Claro que la perspectiva es otra si quien opina es de la quinta de Juan Vicente. «Tiene una forma física envidiable. Muchas veces le digo: ‘No sé cómo tienes fuerzas’», dice Ángel.

Aguanta el tirón de la responsabilidad con pocas horas de sueño. No trasnocha y acostumbra a madrugar, incluso en sus cortas vacaciones. «Es el primero que se levanta, a las seis de la mañana, y antes de las siete sale a caminar», relata Gaspar, testigo de sus etapas en el Camino de Santiago. Cuando las preocupaciones le dan una tregua, echa una cabezadita. El coche tiene efectos somníferos para él, confiesa alguien que le conoce bien.

Tampoco necesita comer demasiado. «No es nada glotón», asegura Gaspar. «Si tiene que pasar el día sin comer o cenar, no pasa nada», añade otro amigo. Prefiere carne antes que pescado, le encanta el embutido, sobre todo el jamón, y disfruta con un huevo frito. La taberna más sencilla y humilde es para él el mejor restaurante posible. En Burgos, es asiduo comensal en La Favorita.

En pocas ocasiones se cuelga el mandil, salvo cuando cocina para sus tres sobrinas, su gran debilidad. Mutua, a juzgar por los abrazos que se dedican cuando los fines de semana coinciden en El España, uno de los bares de siempre, donde Juan Vicente comparte ratos de tertulia y vinos con los amigos. Por lo demás, no se puede decir que sea un cocinillas. «Como buen soltero, su especialidad es la lata y el cuchillo», bromea uno de sus más íntimos.

Sus obligaciones como presidente le dejan poco tiempo libre, que comparte con sus sobrinas, su pareja Marisol, sus amigos y la lectura. «Herrera es una mesa, un amigo y una botella de vino», describe Óscar.

En las tertulias con sus más cercanos jamás se habla de política. Por pocas cosas se le arruga el gesto a Juan Vicente, y ésta es una de ellas. Sigue y participa de cualquier tema de conversación aderezada con un buen Ribera del Duero: la familia, el tiempo, el fútbol –es seguidor del Real Madrid– o la actualidad... Todo, menos política.

Burgos es su refugio, el lugar al que se retira todos los fines de semana que le dejan libres sus obligaciones. En cuanto baja del coche oficial, se viste de paisano y comienza su rutina, fiel a las costumbres, los amigos y los lugares.

Católico practicante, los domingos acude a misa a La Cartuja de Miraflores. Los sábados no perdona la visita a Luz y Vida. «Suele bromear con que ésta es una librería del siglo XXI en la que está uno del XIX, por el tiempo que hace que nos conocemos», relata con aprecio Álvaro Manso. Juan Vicente devora «tres o cuatro libros a la semana». Es la mayor afición de un hombre que no ve la televisión, consume «lo justo» de cine y escucha Los Secretos .

En sus gustos es «autóctono». Su género predilecto es el ensayo; si opta por novela, siempre «muy escogida y seleccionada». Rara vez toca la temática política. Si lo hace, «pide autores imparciales». Uno de sus escritores de cabecera es Manuel Chaves Nogales. Y entre sus últimas adquisiciones figuran El Murciélago , de Jo Nesbo; Reflexiones del señor Z , de H. M. Enzensberger; Elogio del caminar , de David Le Breton; El crimen de Lord Arthur Savile . Una reflexión sobre el deber, de Oscar Wilde; La razón del mal , de Rafael Argullol; y No encuentro mi cara en el espejo , de Fulgencio Argüelles.

Su afición por la literatura le viene de la infancia. El Padre Javier Angulo, jesuita que «preparó» a Herrera «para la reválida de cuarto» en el colegio La Merced, recuerda que ya de niño «era más de letras que de ciencias».

Además de libros, consume periódicos. Y no precisamente por la obligación del cargo. Ángel recuerda los paseos por El Espolón en los años universitarios [entre 1973 y 1978] comentando con Juan Vicente los contenidos de Cambio 16 . «Aquellos eran años muy duros, en aquella zona [Navarra] había más conflictividad que en Castilla, hablábamos de qué iba a pasar... Él ya empezaba a mostrar alguna inquietud política», rememora.

Con el título de Derecho bajo el brazo, Herrera se mudó a Madrid para opositar a Notarías y coincidió con Becker en el Colegio Mayor César Carlos. «Leía hasta la prensa vespertina. Tenía verdadera curiosidad por lo que pasaba», relata su padrino político.

Seguramente a este bagaje debe Juan Vicente Herrera su «capacidad para comunicar». Becker cuenta que le fichó como secretario general de la Consejería de Economía, en junio de 1992, por su perfil de jurista y su «dominio de los trámites reglamentarios». Pero pronto le sorprendió por otras virtudes: «Empecé a ver que tenía un discurso fluido, lo estructuraba bien, buscaba consensos, era sencillo, conectaba con la gente... Era idóneo para la política».

Llevaba pocos meses en el organigrama del Ejecutivo cuando recibió la encomienda de pacificar el PP de Burgos tomando las riendas. Fue el 21 de noviembre de 1993. Dos años después, saltó a la portavocía del Grupo Parlamentario hasta que, en 2001, Juan José Lucas, designado ministro de la Presidencia por Aznar, le nombró sucesor.

La oratoria de Herrera es una de sus armas políticas más poderosas. Tiene un gran dominio de la ironía, que maneja con elegancia para zarandear al adversario político y, en ocasiones, para zafarse de los medios de comunicación. No es Herrera un presidente amigo de micrófonos ni cámaras aunque, cuando la imagen funde a negro, es afable con los periodistas.

La tauromaquia es la inspiración de una de las muletillas más frecuentes en sus discursos, «en corto y por derecho», que define la forma más ortodoxa de practicar la suerte suprema. Es aficionado a los toros, aunque hace años que dejó de acudir a las plazas. Fue miembro de la peña burgalesa de Antonio Chenel, Antoñete, uno de sus maestros más admirados; y abonado en el ocho de Las Ventas. A menudo, nutre su dialéctica de jerga taurina.

Dicen sus amigos que tiene «humor inglés» y pocas cosas le soliviantan. «Saca su genio y suelta una voz cuando algo no está bien, pero a los dos minutos se le ha olvidado y pide disculpas», confiesa de su actitud en el trabajo uno de sus colaboradores. Todos sus allegados coinciden en que Juan Vicente es muy perfeccionista: «Se exige mucho a sí mismo». «Su trabajo no tiene límite». Es el único ‘defecto’ del presidente que citan los entrevistados.

El primer mandamiento en sus relaciones personales y políticas es la lealtad. Lealtad por encima de todas las cosas, que él predica con el ejemplo. «Jamás te dejará tirado», dice Ariznavarreta. «Es amigo de sus amigos y defensor de los suyos», añade Campillo.

Hombre «celoso de su intimidad» y «enemigo de los chismes», suele interiorizar también las preocupaciones que le desvelan. «Se lo guarda, pero quienes le conocemos lo sabemos por sus gestos», anota un amigo leal. Sí hay una que le obsesiona y verbaliza: «¡Hay que pensar mucho en estas personas!». Son los miles de ciudadanos que lo pasan mal. Algunos le paran por la calle. Él escucha y retiene. «Tiene facilidad para recordar nombres y caras».

«Se entusiasma» con asombrosa «capacidad infantil» con todo lo que va bien; «sufre, con más dolor que enfado», cuando algo sale mal o si el Gobierno «no hace caso» a Castilla y León, dice Óscar.

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Porque esta tierra, como coinciden todos los que han contribuido a trazar este perfil, es «su vida». Juan Vicente es un patriota. Pese a las dificultades de los últimos tiempos, «jamás» ha dicho ‘dónde me he metido’. «Se considera un hombre afortunado. Tiene una responsabilidad y un compromiso, y no le preocupa su futuro. Sólo quiere ser útil», resume Becker.