Tierra Adentro
Dios, de vacaciones

Iván Sanz Cid.
Hay veces en las que a uno se le revuelven las tripas del alma y las arterias del corazón. Me cuesta creer que Dios esté de vacaciones tantas veces. No me extraña que algunos pierdan el norte y hasta la fe cuando se asiste a una inesperada despedida de unos seres muy queridos. Había heredado de su padre la sonrisa. La cara afable y el buen talante. Cuando escribo estas líneas hace tan solo unas horas que Iván, el hijo de Luis Sanz, ha sufrido un accidente acompañado de su familia. Ese kilómetro de la autovía y ese caluroso día del mes de julio marcarán para siempre para los suyos un verano difícil de asimilar. Y es que la bodega Dehesa de los Canónigos es una de esas bodegas nuestras, con raíces. Que a partir de la añada del 88, año del mildiu, irrumpió en la Ribera del Duero. En pocos años esta bodega familiar, en manos de Luis y de Mari Luz, logró consolidarse entre las pioneras de la entonces emergente Denominación de Origen. Luis se nos fue hace un año dejándonos la semblanza de un bodeguero que hizo amigos y vinos y que abrió las puertas de la bodega al mundo. No tardaría Iván en tomar las riendas junto a Belén, su hermana. Y continuó una historia de vinos marcada por el Duero y la familia, que supo en todo momento mantener ese rasgo cultural en el amplio sentido de la palabra. Pero en ocasiones a la máquina de la vida le falla algún engranaje y todo se torna en sufrimiento. Es parecido a esos días de verano apacibles en los que, de pronto, las nubes oscurecen el cielo y una feroz descarga termina ametrallando la tierra rompiendo la calma. Sobre todo, en el medio rural. El nublo, como se le llama en mi pueblo. En la vida hay muchos nublos. En mi caso, el peor es uno ocurrido el 25 de junio de 1983. Una tarde a la salida de Candás, en Asturias, un trágico accidente segó la vida de tres matrimonios jóvenes de los que solo una persona logró salvarse. Ese día, ese verano, perdí para siempre a mis amigos Argimiro y Rosario. Todavía hoy siguen en mi memoria. Por eso el accidente de tráfico que ha inundado los titulares de los medios de comunicación me ha vuelto a revolver el sentimiento de pena, dolor, rabia e incomprensión con un hecho tan terrible. Primero Luis y ahora Iván y su familia. Para aquellos que queremos ver algo más cuando miramos al cielo, seguramente en estos momentos intuimos a una legión de canónigos recibiéndoles en el último majuelo. Mari Luz y Belén y también Luis y Marta, fuerza es poco para lo que necesitáis estos días. Nada puede consolar, pero, al menos, que sepáis que somos muchísimos los que lloramos con vosotros a Iván, a Irene, a Irenita y a Álvaro. Y que todos esperamos que pronto la pequeña Carlota sonría. Qué triste suena el violín en la viña del Duero estos días.