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EL SIGLO DE UMBRAL

Veladas del Gijón

Los primeros años pletóricos de Umbral coinciden con su presencia en el diario El País, los doce mediantes entre junio de 1976 y mayo de 1988. También es su etapa de obra más profusa e indiscriminada. Años con un panel de novedades libreras anual que oscila entre los diez títulos de 1976 y los 6 precedentes y siguientes. Desde su tribuna de El País, Umbral da un giro táctico hacia la izquierda, en el que a menudo va dejando a la vista imposturas más o menos irónicas derivadas de su procedencia. Aunque suele ser cuidadoso para no mostrar residuos de su estancia covachera, a veces muestra o le asoman flecos inmisericordes. Le va a pasar al perder la compostura con homosexuales como Mújica Láinez (1910-1984), con exiliados como Max Aub (1903-1972) y con colegas opinadores memoriosos, como Emilio Romero (1917-2003), Luis María Anson (1935) o Ricardo de la Cierva (1926-2015). Por reducir a unos pocos la multiplicidad de ejemplos.

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
02/09/2019

 

TRATADOS DE PERVERSIONES
Aquel 1977 lo había estrenado Umbral con el lanzamiento en enero de su Tratado de perversiones (Argos Vergara). Perversiones en el arte, en la literatura y en la filosofía… «libro divagatorio y adivinatorio suscitado por la película de Berlanga y Azcona Tamaño natural (1974), que protagoniza Michel Piccoli con una muñeca de goma». Todavía faltan tres años para que Umbral se suba al lanzamiento masivo de Las Cuatro Estaciones, en junio de 1980, con Los helechos arborescentes. Durante tres meses, el libro de Argos Vergara se vende con una rebaja del 30% y se sortea entre sus compradores un premio de 300.000 pesetas en libros, que beneficia tanto al lector como a la librería donde lo compró. Concluida su estación, la editorial cambia la cubierta del libro y le pone su precio real de venta al público. Este sistema ideado por el editor Mario Lacruz (1929-2000), para disponer de cuatro ‘premios’ literarios al año, alcanzó la cota de cuatrocientos mil ejemplares con El factor humano, de Graham Greene.

De momento, los libros de 1977, que suceden al Tratado de perversiones, son la antología de sus primeros libros La prosa y otra cosa, armada y prologada por el escritor segoviano Apuleyo Soto (1942), con quien coincidió Umbral para el rescate de Balada de gamberros (1965), embarrancada en el naufragio de la Alfaguara de Cela, en el nuevo sello editorial de Emiliano Escolar (1980). La antología seleccionada por Apuleyo Soto abarca desde Travesía de Madrid a Mortal y rosa y es un precedente más que decoroso de la luminosa La rosa y el látigo (1994), organizada por Miguel García Posada (1944-2012).

El Diccionario para pobres de Umbral tuvo varias apariciones sucesivas durante 1977: Mundo Actual ediciones, de Barcelona, y Sedmay, de Madrid. Ambas con ilustraciones a página completa del asturiano Alfredo González (1933) abriendo cada una de las letras. Este diccionario se inscribe y cuelga de la corriente editorial del momento, donde abundan los intentos por repetir el éxito inusual conseguido por el humorista José Luis Coll (1931-2007) con su ocurrente Diccionario de 1975. También su maestro Camilo José Cela (1916-2002) había cotizado al género con Diccionario secreto (1971) y Enciclopedia del erotismo (1976), publicación en fascículos igualmente editada por Sedmay. El tenor del diccionario umbraliano lo desvelan la entrada de Kant («se llamaba Enmanuel, aunque nunca hizo cine porno, porque se lo impedía el imperativo categórico» y las tres que se dedica a sí mismo, donde se define como «un esclavo de la pluma y de la brocha».

En esta escalada hacia diciembre, cuando verá la luz su grande La noche que llegué al café Gijón, todavía Sedmay le publica una colecta titulada Las jais, ilustrada con un medallón de mujeres famosas en portada, y el reclamo expreso de asomar al misterio de la sexualidad femenina a través de damas célebres y distinguidas, como Marilyn Monroe y otras nacionales de menos fuste. Por entonces el capo de Sedmay José Mayá Rius acumula serios incidentes, tanto en su flanco de editor comprometido como en la vertiente frívola, que las dos hogueras cultivó con tesón: El testimonial Yo creo en la clase obrera (1977), de Francisco García Salve (1930-2016), lo condujo a una detención exprés, de la que lo libró José Mario Armero (1927-1995), el ubicuo vallisoletano que urdió el Sábado Santo rojo de la legalización del PCE. Mayores quebrantos le ocasionaría la imprudente cacería fotográfica que ilustró el provocador Yo fui chica de alterne, de Carmen Rigalt (1949), prologado por Umbral. La querella por injurias de una mujer fotografiada provocó su detención el 17 de agosto de 1982 en Sevilla, con fianza de 350.000 pesetas para volver a pisar la calle. Simultáneamente, Umbral prologa el libro con el guión de la peli de Berlanga y Azcona Tamaño natural, donde un dentista burgués adquiere una muñeca de goma para vivir con ella su amor «secreto, marital, feliz y atormentado, como todos los amores no necesariamente degenerados en matrimonio». En una palabra, resume cual doctor Marañón sin bata, «que el español, pese a las dudas porno aperturistas del ministro Martín Gamero (1917-1987), sigue siendo ese señor bajito y con bigote que siempre piensa que su jefe de negociado se lleva mejores jais a la cama». Con estas y parecidas filosofías de baratillo nuclea sucesivos artículos y las páginas 69-90 de Tratado de perversiones.

TEORÍA DE LOLA

Después de Las vírgenes (1969), que agrupó diez cuentos, Teoría de Lola (mayo de 1977) amplía la muestra hasta los 30 relatos, a los que antepone un prólogo que reproduce su conferencia en la universidad de verano de Santander de agosto de 1975. Convertido en exégeta de sí mismo, distingue tres etapas en su todavía menguada trayectoria de cuentista. La travesía discurre desde el estricto realismo dialogado e inequívocamente celiano de sus primeros cuentos a lo que llama «poeticidad del instante». De paso, se despacha afirmando que los maestros del cuento (de Dickens o Chejov a Maupassant o Clarín) «no sabían escribir cuentos». El cuento contemporáneo para Umbral se define en función de lo que él sabe hacer: «la fenomenología de lo cotidiano que discurre a orillas de Balzac…Un buen cuento debe contar un transbordo de Metro, esos cinco minutos que invierte un hombre, cualquier hombre de la calle, en pasar de un andén a otro del ferrocarril subterráneo». Umbral acota el relato como su campo de experimentación narrativa privilegiado. Y en esa tarea descuella el relato que contiene una sección de vida: teselas o fragmentos que destaquen por su capacidad sugestiva. También reedita en 1977 en Destino (número 501 de la colección Áncora y delfín) las viñetas etnográficas y costumbristas de Amar en Madrid, publicado por Planeta cinco años antes.

Lo que no deja de sucederse, entre pugnas formales y alardes temerariamente osados de Umbral en su columna del País, son las polémicas, tanto con compañeros del diario, como el editor de sus textos, el periodista asturiano Fernando Granda, que ajustaba los artículos al recuadro, como con colegas desabridos, que repelen los ataques, a veces sólo ironía, con veneno. A la confesión de Granda («Yo soy el que te corta»), replicó con un artículo cargado de improperios («A Fernando Granda»), que Cebrián decidió no publicar. Otras greñas con Emilio Romero (quien le llama «bufón fantochero»), con Luis María Anson (menciona que una crítica de su pésimo libro Las respetuosas «le ha traído como Umbral por rastrojo») y con Ricardo de la Cierva (a quien se refiere como «don Cierva»), desatan un toma y daca agitado por el cruce de venablos. Para concluir de nuevo juntos y más o menos agrupados en el conocido como Sindicato del Crimen a su salida de El País. Pero no anticipemos el salto, que aún faltan once años para cambiar de huerto. Luego El País aplicaría a la estancia de Umbral en aquella casa una implacable garlopa orwelliana, borrando su huella de todas las recapitulaciones, aunque nunca de la memoria ferviente de sus lectores.

LA NOCHE QUE LLEGUÉ AL CAFÉ GIJÓN

Su libro realmente grande de aquel año turbulento, inaugurado con el asesinato ultra de Atocha y concluido con el Nobel a Vicente Aleixandre (1898-1984) y la supresión de la fiesta del 18 de julio, tuvo su primer tropiezo antes de nacer. El plumífero desbocado Guillermo Díaz-Plaja (1909-1984) había aprovechado su estancia como presidente del Instituto Nacional del Libro entre 1966 y 1970, prolongada luego con otras sinecuras aún más jugosas, para garantizarse la publicación de uno de sus libros, hasta sumar doscientos y sin discriminar géneros, en cada editorial española que le resultara apetecible. Umbral había enviado su fresco e incisivo panorama de la vida literaria madrileña recluida en las tertulias con el título de Oficio de escribir a Vergés, sin reparar en que el profuso Guillermo, «siempre sobrante», había colocado en Alianza en 1969 un emplasto con ese título. Así que tuvo que cambiarlo sobre la marcha, para que el libro estuviera disponible aquellas Navidades. Uno de sus más rápidos y minuciosos jaleadores va a ser el académico texticular Fernando Lázaro Carreter (1923-2004), letrista teatral y guionista cinematográfico del baturro Francisco Martínez Soria (1902-1982). Una página entera de El País (19 de febrero de 1978) defiende la voz literaria de Umbral, deslizando, para hacerse el listo, la pejiguera gramatical de la ausencia de una preposición en el título. La pataleta de Lázaro, concurrente en ello con Buero, anima al gramático Alarcos Llorach (1922-1998) a ponerle unas letras clarificadoras, en las que convoca la autoridad superior de Andrés Bello (1781-1865) para certificar, frente al criterio parlanchín de los académicos de prestado, que muchos complementos temporales se expresan sin preposición. Aquel dictamen de Alarcos, aireado por Umbral, sofocó los agravios gramaticales de la charca conservadora, siempre propensa a hacer leña del árbol herido.

La crónica de Umbral sobre la vida literaria madrileña («capullo del meollo del bollo literario español») abarca los tres primeros años de los sesenta, desde su lectura de cuentos en el Ateneo al entierro invernal de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963). Un repaso itinerante que transita por los divanes del café poblado de poetas y asiduos, evoca sus pensiones y asoma a un Ateneo revuelto por la llegada de Fraga. Pero su itinerario no tiene límites e incluye las visitas a Chicote, donde encuentra a los hermanos Cossío, la ronda de los estudios cinematográficos y el asomo al palacio de la Prensa de Callao, siempre con vuelta al «barracón de los vencidos» (128) del Gijón, donde atisba ya a su hermano de padre Leopoldo de Luis o al matemático Gallego-Díaz (1913-1965), que le regala dos viejos tomos de Proust traducidos por Salinas. Visita a notables (Menéndez Pidal, Dámaso Alonso o Aleixandre), recibe a Delibes («todos los castellanos hablaban en él»), visita revistas literarias, pintores abstractos y modelos efímeras. Todo con el «tono un poco mareado y giratorio de la vida en el café» (222).

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