Si ya eres usuario, accede...

Recordarme

¿No recuerdas tu contraseña?
Accede con redes sociales...
Si todavía no eres usuario, regístrate...

¡Regístrate ahora! para recibir los titulares del día en tu e-mail.

¡Regístrate ahora! para poder comentar noticias, participar en sorteos y concursos.

Menú Accede
Si ya eres usuario, accede...

Recordarme

¿No recuerdas tu contraseña?
Accede con redes sociales...
Si todavía no eres usuario, regístrate...

¡Regístrate ahora! para recibir los titulares del día en tu e-mail.

¡Regístrate ahora! para poder comentar noticias, participar en sorteos y concursos.

Valladolid, al asedio y rescate de su pasado

Cuando la ciudad aspira a ser declarada Patrimonio de la Humanidad, se cumplen 80 años de la propuesta del plan Cort, principio del fin de parte de la vieja urbe, y 40 de su declaración como monumento histórico artístico

JULIO TOVAR / VALLADOLID
07/03/2018

 

El anhelo de Valladolid de ser nombrada Ciudad Patrimonio de la Humanidad por la Unesco supone una invitación a mirar a su pasado más reciente, en el que, como el anverso y el reverso de una misma moneda, destacan dos fechas por el impacto que tuvieron en sus piedras, en aquellas que convierten las calles de una urbe en páginas escritas en las que leer su historia. De la primera se cumplen 40 años; de la segunda, 80. Un relato sobre el asedio y rescate a un pasado esplendoroso.

El 31 de agosto de 1978, el Boletín Oficial del Estado declaraba «monumento histórico artístico, de carácter nacional, el casco antiguo de la ciudad de Valladolid». He aquí la cara de la moneda. Un rayo de luz para una ciudad que no se había mostrado especialmente clemente con su patrimonio.

Lo había denunciado un año antes el arquitecto e historiador Fernando Chueca Goitia en La destrucción del legado urbanístico español (Espasa-Calpe, 1977): por culpa de la piqueta o del abandono, Valladolid encabezaba la clasificación de ciudades que habían arruinado su pasado sin rubor.

El ganador del Premio Nacional de Historia en 2002 baremaba el grado de destrucción de la que fuera cuna de Felipe II y capital de la Corte de Felipe III, entre 1601 y 1606, en un nueve sobre diez. La ciudad en la que Carlos de Habsburgo, jurando ante las Cortes en 1518, se convirtió en rey, o en la que fray Bartolomé de las Casas defendió un trato digno a los indígenas americanos en 1550, había visto cómo parte de su patrimonio, en no pocas ocasiones, se había esfumado entre escombros y polvo.

La ciudad histórica casi convertida en una tabula rasa. Sin que se llegara a tal extremo, ese hubiese sido el sueño del arquitecto alicantino César Cort. La cruz en esta historia. El próximo 28 de julio se cumplirán ocho décadas desde que se pusiera al servicio del alcalde vallisoletano Luis Funoll para realizar lo que denominaba Ensanche y reforma interior de Valladolid, un plan general de ordenación urbana que no ocultaba sus intenciones desde la primera página de su memoria: «Parece imposible que cualquier mejora no parta del principio de la destrucción total de lo existente», advertía. Según su estimación, las tres cuartas partes de las casas llevaban construidas cerca de tres siglos.

El que fuera uno de los grandes defensores del patrimonio vallisoletano, el catedrático de Historia del Arte y miembro de la Real Academia de la Purísima Concepción Juan José Martín González, responsabilizó a Cort de crear los «males que han conducido al desmantelamiento del casco histórico», y eso a pesar de que su plan «no tuvo verdadera vigencia» (Arquitectura y urbanismo de Valladolid en el siglo XX; Ateneo de Valladolid, 1988).

Destrucción
«Lo que fue el centro histórico es hoy irreconocible, por el grado de ruina registrado en los años sesenta y setenta», asegura a este diario Eduardo Carazo, catedrático de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la Universidad de Valladolid (UVA) y autor, entre otras investigaciones, de Valladolid: forma urbis. Restitución infográfica del patrimonio urbano perdido (Ayuntamiento de Valladolid, 2010). «De no haber ocurrido eso tendríamos un centro histórico como los de Segovia o Salamanca», matiza.

Otro profesor de Arquitectura, el actual concejal de Urbanismo, Infraestructuras y Vivienda Manuel Saravia, definió de forma gráfica en el libro Arquitectura y urbanismo de Valladolid en el siglo XX (Ateneo de Valladolid, 1997), escrito junto al arquitecto municipal Pablo Gigosos, el aspecto de la vieja urbe, en una estampa aún visible al inicio del Franquismo: «En los barrios del centro predominaban las casas bajas, ‘cabañuelas’ pequeñas y humildes, en algunos casos incluso de sólo planta baja. Se mezclaban con antiguas casas palaciegas que apenas se distinguían por los restos de las portadas y escudos heráldicos de las fachadas. Un indefectible carácter rural impregnaba su semblante».

Valladolid, que pasó de contar en 1950 con 124.212 habitantes a registrar 327.452 en 1985, estaba decidida a ‘rehacerse’. «No sólo se mudan las casas o las calles viejas: también el paisaje y los contornos se desbordan», tal y como expusieron Saravia y Gigosos. Basilio Calderón, catedrático de Geografía Humana de la UVA, señaló en su día que las ordenanzas municipales destinadas a modificar el viario a finales de los años sesenta, con calles más anchas y edificios con mayor altura, fueron «el primer paso para proceder a sustituir el viejo caserío» de la ciudad tradicional (El crecimiento urbano de Valladolid, Cuadernos Vallisoletanos, 1988). Entre 1970 y 1974 se concedieron 484 licencias de derribo que, según el profesor, equivalían a 2.000 viviendas; se levantaron sobre sus restos cerca de 9.800. El propio Martín González alzaba la voz en El Norte de Castilla, proclamando un ‘No a las alturas’. «Deseamos aire, perspectivas, para nuestro Valladolid», escribió el 8 de marzo de 1970.

¿Era inevitable la transformación de la ciudad histórica? Carazo invita a mirar más allá del Franquismo, y del comportamiento especulativo de aquellos años, para buscar una explicación. «El cambio se gesta en tiempos de Miguel Íscar, en el siglo XIX. Ya en 1878 se comienza a hablar de la Gran Vía que luego trataría de hacer Cort», advierte el director del departamento de Urbanismo y Representación de la Arquitectura de la Escuela Técnica.

Una gran vía
El proyecto de la Gran Vía, al que se volvió en diferentes ocasiones durante la primera mitad del siglo XX, pretendía dar respuesta al crecimiento económico generado con la llegada del ferrocarril en 1864, con una burguesía que empezaba a asentarse en el entorno de la estación, creando una nueva estética en zonas que hasta entonces eran conventuales.

Había que conectar el sur con el norte, con San Pablo, con un viario amplio apto para los carruajes. Hasta la plaza Mayor, con la apertura de Gamazo y el ensanche de la calle Olleros (Duque de la Victoria), el problema estaba resuelto. «San Pablo, con Capitanía, Diputación y Chancillería un poco más arriba, era la plaza administrativa. Según CésarCort, la continuidad del eje iniciado al sur pasaba por Platerías... por derribar la Vera Cruz y las tres manzanas adyacentes, las más antiguas, de origen medieval», detalla Carazo.

El templo se había salvado de caer a comienzos del siglo XX porque la cofradía, que iba a recibir 100.000 pesetas, no encontró las escrituras. En plena República, el arzobispo Gandásegui impidió que la iglesia fuese expropiada durante el mandato de García Quintana. Un par de años después, con el Ensanche y reforma interior de Valladolid sobre la mesa, la Vera Cruz o las plazas de los Arces y de San Miguel esquivaron su fatal destino por lo costoso del proyecto.

«La ciudadanía no se oponía a la destrucción. No se salvaron por su importancia histórica, sino porque era inviable», reconoce Carazo, que recuerda que Cort era hijo de su tiempo, un arquitecto heredero de un ideal urbanístico decimonónico que entendía que la salubridad en las urbes dependía de contar con calles amplias. «Se resolvía con geometrías claras, con líneas rectas para que circulara el aire y calles anchas por las que discurriera el tráfico rodado con velocidad», matiza el arquitecto, que anima a contemplar aquellos tiempos con perspectiva: «Hoy nos puede chocar tanto como ver fumar a Gary Cooper en una película, pero entonces se imponían las ideas del Movimiento Moderno y de Le Corbusier, que con el plan Voisin quiso tirar abajo parte de París para construir rascacielos. Se despreciaba la ciudad histórica», defiende el catedrático de la Universidad de Valladolid.

El plan Cort no llegó a realizarse, pero el Ayuntamiento, en los años cincuenta, acabó adaptando parte de su ideario alineando, por ejemplo, una de las dos aceras de cada calle. El viejo caserío fue eliminado para arañar el cielo vallisoletano con pisos de más altura. Algunas calles, como San Blas y Conde de Ribadeo, se transformaron perdiendo sus casas nobles por la apertura de la polémica calle Felipe II que las atravesaba. «Es la zona cero», sentencia Carazo, que lamenta lo mucho que se tardó en España en proteger por su valía el entorno de los monumentos.

Aquello fue un tsunami que barrió del mapa vallisoletano una parte de la ciudad histórica que había sobrevivido al paso del tiempo, a la invasión napoleónica, a las desamortizaciones o a la desaparición del mayorazgo. Una ciudad que ya se había visto privada del palacio de los Almirantes de Castilla, para levantar sobre sus cenizas el Teatro Calderón, de parte del edificio histórico de la Universidad, o del palacio de los marqueses de Távara, frente a la actual sede de la Diputación, donde el nieto de los Reyes Católicos fue designado en 1506 heredero de la Corona de Castilla.

Protección
La declaración del casco viejo de Valladolid como monumento histórico artístico, recibida con frialdad, ejerció de dique de contención contra las oleadas destructoras, aunque no siempre fue efectiva. Casi dos décadas después, en el libro Arquitectura y nobleza. Casas y palacios de Valladolid (Ayuntamiento de Valladolid, 1996), el catedrático emérito de Historia del Arte de la UVA y actual presidente de la Purísima Concepción Jesús Urrea contabilizaba la desaparición, en el último siglo y medio, de 44 edificios señoriales; de otros 30 sólo quedaban fragmentos, algunos de ellos reubicados, y se conservaban 44 en ese final de siglo.

«Se han perdido más en estos últimos años, y hay rincones que están aún en peligro. Esta es la historia de nunca acabar, porque aquí lo viejo no vale, falta sensibilidad y sobra apatía. Y todos somos culpables», puntualiza el que fuera director del Museo Nacional de Escultura (1996-2008).

Urrea no puede evitar mostrarse hoy escéptico con las consecuencias que pudieran derivarse de una declaración de Ciudad Patrimonio de la Humanidad. «Todo suma si ayuda a preservar nuestras calles, que forman nuestro paisaje, pero llega tarde», defiende el académico, quien ve reverberar en la calle Santo Domingo de Guzmán el destello de la antigua urbe, la estampa señorial que un día tuvieron Angustias, Fray Luis de León, la plaza del Rosarillo o Juan Mambrilla, cuya imagen hoy palidece en comparación con la que tuvieron antaño. «Lo irónico es que quienes promueven la declaración contemplan crear un espacio deportivo en el convento de Santa Catalina, que atraería a cientos de personas a un rincón que no está preparado para ello, o intentan pintar un mural en un muro del palacio de los condes de Buendía», lamenta el historiador, que pide una mayor reflexión para preservar los monumentos. «Tirar es lo fácil, pero hay que pensar más en cómo se quiere y cómo se puede conservar», subraya.

Y es que, como se demostró con el derribo hace casi dos décadas del convento del siglo XVII de La Laura, junto a la Estación del Norte, no se debe bajar la guardia. «No se puede destruir patrimonio histórico por juicios de valor que no tienen lugar de ser. Esos edificios son un préstamo de la historia», concluye Carazo.

 

Última hora

© Copyright Editorial Castellana de Impresiones SL
C/ Manuel Canesi Acevedo, 1. 47016 Valladolid. España
Contacte con nosotros: local.va@dv-elmundo.es

Editorial Castellana de Impresiones SL se reserva todos los derechos como autor colectivo de este periódico y, al amparo del art. 32.1 de la Ley de Propiedad Intelectual, expresamente se opone a la consideración como citas de las reproducciones periódicas efectuadas en forma de reseñas o revista de prensa. Sin la previa autorización por escrito de la sociedad editora, esta publicación no puede ser, ni en todo ni en parte, reproducida, distribuida,comunicada públicamente, registrada o transmitida por un sistema de recuperación de información, ni tratada o explotada por ningún medio o sistema, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro óptico, de fotocopia o cualquier otro en general.

Edigrup Media: Diario de León | Diario de Valladolid | El Correo de Burgos | Heraldo-Diario de Soria