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SIGLO DE UMBRAL

Travesía del desgarro

La secuencia de viajes, libros y éxitos de Francisco Umbral, emprendida a lomos de Memorias de un niño de derechas (abril de 1972), se quebró bruscamente en noviembre de 1972, cuando poco antes de salir hacia California, para redondear el circuito hippy organizado por Boccaccio (Ibiza, Amsterdam, Londres, San Francisco), unos análisis de sangre rutinarios de su hijo de cuatro años recién cumplidos desvelan que padece leucemia. Aquel mazazo conlleva el ingreso inmediato del niño en la Clínica de la Concepción y una travesía de desgarro que el padre escritor peleará por superar «con la sonrisa en la herida». Sin cejar en el empeño, a pesar del acecho de la muerte donde más daño hacía.

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
07/07/2019

 

SONETOS DE TALENTO

Con su vivienda situada en Félix Boix 12, a un paso de la agencia de Leguineche, donde deposita un artículo diario desde 1969, Umbral emprende la construcción sistemática de unas columnas periodísticas que aspiran a sostener el mundo con su concepción singular, que responde a una idea de la columna como «soneto del periodismo». Según sus testimonios de la época, a Umbral le aburren los artículos de opinión habituales en la prensa de entonces, que salen henchidos de prosopopeya, e intenta «crear una fórmula nueva, más callejera e inmediata».

También esquiva, a menudo con un lirismo de pálpito subterráneo, la tentación costumbrista adherida al tema literario de Madrid como escenario de España, que protagoniza sus columnas. En su captación de la nueva imagen de «lo madrileño», Umbral recurre a las pinturas de Goya, y ahí aprende sus nutrientes intemporales, que tienen que seguir siendo el aristocratismo y el folklore: marquesas y verbenas.

Con esos ingredientes aparentemente contrapuestos y una escritura personal adornada de graciosas liviandades articula su columna diaria, que muy pronto pasa a engrosar los primeros libros de artículos, cuya marca singular vuelve a ser la orteguiana calidad de página, que siempre resulta más placentera con la relectura. La travesía del desgarro de su bienio 1972-1973, una vez conocida la grave enfermedad del hijo, la consuma Umbral con cinco libros, tres de los cuales son agrupaciones de artículos: Amar en Madrid (1972), Spleen de Madrid (1972) y Diario de un snob (1973). El profesor Juan Cantavella caracteriza el columnismo de Umbral como un género «rabiosamente actual», capaz de ocuparse de los grandes temas con un sesgo peculiar: «penetra en ellos a través de los detalles».

Umbral interpreta los hechos con recurrencias nominales, que destaca con negritas, tratando de contagiar su pasión al lector. En esa complicidad, le brota la rabia o el sarcasmo, las imprecaciones y a veces incluso una vibrante arenga.

Cada columna suya toma como base una noticia o una frase sobre la que explayarse y extraer consecuencias. Tiene siempre a mano, para el oficio de columnista, con un consejo de su maestro González Ruano: el artículo es como una morcilla; dentro metes todo lo que quieras, pero tiene que estar bien atada por los extremos; y el final es una vuelta sobre el principio para cerrar el ciclo sobre sí mismo. Por eso, las caracterizaciones tienen que estar hechas con adjetivos precisos y los juegos conceptuales trenzados con agudeza.

Su lenguaje periodístico maneja cultismos, neologismos y préstamos de jergas, con muletillas que va relevando para no incurrir en el tópico detestable. El objetivo del Umbral columnista radica en sorprender, incitar y hasta aturdir al lector. Por eso presume de talento y alardea a menudo del fluido natural de su prosa sobre el folio en blanco, que culmina, si hay suerte, en tintineo poético. Un manierismo que en sus excesos bordea la «prosa sonajero», repudiada por Juan Marsé cuando recibe Umbral el Cervantes del 2000.

La Carta abierta a una chica progre (1973)la editó Sedmay, una editorial impulsada por el ministro de ucedé Ignacio Camuñas, que también entonces puso la revista Gentleman como lanzadera de Cebrián, en complicidad con Fraga y su hombre mediático Carlos Mendo. La editorial Sedmay la dirigía el periodista Carlos Pascual, y además de una colección emblemática de Guías secretas atenta a desvelar y mostrar la cara oculta y menos conocida de las ciudades, afrontó diversos proyectos que se distinguían por su sesgo de actualidad. Entre otros, la serie Carta secreta, en la que apareció la dirigida por Umbral a una chica progre.

La destinataria de su texto no es ya la romántica señorita de lámina de dibujo que aspira flores y borda, sino la real hembra con «senos conscientes de su poder y un piercing en el ombligo». La chica progre de Madrid, Barcelona, Sevilla, Valencia y también la recién llegada de la provincia de tedio y plateresco, una muchacha que huye del futuro espantoso de marido funcionario, hijos en colegio público de una pequeña capital remorata y paseos dominicales por la calle Mayor, antes de tomar un somnífero –o un bote de ellos- para soportar su realidad.

Porque la realidad del siglo veintiuno, que no será espiritual por mucho que quieran los poetas, sólo se puede soportar mediante las drogas o la estulticia. La muchacha progre lo sabe y huye. Como una María Barranco «llena de ironía, naturalidad, mimo, sensualidad y calidez. Un dibujo de mujer solo línea, pero línea caliente, una gozada».

Para esta destinataria, a quien amamantaron con prohibiciones antes de depositarla en la transgresión, desgrana Umbral sentencias concluyentes: «Lo que Occidente busca hoy en Oriente quizá no sea una filosofía, una doctrina, una forma de vida, una estética, sino simplemente un poco de mugre». Y más adelante: «La historia te presentaba una imagen grandiosa del hombre. Julio César, Alejandro, Platón, Goethe, Galileo, Cervantes, Napoleón, Rodolfo Valentino, Carlos V, Pemán, Heráclito y Charlot. El hombre es un gran relaciones públicas de sí mismo, ya sabes.

Pero el hombre que tenías ante ti, en torno, era otra cosa. La encarnación del hombre, para tus ojos colegiales, era el profesor asmático de Geografía, el portero cojo de tu casa, tu padre malhumorado». Precisamente ahí, desnuda su interior Umbral: «Yo ya no soy un joven progre, porque se me está pasando la juventud y porque he progresado, quizá, todo lo que tenía que progresar, aunque nunca es suficiente, ya sabes. Una lámpara, una mecedora, una máquina de escribir. Los libros y la foto de mi hijo. Eso es todo, no es nada. Toda la casa se ha quedado de nieve y soledad, y aquí estoy yo, hibernado, invernando, con mi tos, mis libros, mi máquina, mi amor y mi tristeza. Todo muy decadente».

Amar en Madrid (1972) fue su primera colecta de columnas, todavía articulada con piezas madrileñas destinadas a los periódicos de las periferias que surte Leguineche y pespuntes de famosos, que nutren su Crónica de gentes y el Dramatis personae, con artículos de revistas donde estos personajes son protagonistas. También incorpora, como broche, una viñeta del vivir madrileño que deslumbra en provincias, oscilantes entre la frívola dolce vita y la todavía improbable izquierda divina.

Por esos alfoces de su prosa se reparten como al descuido la nostalgia del Madrid de siempre, aparentemente a punto de esfumarse, y las exquisiteces de cronopios, modelos, malditos, la guapa gente, los ministrables, los flamencos, los hippies de Santa Ana, los alucinados y los mirones, en un recorrido que transita de la noche al alba.

El lector de Umbral aprende enseguida que sus columnas agrupadas no son textos pasajeros, porque estrenan y aventuran su prosa menos efímera. Spleen de Madrid (1972) vio la luz en una de aquellas editoriales efímeras y de mucho ruido que recurrían a Umbral para avalar su lanzamiento: Organización Sala editorial. Con una portada dibujada por Celedonio Perellón, se apropia Umbral del timbre baudeleriano de las prosas poéticas póstumas de París (1869) para destilar, en una expresión depuradísima, la melancolía de sus tedios incendiados por el drama creciente del hijo.

El esplín baudeleriano, que siempre fue uno de sus autores capitales, lo adoptará más tarde como rótulo para alguna de las series más difundidas de sus artículos. De hecho, los textos aventurados con Sala editorial en 1972 los difundió diez años más tarde Destino en dos volúmenes sucesivos, que agrupaban en el segundo los textos más recientes.

Otro tanto sucede con la secuencia de los sucesivos volúmenes de Diario de un snob (1973), cuyo primer volumen dedica Umbral a Miguel Delibes, y Diario de un snob 2 (1978), donde dilucida si hubo hurto o precisión gramatical al titular sus memorias La noche que llegué al Café Gijón (1977). El robo de la preposición ‘en’ se lo reprochan el gramático texticular Fernando Lázaro Carreter y también el dramaturgo y académico Antonio Buero Vallejo, poco satisfecho con su retrato ceniciento de tertuliano del café. Pero cuando empieza a cundir el vareo, le escribe el sabio Emilio Alarcos, señalándole la autoridad gramatical de Andrés Bello para avalar la corrección de su título. Luego le cita unos cuantos ejemplos de complementos temporales que se expresan sin preposición.

Y concluye: «No hay ninguna obligación gramatical para que el relativo que representa a esos complementos tenga que ir precedido de ‘en’. Así que adelante». Para un osado audaz y a la vez temeroso como Umbral, siempre precavido a la hora de proteger sus lagunas formativas, el respaldo expreso de un académico como Emilio Alarcos Llorach, que desautorizaba de paso a colegas con más apariencia que saberes, supuso la enmienda definitiva al parloteo barato y ojerizo de entonces por parte de malandrines con tanto ruido como Emilio Romero o Jaime Campmany.

 

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