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CATÁSTROFES FERROVIARIAS / EL MAYOR ACCIDENTE DE VALLADOLID

El trágico despertar del Expreso 461

Treinta años han pasado desde la peor tragedia ferroviaria que sacudió Valladolid. El tren Costa Vasca embistió por detrás a un Expreso con destino Cantabria detenido en la Estación del Norte. Juan Tarín es uno de los dos supervivientes de aquel coche cama en el que viajaban las ocho personas fallecidas. «Pedía auxilio y oía los lamentos y voces de compañeros que poco a poco se fueron callando». Creyó que los rescataban, pero el silencio era el de la muerte. Permaneció atrapado cinco horas bajo un amasijo de hierros por un accidente que causó además 30 heridos. Un fallo en los frenos provocó la colisión, que dejó su vagón «aplastado y destrozado» y a la ciudad consternada, como recuerda el alcalde vallisoletano de entonces, Tomás Rodríguez Bolaños

ALICIA CALVO / VALLADOLID
09/03/2018

 

Más que los gritos, lo que atruena en su memoria es el silencio. En un segundo, pasó de dormir plácidamente a despertar en una pesadilla. Su coche cama era un monstruo que lo atrapaba en un rincón y mordía su brazo. En la total oscuridad, pedía auxilio con todas las fuerzas que era capaz de reunir, «igual que muchas voces que poco a poco se fueron callando» hasta quedar sólo la suya. Creía que habían sido rescatados, pero el silencio era el de la muerte.

Juan Tarín sobrevivió al mayor accidente ferroviario que sacudió Valladolid. Sucedió hace treinta marzos. «Murieron casi todos los que iban conmigo. Por eso oía sus lamentos y, de repente, ya no los oí más».
En el impacto entre dos Expresos en la Estación del Norte de Valladolid fallecieron ocho personas que viajaban en el mismo coche cama que este santanderino, y más de 30 terminaron heridas. En cierta manera, también resultó herida la ciudad: una catástrofe en pleno centro, en una estación cuya actividad era un símbolo de progreso desde hacía un siglo.

Aun minuto de las tres de la madrugada del 4 de marzo de 1988, un «tremendo y fortísimo estruendo» despertó a Juan Tarín, que dormía «profundamente» en el Expreso nocturno 861 ‘Cantabria’. Viajaba por motivos profesionales pues era director general de Fomento Agrario cántabro.

El impacto lo desplazó a un estrecho hueco debajo del somier y dejó su brazo derecho aprisionado bajo un amasijo de hierros, tal y como reconstruye para este diario en la efeméride del siniestro.

El Expreso Costa Vasca, procedente de Madrid con destino Bilbao y 270 pasajeros, apareció unos minutos adelantado al horario marcado.

Casi un kilómetro antes de entrar en la estación, el maquinista advirtió problemas técnicos. Trató de detener la locomotora, pero los frenos no funcionaban. Redujo la velocidad lo que le resultó posible y, finalmente, arrolló por detrás al convoy estacionado en el andén primero, que cubría el trayecto desde la capital madrileña a Santander y estaba a punto de partir de nuevo tras una breve parada.

Un fallo mecánico en el sistema de frenado del Costa Vasca provocó el mayor siniestro que Valladolid recuerda, pero las investigaciones posteriores revelaron que el maquinista y su ayudante tampoco accionaron el sistema de emergencia en el momento en el que podían haber evitado el choque, según la explicación oficial de Renfe, recogida por los medios nacionales y locales de la época, y ratificada dos años después por una sentencia del Juzgado de lo Penal número 2 vallisoletano.

Esa misma versión expone que el Costa Vasca logró reducir de los 75 kilómetros por hora a los que circulaba a los 45 a los que embistió al Cantabria, cuyo vagón de cola estaba cargado de vehículos.
Los anclajes de los turismos resultaron inútiles. Miles de kilos de carrocerías y motores, además de las plataformas que los sustentaban, cargaron contra el coche cama, el compartimento 21, que terminó «arrugado como un acordeón», tal y como refiere Tarín, que detalla cuánto de «afortunado» fue sobrevivir a la tragedia. «Las dos grandes vigas de la plataforma de los coches se llevaron por delante todo el vagón donde dormíamos y ¡gracias a Dios! se paró antes de mi compartimento», enuncia en un ejercicio de memoria que ya no le produce la aflicción de los primeros meses en los que se resistía a volver a las vías y cambió el tren por el avión. «Me daba mucho miedo volver a montar, pero lo superé. No queda otra», apunta.

Tarín permaneció cinco horas encerrado, tiritando sin apenas poder moverse. Nada más producirse la colisión, no veía «nada». Oscuridad. En medio de la nada, el miedo se abrió paso y en su mente se instaló un pensamiento aún más desolador que la propia realidad.

Temió que se encontraran «en un descampado perdido entre algún pueblo». Unos «eternos» minutos después, sus gritos de socorro fueron escuchados, los equipos de rescate lo localizaron y «abrieron un agujero» para comunicarse con él.

Saberse en la estación vallisoletana le procuró calma. «Cuando oí dónde estábamos, sentí alivio y pensé que en Valladolid al menos había medios, que podían sacarnos y tenía salida», cuenta sobre unas horas «muy duras, largas y frías». Extremadamente gélidas. De hecho, el clima de este marzo de 2018 sirve a la perfección para entender aquel de hace 30 años. Un temporal de nieve bloqueó carreteras y empujó a muchos pasajeros a desechar el coche o el avión y a decantarse aquella noche por el fatídico tren.

Para colmo, el accidente lo sorprendió durmiendo en camiseta y sin pijama porque los ejecutivos –recuerda– no llevaban «ropa en el maletín de trabajo para sólo un día». A medida que el minutero avanzaba, el frío era «más horroroso».

El calor humano lo apartó del miedo a congelarse. En esos momentos desesperados, Tarín recuerda con especial cariño «a una enfermera y a un psicólogo» que le apoyaron al otro lado del desastre. «Me hablaban para hacer la situación un poco más agradable».

Luego vino en su ayuda el ingenio práctico. Por ese pequeño hueco entre los metales retorcidos, introdujeron «dos bolsas de agua caliente» y volvieron más soportable la dolorosa espera durante la que se plantearon amputarle el brazo, aunque finalmente no resultó necesario.

Tuvieron que pasar cuatro horas para que rescataran a la otra superviviente del coche cama. Rondaban las ocho cuando extrajeron el primer cadáver, el de una joven, y al poco los bomberos liberaron a Juan Turín. Cubierto en la camilla con una manta lo trasladaron en ambulancia al por entoncesHospital Pío del Río Hortega, en el actual edificio Rondilla, donde permaneció ingresado unos días.

Los bomberos, agentes del orden, sanitarios y personal ferroviario que se acercó a ayudar se afanaban en atender a los heridos de otros vagones, todos salvo dos de carácter leve, y a los familiares de los que no llegaron a bajar con vida de ese Expreso.

La mujer de Juan creyó que su marido se encontraba entre los fallecidos. «El mayor susto lo pasó ella, que mientras viajaba desde Santander pensaba que había muerto en el accidente», asevera quien aún se sobresalta «ante cualquier fuerte ruido inesperado».

Los equipos de rescate trabajaron sin descanso hasta el mediodía de aquel viernes. Diez intensas horas con la dificultad que entrañaba el no poder emplear herramientas eléctricas por la seguridad de los atrapados. «Todos los servicios de la ciudad los pusimos a disposición de Renfe», manifiesta el por entonces alcalde vallisoletano, el socialista Tomás Rodríguez Bolaños, que tardó en llegar al lugar de los hechos porque el suceso lo sorprendió en Madrid.

Los que sí se desplazaron a primera hora fueron el presidente de laJunta, José María Aznar, y el máximo dirigente de Renfe, Julián García Valverde, que al filo de las dos de la tarde de ese mismo 4 de marzo calificó aquel accidente como «la mayor catástrofe en la historia reciente de los ferrocarriles españoles», y confirmó que la causa fueron los frenos del Costa Vasca, tal y como recogieron las crónicas de aquel día.
Poco a poco se conocieron más detalles. El expreso que arrolló al otro convoy iba tirado por dos máquinas acopladas «en previsión de problemas en el puerto de Orduña». Los maquinistas recorrieron casi un kilómetro intentando frenar y salvaron la vida por saltar en marcha en el último momento; todos dieron negativo en las pruebas de alcoholemia. El conductor del tren cántabro, alertado de la inminente e inesperada entrada del otro expreso, trató de arrancar sin llegar a contar con el tiempo suficiente.

Posteriormente, los técnicos fijaron en «dos o tres minutos» el margen que hubiera permitido al ‘Cantabria’ ponerse en circulación.

Entre las víctimas mortales se encontraba el consejero de Obras Públicas de Cantabria, Félix Ducasse, y varios miembros del mismo Ejecutivo, que, como Juan Tarín, regresaban de una reunión en el Ministerio para firmar un convenio sobre vivienda.

En otros vagones viajaban sindicalistas del campo, 150 pensionistas procedentes de Almería y ocho senadores que salieron ilesos.

La consternación se extendió a todo Valladolid, que celebró un funeral por las víctimas en la Catedral al que acudieron casi 2.000 personas.

Bolaños recuerda la concurrida ceremonia y el sentir generalizado esos días en los que percibía el pesar entre los vecinos a cada paso. «La ciudad estaba conmocionada. En la calle había silencio y la gente tenía ese mirar serio, triste y pesaroso por un acontecimiento tan terrible», relata.

Como alcalde, considera que aquel siniestro «impactó mucho a la gente porque fue la catástrofe ferroviaria más grave que ha sufrido Valladolid». «En realidad, no sé si también no ferroviaria», matiza, y añade que el efecto resultó mayor por la tradición ferroviaria de la provincia. «Ya en el siglo XIX fue un núcleo de población muy importante para el desarrollo del ferrocarril y lo siente mucho», expone sobre uno de los momentos más aciagos de su trayectoria al frente de la Alcaldía. «Valladolid no estaba acostumbrada a una tragedia tan tremenda», remacha un vallisoletano que ha vivido algún otro suceso delicado como regidor.
Dos años después del accidente, el juez de lo Penal 2 condenó al maquinista del Costa Vasca, Félix Palencia, a 10 días de arresto menor y a abonar 75.000 pesetas de multa por una falta de imprudencia simple antirreglamentaria, lo mismo que a su ayudante, Luis Javier Revilla. Les impuso, además, una indemnización de casi dos millones a una de las mujeres heridas que les denunció y de 300.000 a otra. Nadie más emprendió acciones legales.

Los dos trabajadores de Renfe resultaron absueltos del delito de imprudencia temeraria de la que la acusación particular les acusaba.

Treinta años después, Tarín aún añora a los amigos que perdió aquella madrugada y le punza rememorar «el dolor de sus familias». No conserva secuelas físicas, pero algo en su interior cambió para siempre. Cierto que cuando viaja en tren cualquier sacudida le pone tenso, pero ya no da por sentada ninguna estación de paso. «Tener la muerte tan cerca te hace más comprensivo y mirar a la vida con los ojos más abiertos».

 

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