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EL SIGLO DE DELIBES

Soslayo del pastiche

El hecho de haber compartido, aunque con un par de años de distancia, la misma invitación del Círculo de Periodistas Chilenos para dar el salto a América, y de ofrecer a su vuelta un par de novelas americanas, sembraría con los peores presagios Diario de un emigrante (1958), la sexta novela de Miguel Delibes. El riesgo de contagio con su precursor Camilo José Cela era evidente para Delibes, teniendo en cuenta que ambos habían compartido avales y convite para la estancia chilena. Con Florentino Pérez Embid (1918-1974) agitando la cucaña, será Luis García de Llera, director general de Relaciones Culturales de Exteriores, quien «tienda la mano para dar el salto», en expresión de Delibes, a ambos novelistas. Cela acude invitado al Congreso Mundial de Periodismo, que se celebra en Santiago de Chile, para un periplo americano de conferenciante que incluye otros seis países: Colombia, Ecuador, Panamá, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
04/11/2018

 

EL ESTIGMA DE CELA

Aquel viaje de cócteles y agasajos, arropado por sedas y tules diplomáticos, resarce a la España aislada de los fracasos precedentes cosechados por la embajada poética de 1949, que promovió el ministro Lequerica a través de Cultura Hispánica, donde forman equipo Sánchez Bella y Fraga. La alineación prevista incluía a Gerardo Diego, Valverde y Aranguren, junto a Rosales y Panero. Pero Gerardo renunció por razones de edad, mientras Valverde y Aranguren lo hicieron por criterios de oportunidad. A última hora, los reemplazan Antonio de Zubiaurre (1916), un divisionario riojano que había tenido a Castiella como conductor en el frente ruso, y Agustín de Foxá (1906-1959), ya en período de «patéticas aflicciones» personales, por los disgustos conjurados del alcohol y los cuernos.

Aquella intrépida misión poética aspira a recorrer América desde el Caribe a la Tierra del Fuego y se estira de noviembre a marzo, pero algunas contrariedades obligan a reducir el periplo. Llegan a Cuba desde Cádiz y embarcan de vuelta en Nueva York, donde los líricos cargan las maletas de contrabando, hacia La Coruña. Panero echa cuentas del botín en una carta a sus padres: «He venido a sacar algo menos de las cuarenta mil pesetas; los pañuelos todavía no me los han liquidado y es lo único que tengo pendiente». Según Trapiello, «aquel viaje lo hicieron por dinero, como los toreros». Con el chasco, más tarde sólo Eugenio Montes (1900-1982) exploró América como recurrente conferenciante de escaso éxito, hasta el pelotazo venezolano de La catira (1955), un pastiche pagado a precio de best-seller internacional, por el dictador Marcos Pérez Jiménez (1914-2001), para borrar del mapa literario americano Doña Bárbara (1929), la novela escrita por el presidente Rómulo Gallegos (1884-1969), derrocado por su golpe en 1948. Quizá por gratitud, Pérez Jiménez acabó inhumado en Alcobendas.

El programa caraqueño de Cela se despliega en seis títulos con un horizonte de diez años y un estipendio millonario. Si por La catira, novela del Llano, recibió la barbaridad de tres millones de pesetas, resulta fácil echar las cuentas globales de estas Historias de Venezuela, con una novela de los Andes, otra de Caracas, una más de Guayana, otra del Caribe y la última del petróleo. Pero el papanatismo de los españoles con aquel emplasto folclórico alentado por la diplomacia franquista y atragantado de falsa y rebuscada palabrería (los críticos distinguieron a La catira como mejor novela del año 1955 con el premio de la Crítica), no contagió siquiera a los lectores venezolanos, que más bien lo tomaron como una tomadura de pelo entre Cela y su dictador. Aquel «canto arrebatado a la mujer venezolana» se derrumba empujado por los excesos grotescos y la falta de realismo poético que cabría esperar de un libro de encargo. También Delibes cotizó al turismo diplomático de la Hispanidad con su Diario de un emigrante (1958), en tantos aspectos tributario del viaje americano. Ya en el arranque del capítulo XII del viaje Delibes se arrepiente «de no haber traído a Lorenzo a darse una vuelta por estas tierras (…), paraíso para el cazador y el pescador españoles, habituados a la búsqueda intrincada de la perdiz y a la escasez y desconfianza del salmón y la trucha».La estancia americana de Lorenzo no alcanza ni de lejos la perfección literaria del cazador en su ámbito, aunque tampoco embarranca en el pastiche celiano con La catira. Los críticos más despiertos e independientes lo interpretan como un «derrape del carril»que Delibes debe abandonar a toda prisa. Y es lo que hace, tanto en sus novelas como en los libros de caza sucesivos.

Aquella España aterida y gris tenía un ministro de la censura que incluso echaba cuentas de sus beneficios para salvar almas españolas. Según Pemán, la censura moral la dirigía Carrero, la regentaba con decisión Aparicio y la suscribía ‘con paciente bobería’ Arias Salgado. En julio de 1951 se había creado el Ministerio de Información y Turismo, que recae en Gabriel Arias Salgado (1904-1962), procedente de la Vicesecretaría de Educación popular, donde había creado la Escuela Oficial de Periodismo. A su cobijo, Pérez Embid sería director general de Propaganda (1951-52) y director general de Información (1952-1957). Más tarde, una vez fallecido Arias Salgado de un infarto en el portal de su casa por el sofoco del Contubernio de Munich (1962), Pérez Embid prosiguió como director general de Bellas Artes entre 1968 y 1974. Su cooperante desde Exteriores, para el viaje americano de Delibes, García Llera cambió la dirección general de Relaciones Culturales, que ocupó entre 1952 y 1955, por las embajadas sucesivas en Tokio, en Ankara, en Buenos Aires y en el Chile del golpista Pinochet. Delibes dedica su viaje americano (Un novelista español descubre América, 1956) al periodista chileno Juan Emilio Pacull, al diplomático y gastrónomo José Luis Messía, y a los directores generales Pérez Embid y García de Llera, «que me tendieron la mano para dar el salto».

Muy aficionado al cine, Miguel Delibes intervino en la primavera de 1954 como figurante de comparsa en el carnaval de Mister Arkadin (1955), «por el módico estipendio de diez o quince pesetas y un bocadillo de jamón serrano de madrugada para reponer fuerzas», que Orson Welles rodó en el patio del colegio de San Gregorio. Aquel paso tumultuoso de Welles por Valladolid iba a dejar importantes secuelas cinematográficas en la ciudad, que alcanzan hasta nuestros días. Precisamente en 1956 se inaugura la Semana de Cine Religioso y de Valores Humanos, promovida por el delegado de Información y Turismo, Antolín de Santiago Juárez, con el propósito inicial de impulsar el atractivo turístico de la Semana Santa. Este perfil fílmico de la ciudad se va enriqueciendo poco a poco, hasta alcanzar la dimensión de la actual Seminci. En 1957, rueda en el Museo de Escultura Val del Omar (1904-1982) Fuego en Castilla, protagonizada por el bailarín Vicente Escudero (1888-1980), y enseguida se inician como prólogo de la Semana, las conversaciones nacionales de cine católico. En 1958, se proyecta Las noches de Cabiria (1957), del irreverente Federico Fellini, en 1962 tres películas de Bergman y en 1965 se estrena en España Los olvidados, de Buñuel. En 1968, la Semana ya alcanza el rango de Festival Internacional.
Cine y literatura van de la mano con los éxitos del escritor José Suárez Carreño (1915-2002), una de las referencias literarias que Delibes propaga en sus conferencias americanas. Pariente de su amigo Enrique Gavilán, ha traído a Medina de Rioseco el rodaje de Condenados (1953), la película dirigida por Mur Oti (finalista del Nadal 1948), que se basa en su obra teatral galardonada con el Lope de Vega 1950. Cursó Derecho en Valladolid y fue soldado de infantería en la guerra, antes de saltar a la vida literaria y a la conspiración política madrileña en 1940. En apenas diez años, Suárez Carreño consiguió los galardones literarios de más prestigio en aquel tiempo: el Adonais de poesía (1943), el Nadal de novela (1949) y el Lope de Vega de teatro. Juan Benet, en su testimonio generacional Otoño en Madrid, evoca la audacia temeraria de Suárez Carreño en las conspiraciones de posguerra, cuando desde la retaguardia urgió a Nora la escritura clandestina de Pueblo cautivo (1946).

Conforme avanzaban las votaciones del Nadal en el café Glaciar de Barcelona, durante la noche de Reyes de 1950, la expectativa del triunfo se ensombrecía con la certeza de que sus andanzas impunes por las fronteras de la clandestinidad iban a quedar al descubierto. Efectivamente, el acto de entrega del Premio Nadal a su novela Las últimas horas concluyó con su conducción esposado a dependencias policiales. Hasta entonces, se había librado de varias redadas por su cautela de no dormir dos noches seguidas en el mismo lecho, costumbre sostenida sobre una red de conquistas legendaria en aquel Madrid de estraperlo, gasógeno y boniatos.

Las últimas horas (1950) es una novela moderna y ambiciosa, técnicamente bien resuelta, aunque de escritura áspera y un tanto descuidada. Los personajes, dos parejas de ambientes sociales dispares que se cruzan camino de la tragedia, no logran despojarse de la careta que el autor les coloca para justificar su equipaje moralista. Pero semejantes excesos, en una u otra dirección, amojaman la mejor literatura del momento. El mismo año obtiene el premio Lope de Vega (que el anterior había descubierto al Buero Vallejo de Historia de una escalera), con su drama Condenados, que se estrena un par de años más tarde. Proceso personal (1955), su segunda novela, fue finalista del Premio de la Crítica que arrampló Cela con el pastiche de La Catira, y supone la despedida de Suárez Carreño de la literatura. Mejor escrita que la primera, de nuevo la trama novelesca se gripa en el sermonario de la moraleja. Siete años más tarde, Carreño aparece como integrante de la delegación española al congreso del Movimiento Europeo celebrado en Alemania los días 7 y 8 de julio de 1962. El famoso Contubernio de Munich que abatió a Arias Salgado y azuzó a Fraga. Había cruzado la frontera clandestinamente, por carecer de pasaporte, junto a Ridruejo y al editor Fernando Baeza. Mientras los demás vuelven para ser confinados, Carreño opta por quedarse en París hasta ver si escampa, en compañía de Ridruejo. La estancia parisina, becada por la organización que gestionan Madariaga y Julián Gorkin, se prolonga un par de años. Ya en Madrid, Suárez Carreño dejará a un lado la literatura poniendo su pluma al servicio del posibilismo.

 

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