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LOS PAPELES DE LA HISTORIA

Simancas, el archivo oculto

El centro documental vallisoletano resuena en el mundo. Los 40 millones de documentos que custodia el Archivo escriben la historia nacional e internacional desde el siglo XV hasta el XIX. Nació con Carlos V como archivo real, al servicio del imperio de la monarquía hispánica; después se abrió a investigadores y público. Sus fondos albergan testamentos y capitulaciones reales, tratados de paz, cartografía de ciudades e infraestructuras... Todo el engranaje de la administración en esos años

ALICIA CALVO
03/04/2017

 
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Sus voluntades no llegaron a cumplirse. Su testamento cambió el mundo y a partir de él se explican muchos de los sucesos ocurridos después. Han pasado ya cientos de años de su muerte sin descendencia (1700), pero cada papel que rubricó para organizar su legado el último Habsburgo español, Carlos II, permanece hoy escrupulosamente conservado en el Archivo de Simancas y puede consultarse.

Como éste, que derivó en el primer gran conflicto bélico europeo, en la Guerra de Sucesión, muchos otros testimonios escritos que marcaron la historia española fuera y dentro de sus fronteras –testamentos reales, capitulaciones, acuerdos internacionales...– reposan en la antigua fortaleza simanquina.

Sus grandes cifras dan cuenta de la magnitud y repercusión actual del centro documental que creó Carlos V para guardar los documentos de los organismos centrales de la monarquía hispánica, y que su hijo Felipe II potenció y amplió: hoy contiene alrededor de 40 millones de papeles, almacenados en 85.000 cajas y legajos, y repartidos por trece kilómetros y medio lineales.

Este archivo custodia documentos de los órganos de Gobierno y de la Administración central desde los Reyes Católicos hasta el siglo XIX. Los fondos se distribuyen por aquellos organismos que los han creado, «como espejo fiel de la Administración que los ha producido», y se clasifican en dos grandes bloques, los pertenecientes a la dinastía austríaca (s. XV-XVII) y los de la borbónica (s. XVIII).

El centro vallisoletano aúna las escrituras que estaban dispersas por toda la geografía castellana y cada documento real generado desde aquel 16 de septiembre de 1540 en el que Carlos V ordena guardar el primer paquete documental para preservar el pasado.

Aunque existen documentos importantes del siglo XV, lo que tiene carácter completo es del reinado de los Reyes Católicos. Ahí arranca una labor constante y exhaustiva archivística. «Felipe II considera un arma eficacísima de su imperio tener el control de parte de la información», indica la actual directora, Julia Rodríguez, para explicar por qué este monarca decide impulsarlo y darlo la dimensión que ahora presenta. Por esa forma de entender el Archivo de Simancas, en él pretende guardar: ‘Toda la documentación de mis reinos y vasallos’, dijo. Así lo hizo.

En la actualidad, cada año 600 investigadores revisan alguno de los fondos de este centro. La mayoría procede de distintos puntos del territorio nacional, pero muchos de estos expertos llegan desde el extranjero y tratan de indagar sobre algún capítulo de la historia de su país.
Para desentrañar episodios que forjan su pasado, acuden a este centro documental porque el mundo entero resuena en Simancas. Conserva material relativo «a casi todos los países», indica Rodríguez.

Los investigadores pueden recrear un periodo histórico completo porque, según explican desde el propio archivo, «los fondos documentales reflejan la organización administrativa de la época moderna y constituyen series completas».

Dentro de la información que contiene, abunda correspondencia, consultas que cada uno de los consejos en los que se dividía la administración efectuaba al rey sobre cómo responder ante un problema y la respuesta de éste; ordenanzas; instrucciones; planos; registros de trámites y visitas, que son inspecciones del buen funcionamiento de las distintas instituciones.

Esa información revela datos sobre la política económica, la hacienda, las relaciones con otros territorios, las estrategias de España ante diferentes conflictos...
«Lo que lo define es ser el archivo del imperio, de la monarquía hispánica», señala Rodríguez, que añade que en el reinado de Carlos V, y, sobre todo en el de Felipe II y III, «esta monarquía controla dos terceras partes del mundo (Italia, Las Indias, Flandes, Portugal...)».

Esa es la razón por la que el material que puede consultarse no se circunscribe sólo a España y tiene conexión con todas estas zonas. «Su importancia se comprende en su conjunto por su universalidad y su internacionalidad», apunta.
Aunque ahora el acceso es libre, no fue hasta mediados del siglo XIX cuando se abrió a la investigación histórica. De archivo administrativo, que servía a la Corte «y a los particulares que solicitaban copia de los documentos conservados», pasó a ser archivo histórico. Hasta 1844 sólo entraba en él quien dispusiera de una licencia expresa del rey.

Nombres relevantes de los episodios históricos más señalados de esas épocas, escritores, arquitectos, pintores, científicos... el listado de personas que sobresalieron en sus disciplinas y de las que hay rastro en estos fondos es inmensa.

Al margen del grueso de la documentación, el centro dispone de dos colecciones específicas. Una lleva el nombre de ‘Patronato real’ y alberga algunos de los documentos más emblemáticos.
Los testamentos de los monarcas son parte fundamental de este legado. Aparecen el de Isabel la Católica, el de Carlos I, el de Felipe I y el de Carlos II, entre otros.

Las capitulaciones matrimoniales, que marcaban las condiciones de uniones que suponían la suma de fuerzas, imperios y territorios, tienen otro apartado reservado.
Pueden consultarse, por ejemplo, las cláusulas rubricadas por Juana de Castilla con el que sería después Felipe El Hermoso; las suscritas por Juan de Aragón con Margarita de Austria o las de la Infanta Catalina de Aragón y el Príncipe de Gales, Enrique. Éstas últimas son vistosas por el escudo y las flores rojas que adornan el escrito.

También hay documentos sueltos, como la renuncia de Felipe V a la corona francesa.
Pero si algo marcó el devenir del mundo son los grandes acuerdos de paz y los tratados internacionales. Muchos de los más representativos duermen en Simancas.
Los dos tratados que sirvieron en 1648 para iniciar un nuevo orden en Europa central basado en la soberanía nacional, los de La Paz de Westfalia, resisten casi indemnes al paso del tiempo y están disponibles.

Otro papel que tiene un significado especial por su repercusión, que inició el periodo conocido como la pax hispánica, es el de la Paz de Londres, de 1604, fundamentalmente de contenido económico.
De este cariz, el último que lo integra es el testimonio de la rúbrica del Concordato de 1753. Pueden leerse sus 23 artículos, acordados entre el Papa Benedicto XIV y Fernando VI, y las firmas selladas en Roma del cardenal Valenti y Manuel Ventura Figueroa.

El documento que marca el inicio de la conversión de fortaleza a archivo, el primero, el fundacional, también se conserva en buen estado. Es una cédula de 1540 de Carlos V, ordenando desde Bruselas, en sólo diez líneas, el envío de documentación a Simancas.

Entre los legajos recopilados se encuentra, además, el más antiguo de todos, del siglo XII, que, sin embargo, resulta anecdótico y no posee un peso especial. Se trata de un privilegio de Alfonso VIII, de una donación a un particular de un lugar.
Pero además de escritos, cobija cartografía. De hecho, la segunda colección propia lleva por título ‘Mapas, planos y dibujos’.

La engrosan 8.500 muestras, repartidas entre objetos tridimensionales, mapas y dibujos, que acompañaban a la documentación gráfica manuscrita, expedientes y cartas de los que se han separado por razones de conservación. «España domina un espacio amplísimo y ese espacio hay de defenderlo, controlarlo, ocuparlo y utilizarlo», indica Julia Rodríguez, que incide en que en este bloque hay documentación muy útil «para el estudio y la evolución del territorio».

La forman, por ejemplo, planos de los lugares que recorrió Cervantes, como Argel, y otras figuras que estaban al servicio de la Corona. El más antiguo de todos data de 1503, representa a Aranda de Duero y describe cómo se configuraba una villa a principios del siglo XVI. También hay de lugares tan dispares como Flandes o Gijón.

La variedad y el alcance de los fondos documentales son tan amplios que el centro colabora actualmente con otras instituciones.
Aporta documentos relativos al norte de África, 250 planos de los siglos XVI al XVIII sobre la zona de Argel, para una muestra, en colaboración con los archivos de Italia y de Francia.

También trabaja con la embajada de Irán en España para una exposición sobre las relaciones entre Persia y España. «Las comunidades religiosas pedían amparo a la propia monarquía para no ser objeto de una masacre por otros enemigos» –aclara Rodríguez– y esas comunicaciones reflejan el momento político y económico del momento.

La misma causa genera parte de la documentación de otros lugares como Japón, una zona entonces «cristianizada». La documentación consiste en memoriales e instrucciones que hablan «de los intereses de Japón, de las órdenes religiosas y de la monarquía hispánica», precisa.
Respecto al edificio que cobija todos estos documentos, poco queda la fortaleza que fue.

Del castillo destinado a cárcel de presos políticos y a depósito de armas y bienes de la corona, apenas permanece el aspecto exterior, una puerta que estuvo recubierta por cuero y una torre.
Su organización actual diferencia dos zonas, la de trabajo interno y la orientada al público.

En el corazón del archivo conviven distintas actividades que definen sus distintas vocaciones actuales. Los depósitos –repartidos en varias plantas– responden a su fin innato de custodia de la memoria documental del país, pero el Archivo de Simancas ya no sólo se limita a guardar papeles.
Su estructura facilita que éstos documentos cobren sentido y los pone al alcance de quien tenga interés en ellos.

De ahí las dos salas para investigadores y las tres de exposiciones. Esa es la parte más pública, pero detrás de esas estancias hay otras que garantizan su pervivencia.
Los técnicos de restauración tratan de recuperar los que se encuentran en peor estado, cubren los huecos y los tratan con los materiales y técnicas de última generación para que soporten el paso del tiempo y no terminen dañados al ser consultados.

En el departamento de digitalización se encargan de una de las funciones principales: que los fondos lleguen a cualquier rincón del planeta a través de la red.
Esta labor la completan los técnicos que describen el contenido de los documentos y los clasifican según personas o materias. 

Un esfuerzo conjunto para que el Archivo Simancas continúe resonando en el mundo y cada vez disponga de menos rincones ocultos.

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