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EL SIGLO DE DELIBES

Rompeolas de la meseta

Aquel Valladolid de 1890, al que llega el abuelo francés de Miguel Delibes para establecer su negocio de carpintería mecánica en un lugar privilegiado del ensanche, se encuentra en plena expansión urbanística, dispuesto a archivar vestigios decimonónicos y poblar con arquitectura nueva y vistosa el erial de sus huertas monásticas desamortizadas. Mientras, se prepara para dar el salto y disfrutar con el esplendor de los nuevos tiempos, cuya llegada tendrá que esperar con paciencia la vera del Pisuerga hasta los felices veinte, una vez que su sociedad digiera el impacto de la gran guerra europea.

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
12/03/2018

 

UNA CIUDAD DE ACOGIDA
Pero en ese camino hacia el horizonte de la modernidad, Valladolid ha ido sembrando unos cuantos hitos significativos, que advierten a sus habitantes de que ya se encuentran en la senda de un tiempo nuevo. Para estrenar la última década del diecinueve, inaugura una nueva plaza de toros a las afueras de la puerta de Madrid, actual paseo de Zorrilla, que sustituye al viejo coso octogonal de Fabio Nelli, en servicio desde 1833. Para entonces, su alcalde Miguel Íscar (1828-1880) ya ha convertido la alameda pedregosa del viejo Campo de la Verdad, escenario de duelos, ejecuciones y revistas de tropas, en parque urbano de diseño parisino. Incluso ha conseguido (en su última visita a Madrid, de la que regresa en ataúd para ser enterrado), su cierre perimetral, al obtener que el gobierno que ceda al ayuntamiento la variante de la carretera Adanero-Gijón. En su trazado de jardín urbano, dividido por el Paseo del Príncipe, incorpora un lago para los paseos en barca, la montaña artificial de la que brota una cascada, que decoran las estalactitas traídas desde Atapuerca, los pabellones de recreo, el paseo de coches de los encuentros vallisoletanos, las fuentes y el templete para la música. Todavía no se ha construido el pabellón de madera del teatro Pradera (1904-1968), en la entrada desde la plaza de Zorrilla, ni la biblioteca, ni la faisanera, ni el palomar racionalista, que vendrán más tarde. Pero ya entonces alza su fachada ferroviaria la estación francesa del Campo Grande diseñada por el ingeniero Grasset y el arquitecto Armagnac, que muestra la figuración de la industria y la agricultura sobre su triple puerta monumental. No puede ofrecer mejor acogida al carpintero francés Frèdèric Delibes Roux, que cada día encuentra en el horizonte de su mirada esta postal ferroviaria en el camino diario desde su casa, en el número 12 del Paseo de Recoletos, al taller de la calle Ferrocarril. A su llegada a Valladolid, cuenta ya 54 años, pero no puede olvidar la familiaridad de su acogida tres décadas antes en Molledo, donde apuntaló túneles para el ferrocarril hospedado por el industrial harinero Juan Domingo Cortés, para quien hizo los primeros arreglos de carpintería en su viejo molino. El trazado ferroviario del Besaya parecía conducido por la calzada romana que unía Sasamón con el puerto de Suances. Su rumbo por aquellas pendientes había marcado la senda del Camino Real ilustrado, dejando en diversos lugares del trazado vestigios de cobijas y mojones, que a su paso por Molledo se realza con una hilera de hitos salvarruedas. Aquellos ilustrados del norte habían echado mano del flamenco Sebastián Rodolphe para escoger el paso del Camino Real desde la Meseta a la Montaña y sus marinas. Aquel trazado iba a servir primero para el transporte de lanas, después para el maderero destinado a la construcción naval radicada en Astillero, y por último para llevar las cargas de trigo desde la meseta cerealista a los molinos del Besaya hasta la irrupción del ferrocarril, cuyo tramo de Alar del Rey a Santander fue el tercero de los construidos en España, después de los ramales entre Barcelona y Mataró y de Madrid a Aranjuez. Pero su dificultad orográfica nada tenía que ver con los precedentes peninsulares. A su reclamo se produce una llegada masiva y tumultuosa de peones, para ir cumplimentando las instrucciones y diseños de los ingenieros y técnicos traídos desde Francia e Italia, con experiencia en las obras ferroviarias de la región alpina. En sus diversas fases, que se extienden entre 1859 y 1868, la peonada llega a alcanzar los treinta mil. Los más menesterosos, que son mayoría, se acomodan como posaderos en casa de peones autóctonos, que los albergan en sus casas con la familia, mientras los trabajadores y técnicos de más rango llegados de fuera recalan en las pensiones del valle o en el nuevo poblado de la Casa del Río, construido para ellos en Montabliz y cuyas ruinas todavía se observan al pie de las pilas del viaducto de la autovía. Un poblado repartido en casitas de dos plantas, pabellones de habitáculos corridos y simples chamizos. El escritor viajero Pedro Antonio de Alarcón cuenta a los lectores de El Museo universal la algarabía de aquella afluencia cosmopolita en una España nada acostumbrada en aquel tiempo a recibir gente de otras latitudes, recreando cómo «los vascongados de la colonia ferroviaria tocan la flauta toscamente labrada, haciendo rancho aparte». Ante las primeras dificultades técnicas de la obra, ya en 1862, la compañía recurre a la financiación del Crédito Castellano de Valladolid y con su avidez se pasa a trabajar a destajo. El ingeniero Campuzano reitera en sus informes la dificultad geológica del trazado, que convierte en muchos tramos los trabajos en una auténtica condena de Sísifo. Y no sólo porque la violenta torrentera del otoño derrumbe terraplenes y arrastre la caja de las vías, sino porque la tenaza geológica de la hoz alberga, entre tramos de arenisca fuerte, que dificultan su taladro, otras capas de arenisca descompuesta, que exigen la sujeción con bóvedas de revestimiento. Primero se hacen de ladrillo, pero a menudo se quiebran al descimbrar, dándose el caso de túneles como el de La Llosa, en Molledo, que amenaza con su hundimiento total. Debe tenerse en cuenta que la travesía ferroviaria de esta tercera línea española conllevó la necesidad de taladrar 28 túneles y tender 31 puentes, 25 pontones y 96 puentes-vía con alcantarillas de fábrica para desviar las aguas laterales. En su tránsito por el Besaya destaca el conjunto de Portolín, con un puente de traza oblicua y dos arcos ubicados al pie mismo del túnel que visitan en sus andanzas los niños protagonistas de la novela El Camino (1950), de Miguel Delibes.

Cuando en 1866 el tren une por fin las estaciones de Alar del Rey y Santander, los bosques campurrianos se encuentran ya devastados por la corta de robles para las doscientas mil traviesas tendidas a lo largo de sus 139 kilómetros. También el abuelo francés del escritor ha encontrado mejor banco para su oficio de carpintero en las harineras del valle, cansado de los ritmos acuciantes de los destajos ferroviarios. De hecho, a los cuatro años de su llegada, en 1864, contrae matrimonio con Saturnina Cortés Villegas, la hija menor de Juan Domingo, siete años más joven que él.

CARPINTERO DE MELODÍAS.

Cuando el abuelo francés de Miguel Delibes recala en Valladolid, ya con su familia de tres hijos, se hospeda en la casa construida en los ochenta por su cuñado Eloy Silió, que hace esquina en el Paseo de Recoletos con la calle de Colmenares. Otro de los pisos de la vivienda lo ocuparán su yerno Santiago Alba y su hija Enriqueta Delibes, así que todos viven en familia.

El empuje de aquel Valladolid como eje de desarrollo regional incorpora a su paisaje urbano testimonios de prosperidad que oscilan entre el alarde y la funcionalidad. El enclave ferroviario de la estación afrancesada y los talleres generales abrocha la ciudad por ese término, mientras los alrededores del Campo Grande convocan la arquitectura más llamativa en el paseo de Recoletos y en su respaldo monumental formado por el ángulo barroco de San Juan de Letrán y la horizontalidad neoclásica del convento de Agustinos Filipinos.

Pero el complejo ferroviario del Campo Grande –la ciudad cuenta con otros dos menores, de vía estrecha: San Bartolomé, al pie del puente Mayor, y La Esperanza, en la salida del tren triguero de Ariza– expande sus instalaciones hasta la frontera de las Delicias, para albergar los talleres y muelles de cercanías. Los accesos desde Madrid pasan bajo el Arco de ladrillo (1856), un alarde constructivo del ingeniero Venancio del Valle destinado a mostrar la resistencia más que secular de la cerámica local como cimbra para tender puentes. Y mirando hacia el arco de ladrillo, que da nombre a la calle, se alza el Parador de la Alegría (1880), del arquitecto Jerónimo Ortiz de Urbina, que une servicios de hospedaje y almacenamiento. Este arquitecto, con su hijo Antonio, trazará un par de años después el Colegio San José, que muestra su fachada ecléctica en la plaza de Santa Cruz, y en 1886, el muy singular Pasaje de Gutiérrez, también de cuño francés.

Si los primeros trabajos del taller de carpintería de Federico Delibes, abuelo del novelista, se dedican a las fábricas harineras, en cuyo funcionamiento venía especializado con sus arreglos en la familiar de Molledo de Portolín, enseguida la pujanza constructiva de Valladolid iba a requerir la destreza de sus soluciones con la madera.

Para este cambio de orientación fue decisiva su intervención durante el verano de 1893 en la construcción del tablado móvil del teatro Calderón, que después de ser inaugurado en 1864 formó en 1876 una comisión encargada de modernizar su escenario con los últimos adelantos, que también abordó en la primavera de 1893 la conveniencia de dotar al teatro de un tablero móvil, que mediante un complejo sistema de poleas elevara el tablado del patio de butacas hasta el nivel de los palcos, para unirlo al escenario creando un espacio holgado para los bailes de sociedad. Aquel alarde técnico pronto pasó a ser el más apreciado por la clientela del teatro, porque permitía un uso insospechado del espacio dedicado a las butacas para los bailes de gala. Don Federico hizo buen aprovechamiento publicitario del éxito de su solución y enseguida empezó a ser reclamado para la carpintería de los edificios más nobles que se estaban construyendo en la ciudad: escaleras cortadas a la hebra, puertas preparadas para colocar, armaduras, ensamblaje y entarimados, además de molduras para las llaves de luz y timbres eléctricos. Con el arquitecto Jerónimo Arroyo, socio de su yerno Santiago Alba, va a trabajar en el edificio de la Electra, en la Casa del Príncipe de Recoletos y en el palacio de Comunicaciones de la Rinconada, desde donde lo reclaman otros arquitectos para intervenir en los remates del nuevo ayuntamiento y en el Círculo de Recreo.

La canalización de los ramales del Esgueva que discurrían por las calles de Doctrinos y del Rastro había sido ejecutada durante el gobierno municipal de Miguel Íscar, dejando su calle (antes llamada del Rastro), junto a las de Gamazo, Duque de la Victoria, Santiago y Recoletos, como pasarela de la mejor arquitectura del cambio de siglo. Una arquitectura residencial que decora sus plazas y espacios abiertos con monumentos dedicados a Cervantes (1887), al poeta Zorrilla (1899), al fundador conde Ansúrez (1903) y a Cristóbal Colón (1905), por su descubrimiento de América. Este último, situado en Recoletos para dar la bienvenida a los viajeros del tren, recaló en Valladolid desde el puerto de Vigo, donde iba a embarcar para La Habana. La independencia cubana dejó en España tanto la tumba de Colón, instalada en la catedral de Sevilla, como el monumento premiado de Susillo al descubrimiento, situado después de no poca polémica al final de los paseos del Campo Grande.

 

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