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RESPIRO Y DISTRACCIÓN EN EL HOSPITAL

Un rincón para olvidar la enfermedad

Al final del pasillo se encuentra la sala en la que las preocupaciones se dejan fuera. Voluntarios de Cruz Roja alejan la tristeza y el estrés de los menores ingresados en el Clínico y el Río Hortega para que se diviertan y se olviden del hospital y para que sus padres respiren. Su programa de atención a la infancia hospitalizada cumple 25 años en Valladolid

ALICIA CALVO / VALLADOLID
29/05/2017

 

Es ‘la sala’ de la octava, la del olvido, donde nace la especialidad en ‘sonrisología’. Un oasis de despreocupación en mitad del hospital.

A la pequeña Blanca las noches ingresada le parecen eternas, acumula horas y horas de molestias, y a su madre también le resultan agotadoras.

La pequeña tiene ocho años, hace cuatro días le operaron «de la tripa» y ve el centro hospitalario como «un lugar muy aburrido». Ya no tanto. Descubrir lo que se esconde al fondo del pasillo de la octava planta le alegra la tarde, el día y la estancia. Aella y a su familia.

Su gesto cambia según se aproxima a la sala. Poco a poco, salta a la vista que sus pensamientos ya no los ocupa sólo el dolor o el hastío por permanecer tan lejos de casa. Reside en Segovia y pocos miembros de la familia pueden visitarla en el Hospital Clínico de Valladolid.

De repente, en ese rincón de Pediatría sólo cuentan las figuras de cartulina, las manualidades, el teatro de sombras y el resto de actividades que dos voluntarios de Cruz Roja, Noemí y Carlos, le plantean dentro de su programa de Atención a la Infancia Hospitalizada, que en el último año asistió a 480 menores en Valladolid y a casi 2.500 en toda la Comunidad.

Llenan dos horas de magia, entretenimiento y creatividad para alejar a los más pequeños de la rutina del ingreso hospitalario.

El servicio lo presta Cruz Roja Juventud en el Río Hortega y el Clínico de Valladolid, donde cumple 25 años de acompañamiento a niños y jóvenes, pero también en los centros de otras cuatro provincias: Salamanca, Zamora, Palencia y Ávila.

Esta tarde, Blanca es la única menor que accede a esta animación desde el principio. El resto no se encuentra bien para asistir, pero eso a ella no le cohibe porque la sorpresa de contar con actividades pensadas para ella le resulta suficiente. Más tarde aparece otra niña.

Esta iniciativa no sólo está pensada en el bienestar de los más pequeños, aunque son lo principal, también busca beneficiar a la familia. «Es un espacio de respiro necesario para los padres y allegados y, a veces, el único que tienen el todo el día», apunta Carlos Cortés, director de Cruz Roja Juventud.

Noemí es la coordinadora de la entidad de este programa en el Clínico y les comenta a los acompañantes de los pacientes que durante dos horas pueden abandonar el hospital con tranquilidad, que en ese paréntesis ellos se encargan de su cuidado y, si necesitan cualquier cosa, los profesionales de enfermería están pendientes. «Pueden aprovechar para tomar un café, para hacer cualquier recado o para oxigenar la mente, todo cuenta», indica esta voluntaria, consciente de que el ingreso hospitalario causa estrés en cualquiera, «y en los niños y sus padres, más».

La madre de Blanca constata que alcanzan su objetivo. «Ya no sabía qué hacer para entretenerla y me agobiaba», comenta, y aprecia que haya quien se desviva por sacar una sonrisa a su pequeña en esos momentos delicados. Y le arranca más de una.

Esta mujer, que en la última semana se ha instalado en el sillón de la incómoda habitación de tres camas asignada a su hija, explica que Blanca «lleva mal estar aquí porque los niños tienen menos recursos para combatir el malestar y echa mucho de menos a la familia y a sus amigas». Los dolores no lo facilitan y los calmantes sólo apaciguan a ratos.

Ella indica que el respiro no sólo lo percibe por el tiempo libre ganado, sino «a un nivel más emocional». Ese descanso mental se explica porque tanto tiempo con ella, mañana, tarde y noche –salvo algunos momentos en los que da el testigo a su marido– suponen un desafío continuo.

«Parece que tienes la obligación de tenerla entretenida constantemente y ya no sabes cómo. La tele, pintar, aunque no tenía ni ganas...», apunta, y subraya el acierto de que «alguien vaya a distraerla mejor».

En ese instante entra el padre de la menor. Se sorprende de ver a Blanca recortando con la mano que la vía del suero y los medicamentos le deja libre, y también lo aplaude. «El tiempo aquí es mucho más largo que fuera y es importante que los niños sigan siendo niños porque si no, serían unos pacientes más».

Al poco, ambos regresan con unos snack del kiosco.

También descansa la madre de Lucía, la otra niña que asiste a esta sala de la octava. «Para nosotros es fabuloso porque al verla bien, te sientes bien. Es una labor muy bonita», indica.

Desde la propia organización explican que estas actividades de animación grupales «transforman los espacios comunes del hospital en una zona lúdica en la que compartir con otros niños momentos de diversión y ocio». Pero no sólo eso, exponen que los acompañamientos en la habitación permiten, además, «convertir las camas del hospital en tableros de juegos, cuentacuentos y disfraces».

Hoy la sala de estar va perdiendo luz. En el exterior el sol ilumina la fachada, pero Noemí y Carlos bajan la persiana para poner en escena el motivo temático de la actividad. Una vez al mes, las propuestas se centran en algo que tenga que ver con la actualidad.

Esta semana es el turno del teatro, en honor al TAC (teatro de calle) que convierte estos días Valladolid en un escenario al aire libre.

Con la estancia casi a oscuras, encienden las linternas de los móviles y comienzan a hacer formas de animales con las manos detrás de un escenario de papel improvisado. Pronto, Blanca se entusiasma y pasa de ser espectadora a actriz en ese teatro de sombras chinas que da por comenzada la tarde.

El perro –que se parece más a Mickey Mouse que a un can–, el conejo y la paloma que ponen en movimiento los voluntarios son sólo el principio. La niña se levanta y, con una sola mano, trata de enseñarlos a emular a un grillo. Lo consigue sólo a medias. Pero las risas son compartidas.

Les interrumpe una enfermera para controlar la medicación. La conexión con el personal sanitario resulta «fundamental», destacan desde Cruz Roja.

Nada más llegar, cada tarde –acuden todas, salvo martes y jueves– se detienen en el control de enfermería. Allí les avanzan qué niños y qué habitaciones son susceptibles de acudir a este espacio de respiro. Concha Ortega, supervisora de la UCI pediátrica, alaba el beneficio del programa en los pequeños y señala que a estos pacientes «les gusta las actividades y las disfrutan».

 También lo disfrutan los voluntarios. Carlos tiene 16 años y explica que participa porque en su familia existe tradición de contribuir desinteresadamente en distintas organizaciones. Reconoce que comenzó sin tener demasiado claro el efecto que generaría en los menores, pero la reacción de éstos le sacó de dudas. «No me daba cuenta de lo importante que es lo que hacemos por ellos hasta que les ves agradecidos y contentos».

Las actividades que plantean son muy variadas y cada día «improvisan» según la edad y el perfil de su público. Desde manualidades –con una esponja convertida en Bob Esponja como estrella– a collares, pulseras, cuentos, globoflexia –en la que a veces se sirven de los guantes hospitalarios–, la confección de atrapasueños, muñecos o dibujos.

Una de las responsables de Cruz Roja, Sandra, supervisa el proyecto e indica que en esa sala de sillas rojas con cuadros de Disney y dibujos infantiles tratan de crear un espacio de normalidad, algo alejado del trajín cotidiano del centro hospitalario, y defiende el valor de su trabajo porque «muchos niños necesitan olvidarse, aunque sea sólo un poco, de dónde están y de todo lo que pasa a su alrededor».

Que se evadan no es el único fin que persiguen y que logran. También trabajan para que «no se sientan solos». «En la habitación es más complicado que se relacionen o están solos o con chicos de distintas edades. Aquí es más sencillo porque muchas tardes se juntan algunos grupos».

Acaba la sesión y Blanca no quiere volver a la habitación. «Aquí me lo paso mejor. No es tan aburrido como el resto del hospital», comenta después de haber diseñado varias figuras en cartulina y haberlas puesto en movimiento en el teatro creado especialmente para ella.

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