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UN HOGAR PARA EMPEZAR

Un refugio para iniciar «otra vida»

Olexander tenía miedo porque no conocía el idioma, no disponía de recursos económicos, ni de información / Él y su mujer son refugiados procedentes de Ucrania/ Accedieron al llegar a Valladolid a uno de los pisos de acogida que ofrece Procomar, en colaboración con el Ministerio, para sus primeros seis meses aquí / «Una vivienda digna es la piedra angular para recuperar lo demás»

ALICIA CALVO / VALLADOLID
02/01/2018

 

«No dinero, no piso, no conocimiento de cómo vivir, no idioma, no conocíamos a ninguna persona... Nada. Cero. Y un año después, tenemos piso donde vivir, trabajo, amigos. Una vida normalizada».
Olexander sólo echa de menos de su tierra «a la gente», los demás recuerdos sobre Ucrania prefiere no expresarlos.

Asegura que hace ocho meses, cuando él y su mujer llegaron a Valladolid huyendo de «guerra, problemas políticos y de economía», tenían «miedo» porque se sentían solos y perdidos.
Pronto esa sensación se desvaneció. «El primer mes fue muy duro, después las cosas salieron». En un castellano bastante fluido para llevar menos de un año practicándolo, Olexander manifiesta que contar con una vivienda refugio amortiguó su aterrizaje y calmó su estrés.

Ese alojamiento es un recurso que brinda la Asociación Procomar Acoge a solicitantes de protección internacional –refugiados– y son de rivados a estas casas por el Ministerio de Empleo.
Contar con ese «espacio seguro» donde residir y con sus necesidades básicas cubiertas por la entidad, le permitió, así lo cuenta, «centrarse» en lo demás: en instalarse, en salir adelante, en aprender el idioma para poder encontrar trabajo y en hallarlo. «Calma saber que tienes una red detrás», indica.

Su tiempo en este piso de acogida estaba acotado desde el principio porque lo marca la propia organización y el Gobierno central.

Residieron en él seis meses, mientras tomaron contacto con el entorno y eran objeto de un seguimiento y orientación semanal. Unos meses en los que los trabajadores de esta ONG contribuyeron a rebajar su nivel de ansiedad y de preocupaciones y a mejorar su calidad de vida.

La técnica responsable del programa, Rebeca Lorenzo, explica que «lo primero es trabajar en la reparación de la persona, que se recupere de todo lo que ha sufrido», por el bagaje anterior, por lo que le llevó a buscar una vida diferente.

Para que suceda, reducen al máximo el número de frentes que atender. Por esto, Lorenzo hace hincapié en que proporcionarles una primera vivienda supone una cuestión básica para cubrir los aspectos psicosociales más fundamentales. «Lo han abandonado todo por circunstancias ajenas a su voluntad, llegan a un país en el que todo es nuevo y desconocido y tienen que empezar a construir. Tener una casa en la que permanecer cada día es importantísimo», destaca.

También Ivanna Makararchuk, técnica del mismo servicio y traductora, resalta que se trata de un elemento crucial porque les ofrece «la oportunidad de comenzar y reciben un impulso para que consigan una integración real».

Olexander ratifica con su mirada y con su experiencia todo lo que enuncian las trabajadoras de Procomar.

Este proyecto de integración y atención a personas refugiadas está muy protocolarizado por el Gobierno y no sólo se limita a los seis primeros meses en los que disponen de uno de los dos alojamientos dedicados a este fin por la asociación, se extiende durante año y medio.

Asegura Rebeca Lorenzo que desde el principio buscan que se sientan en su casa. «Hacemos un seguimiento, pero siendo muy respetuosos. Llamamos y tratamos de que sea lo más parecido a un hogar, que tengan ese sentimiento de pertenencia y desarrollen su vida familiar», apunta.

La primera fase, denominada de acogida, complementa el sustento con intervenciones en otras áreas, como la formación en la cultura local para favorecer su adaptación.

Uno de los cambios más significativos que aprecian atañe a los horarios. «En su país, a las seis ya no hay actividad y aquí todavía queda mucha. También hay expresiones distintas y las entrevistas de trabajo, por ejemplo, son diferentes. Aquí el currículum no pasa de un folio y hay lugares en los que presentan cinco», precisa Rebeca.

Vencer la barrera lingüística ha sido lo más dificultoso para Olexander y su mujer. Ambos recibieron atención psicológica y clases de castellano que mantienen, aunque cada vez requieren de menos apoyo de traductor para comunicarse.

En un segundo periodo en el que se encuentran, ya centrado en la integración, tuvieron ayuda para encontrar un alquiler e ‘independizarse’. Reciben aporte económico si lo requieren, pero se desenvuelven «de manera más autónoma».

Este hombre, que era empresario en Ucrania, consiguió un empleo en una cadena de producción de una fábrica que prefiere no desvelar para preservar su intimidad. «Poco a poco vamos mejorando y estamos mejor que cuando tuvimos que irnos porque todo era muy complicado», expone, y asegura que ante la falta de los suyos en esta organización ha encontrado lo más parecido «a una familia, que te apoya y hace las cosas más fáciles».

Está a las puertas de la tercera y última fase de esta red de acogida. Cuando entre en ella percibirá apoyos puntuales en los ámbitos que necesite; desde asistencia jurídica a un plus para la manutención que complemente su sueldo si así lo requiere.

En ese periodo adquirirá mayor autonomía y, aunque es consciente de que todavía está en el comienzo de una etapa personal distinta, Olexander ya se da por satisfecho. «En el futuro quiero seguir viviendo en España. No quiero volver a Ucrania porque aquí empecé a vivir como una persona que puede hacer más cosas. Hay oportunidades para nosotros», defiende.

Atrás deja episodios dolorosos en su país difíciles de relatar y se aleja de los inicios en Valladolid «sin información» hasta que se encontró con Rebeca e Ivanna. «Todo es más fácil por ellas».
Este programa de integración social de personas refugiadas cuenta con financiación del Ministerio de Empleo y Seguridad Social.

Arrancó hace año y tres meses e incluye dos viviendas habilitadas de cinco y tres plazas. Una de ellas fue cedida por el Ayuntamiento de la ciudad.

Durante unos meses, esta pareja ucraniana compartió el piso con un matrimonio y un hijo, pero no es habitual. «Normalmente el Ministerio designa a familias de cinco o tres plazas según la casa que esté libre y la ocupan al completo», aclara Rebeca.

Como el tiempo estipulado para vivir en los pisos de acogida son seis meses, la ocupación rota y por ellas han pasado ya 18 solicitantes de protección internacional, trece procedentes de Ucrania y la última familia, de cinco miembros, de El Salvador. Entre ellos, seis menores.

Actualmente se encuentran en distinto momento. Ocho usuarios comienzan en la etapa inicial de acogida temporal; cinco, en la final; Olexander y su mujer, en la intermedia, y tres personas terminaron antes de lo previsto porque madre e hijo obtuvieron un puesto de trabajo en otra provincia que les permite no depender de esta asociación.

Las actuaciones emprendidas en cada caso dependen de las características de cada usuario. Lo primero es diagnosticar «qué necesita cada familia, qué habilidades tiene y durante los 18 meses estar 100% con cada persona», indica Rebeca.

Desde Procomar inciden en lo individualizado del programa y un ejemplo de esto es que, cuando se trata de menores, los profesionales de la asociación se entrevistan con el personal docente de los centros escolares y acompañan a los usuarios en trámites como la escolarización, el empadronamiento y la obtención de la tarjeta sanitaria.

Pese a que este recurso no tiene un largo recorrido aún y va mucho más allá del «decisivo» apoyo inmobiliario, Rebeca e Ivanna sienten que funciona porque aprecian los efectos en los receptores. «Avanzan mucho. Vemos cómo crean redes sociales, conocen la ciudad, sienten también una especie de alivio después de lo pasado y van encontrando su hueco».

Olexander asegura que ya lo ha hallado y está agradecido. «No me arrepiento de venir y el frío no es problema», expone riendo, mientras enseña una imagen de su teléfono en la que aparece un coche cubierto por varias capas de nieve como rara vez conoció Valladolid. La foto fue tomada ayer.
Mantiene contacto permanente con sus padres y su hermano, a los que añora, y aun así se muestra tajante al hablar de Ucrania. «Es como una vida anterior. Empiezo otra vida aquí», comenta.

TECHO DIGNO Y PROPIO

Esta no es la única línea de vivienda que mantiene activa Procomar, consciente de que disfrutar de un techo «digno» –y en cierta medida propio– donde sentirte en casa es la base para que todo lo demás funcione y «la piedra angular para el desarrollo de otras necesidades, como la protección, la identidad y la participación en la comunidad».

Junto con esta red de pisos de acogida para personas en situación de protección internacional ofrece un servicio de mediación para hallar una vivienda, que como todos los demás incluye un seguimiento.
En él ejercen de mediadores a través de una bolsa de viviendas y gestionan ayudas.

Una labor «nada sencilla» porque la técnico señala que percibe «sensibilización» en la sociedad, pero sobre todo relativa a las personas refugiadas e incide en que «todavía falta mucho» para eliminar prejuicios sobre los inmigrantes en general.

Los esfuerzos en dar con alquileres asequibles lo demuestran. «Hay quien tiene reticencias para alquilarles el piso, quizá también por temor a la falta de recursos. Entonces tenemos que explicarles la situación y que respondemos por ellos. Todavía queda mucho trabajo por hacer en este ámbito», lamenta.

El tercer eje centrado en la vivienda consiste en proporcionar alojamiento temporal a personas inmigrantes en situación de vulnerabilidad.

Hace seis meses, Fátima, natural de Marruecos, y residente en Valladolid desde principios de año, se quedó sin empleo y sin recursos. Acudió a Procomar, explicó su situación y comenzó a disfrutar de este recurso.

Ahora reside junto a su hija en una casa de la asociación y ha encontrado un puesto de trabajo en una factoría.

El tiempo habitual de permanencia en ese lugar son cuatro meses, pero se prorroga si resulta necesario, como sucede con Fátima, que asegura que contar con este refugio le da «tranquilidad». «Me echan una mano también con los alimentos y mi hija y yo estamos mejor», manifiesta. «Se nos ha abierto una puerta».

Tanto Olexander como Fátima –ninguno se llama así, son los nombres escogidos para pasar desapercibidos– se encuentran en circunstancias más favorables conforme avanzan los meses, y Rebeca corrobora esta evolución positiva: «Vemos cómo poco a poco requieren menos de nuestros servicios. Es como un ovillo que es extiende mientras ganan en seguridad y viven cada vez en mejores circunstancias».

 

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