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ADOPCIONES

Un puzzle sin todas las piezas

Algunos padres saben de antemano que el niño que adoptará presenta necesidades especiales. Más del 60% de las 65 adopciones del último año. Pero la realidad es que todos las tienen. Su pasado y sus carencias pesan y pueden manifestarse como dificultades físicas o afectivas. Cuentan quienes adoptan que deben asumir el papel de sanadores y reivindican comprensión de las administraciones e implicación en el aula

ALICIA CALVO
15/05/2017

 

El niño se agazapó tras las faldas de la monja. Escondido, observaba a aquella extraña mujer morena que acababa de conocer. Sólo contaba 28 meses, no veía bien, los nervios acentuaban su severa discapacidad visual, pero cuando una de las cuidadoras de aquel hogar le preguntó quién era la visita, respondió con seguridad.

– Mamá.

Antes de ese primer encuentro, hubo dudas, vértigo, entrevistas, burocracia, mucha burocracia, dos años de espera y decisiones «difíciles». Ese fin de semana de noviembre era puente y Nuria disponía de tres días para hojear el expediente médico del niño y responder si quería adoptar a aquel menor con «necesidades especiales» ya detectadas.

Cuando aceptó porque se vio «capaz», no sabía que las necesidades que iban a requerir su atención especial iban más allá de la salud física.

La cardiopatía congénita, la ceguera de un ojo y la reducida visión del otro son, según relata ahora, lo que menos quebraderos de cabeza le ha generado. Es lo otro, lo emocional, lo afectivo, el verdadero rompecabezas en el que concentra sus esfuerzos y le provoca desvelos. Tanto por su hijo mayor, de ocho años, como por el pequeño.

Los hijos de Nuria Moreno son hermanos biológicos y nacieron en España. El mayor sufrió malos tratos en el ámbito familiar antes de recalar primero en un centro y, después, en el que hoy es su hogar. El más pequeño llegó a casa con cinco meses y medio. De eso hace ya tres años.

En el informe de uno figura de antemano como ‘enfermo’ y en el de otro, el segundo, como ‘sano’. Sin embargo, la percepción que Nuria tiene de estos términos no es exactamente así.

El menor de los dos [«el que se supone que de salud no tiene problemas y estaría sano 100%», apunta Nuria] tiene cuatro años y aún no habla. Este retraso en el lenguaje es una de esas cuestiones inesperadas y uno de los efectos del peso de su corto y delicado pasado.

Pese a las continuas revisiones al cardiólogo con el mayor, incluso alguna operación por la vista, lo «más difícil» para Nuria reside en «el comportamiento y en la relación con sus iguales».

En el puzzle vital de ambos, por el hecho de ser adoptados, faltan piezas y otras están descolocadas. «Es frecuente que tengan un trastorno del vínculo afectivo. Sus vivencias previas, por muy pequeños que fueran, están ahí y cuentan para siempre», indica esta madre vallisoletana sobre una realidad que conocen casi la totalidad de los padres adoptivos, al margen de que su expediente los clasifique como de riesgo o con características especiales, o no. «Si en su infancia no cubren sus necesidades básicas, como atender al llanto, nutricionales... se provoca un daño que permanece», señala.

De ahí que quienes tratan con estos casos hablen de «familias reparadoras».

El psicólogo Gabriel Labajo, colaborador de la Asociación Regional de Familias Adoptantes de Castilla y León (Arfacyl), explica que «muchos niños que pasan por un proceso de adopción presentan trastornos graves de apego; otros lo desarrollan, pero con inseguridad, y eso se manifiesta desde la infancia». Labajo aclara que aunque «se puede pensar que a un bebé abandonado es como si no le hubiera ocurrido nada, el tiempo que no ha sido estimulado correctamente y que no recibe afectos influye directamente en su desarrollo».

De hecho, una de las «falsas creencias» más extendidas que se encuentra en su consulta es que «los bebés adoptados son sanos» y no van a tener necesidades de ningún tipo. «Primer error», puntualiza. «Piensan que cuanto más jovencito, menores serán las dificultades, y no siempre es así. Dependerá de los referentes que haya tenido y de las experiencias previas».

Su compañera en la asociación, la pedagoga Natividad Bueno, que también es madre adoptiva de dos niños, señala que la realidad se impone y que cada vez un mayor porcentaje de padres asumen que sus hijos adoptivos presenten características especiales. Entendidas éstas como enfermedades crónicas o discapacidades.

Supusieron más del 60% de las 65 adopciones del año pasado en Castilla y León (12 en Valladolid).
Bueno cree que estas familias que lo aceptan de antemano, en ocasiones, «tienen más estrategias para afrontarlo y los resultados son mejores que cuando sobrevienen».

La pedagoga apunta que la clave para que la idoneidad sea algo más que una calificación en un papel consiste en reflexionar «si se está capacitado» para esa circunstancia concreta y entender la adopción «como una medida de protección al menor». «Claro que te convierte en madre, pero hay que verlo pensando en ellos», incide.

Nuria reconoce que optó por la adopción nacional aceptando «casi cualquier característica especial» porque se vio con pocas posibilidades fuera. Lo intentó primero en China, pero endureció sus criterios. «Al ser monoparental lo tenía más difícil».

Cambió entonces su pensamiento hacia otras opciones con estos condicionantes. «Yo sólo quería ser madre. Claro que da respeto, pero también un hijo biológico puede estar enfermo. Impone, pero no me parece tan grave», indica, y aclara que lo que más temía, la cardiopatía, ya no ocupa su mente del mismo modo. «En el mundo de la adopción nunca sabes qué va a llegar y hay que estar preparado. Pero una vez conoces a tu niño, lo médico pasa a un segundo plano».

Precisamente en la formación y preparación Nuria considera que la Administración autonómica debería hacer más hincapié. «No nos preparan para lo que nos espera y es muy fuerte. Por eso creo que fracasan algunas adopciones. Piensas que te llega un chiquitito y ya está. Pero no. Llevan un componente añadido y hay que saber entenderlo porque tienes que ayudarle».

Lo afirma una madre que, como muchas otras en similar situación, se ha formado e informado exhaustivamente. «Al principio no le comprendes. No entendía esos arrebatos de angustia». Ya sí.
Pero si en algún ámbito echan en falta estas familias una implicación mayor y un conocimiento más exacto es en el aula. «Si un padre adoptivo tarda en saber qué les ocurre, los profesores están a años luz. Es una batalla diaria; suerte. Dependes de que el profesor entienda y empatice», comenta Nuria, que demanda «mucha más formación» para el personal educativo.

La escuela supone un gran reto porque aseguran que los escollos son «muchos». Uno de los que relata la asociación trata del punto de partida. Su presidente, Javier Álvarez indica que «para tomar conciencia de todos los problemas que pueden presentársele a un niño adoptado hay que tener claro que la adopción es únicamente el inicio de la sanación del menor, que curar todo el daño sufrido requiere tiempo y trabajo».

Esto sirve para el colegio y para casi cualquier entorno. El psicólogo Gabriel Labajo atiende a muchos padres con esa fallida convicción: «Hay quien piensa que llegan y ya está, que se empieza de nuevo. Y no. La historia del niño comienza antes. ¡No nace en Barajas!».

Por eso destaca la importancia de la naturalidad y de saber integrar a la familia biológica en la explicación vital del pequeño. «De un modo u otro siempre estará presente. Forma parte de su historia y de su vida».

De vuelta a clase, uno de los principales handicap que juega en contra de estos niños es la obligación de escolarizarlos en el curso equivalente a la edad que se supone –no siempre se sabe con certeza– que tiene.

Todo se complica aún más cuando proceden de otro país. «Al aprendizaje de conceptos del resto de alumnos, ellos suman tener que aprender e interiorizar el idioma», indica el presidente de Arfacyl.
No sólo eso. Álvarez precisa que «supone una ruptura traumática para un niño salir de su entorno, que sea bueno o malo, es lo que conoce». A esto añade, además de arrastrar carencias de déficit de estimulación y dificultades para establecer relaciones, la xenofobia que aseguran que sufren y «la dificultad de adoptar a su nueva familia», sobre todo, tratándose de un menor que por lo vivido tiende a «desconfiar del adulto».

El portavoz de estas familias defiende que el profesorado debería tener en cuenta estos aspectos y «priorizarlos» frente a otros criterios, como el año académico, y ponerse en su lugar.

La exigencia de especialización se extiende hasta el personal médico porque muchos padres creen que a menudo los motivos de la conducta de sus hijos son confundidos. «Uno de los grandes sobrediagnósticos es el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), cuando el problema es otro. Es todo el bagaje que llevan», indica Natividad Bueno, que se refiere a síntomas frecuentes como «la distracción, la falta de interés, de concentración, que sean muy movidos...».
Comportamientos que, en realidad, son sólo una pieza más que explican su puzzle.

Pese a las diferencias y a los esfuerzos, al final, después de ir descubriendo «poco a poco» las necesidades que demandan sus pequeños, Nuria, como tantos otros, desde aquella primera noche en la que arropó al mayor «muerta de miedo», persigue que las piezas encajen y contribuir «a que se hagan dos buenos hombres, capaces de resolver su vida». «Como madre sólo me preocupa eso. Que los dos lleven la vida más plena posible».

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