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CADENA DE SONRISAS

Tú practicas y yo apruebo

Intercambio de favores. Estudiantes de primero de Magisterio proporcionan refuerzo escolar a niños rezagados en los estudios. Imparten las clases en aulas de la facultad para que se familiaricen con el entorno universitario y descubran lo que hay más allá de los muros del colegio. Combaten el fracaso escolar a la vez que ensayan como docentes, dos años antes de que la universidad ofrezca prácticas. Es el proyecto ‘Una mente maravillosa’ de la asociación vallisoletana Cadena de Sonrisas

ALICIA CALVO
29/05/2017

 

Nada mejor que ver el futuro con sus propios ojos», sostiene la Asociación Cadena de Sonrisas.

En un aula de la segunda planta de la facultad de Educación y Trabajo Social de Valladolid los alumnos desentonan. Sus risas suenan diferente; sus mochilas les delatan. Se mezclan por las escaleras con los universitarios y miran hacia todos los lados. «¡Qué grande es! ¡Aquí nos parecemos a los mayores!», exclaman varios de los niños que cada semana acuden a tan inusual escenario para recibir clases de apoyo escolar.

Los profesores no tienen título. No todavía. Son, en realidad, los docentes del futuro. Toman contacto con escolares de Primaria, dos años antes de las prácticas que oferta su titulación, en una especie de intercambio de favores. Los pequeños aprenden y los estudiantes de Magisterio, que son voluntarios, también.

La asociación vallisoletana Cadena de sonrisas impulsa un proyecto llamado ‘Una mente maravillosa’ que pretende mejorar el nivel académico de los menores, pero no sólo eso, también trata de que su contacto con la universidad y con quienes se convertirán en maestros los atrape lo suficiente para que no cuelguen los libros a lo largo de su trayectoria académica.

La singularidad del proyecto reside principalmente en ese aspecto, en que sus profesores están en proceso de serlo y en que las sesiones tienen lugar en la facultad, para que se familiaricen y descubran de primera mano qué puede haber después del instituto, «para que vean que los docentes no surgen de la nada, sino que hay gente formándose para enseñarlos, y para que el día de mañana sepan que si ponen interés pueden elegir ser lo que quieran», defiende Jonathan Racionero, uno de los fundadores de esta asociación, que cumple cuatro años de andadura.
Racionero subraya «el plus de motivación» que persiguen y cómo buscan «aumentar su deseo de finalizar las clases e inclinar la balanza a favor de continuar sus estudios».

Asegura, también, que este modo de combatir «el fracaso y el absentismo escolar», esta manera de ver más allá de los muros del colegio, los distingue de cualquier otro proyecto de apoyo a escolares con dificultades. «Supone una gran diferencia. Los niños conocen a personas que han pasado por donde ellos están y que se dedicarán a enseñar. Ven cómo es una facultad y así contribuimos a crear una perspectiva, a que tengan curiosidad y se lo planteen como una opción porque un día de visita aislado no surte efecto», remarca.

El reloj marca quince minutos para las cinco. Ya están casi todos. Son diez. Algunos niños llegan acompañados y otros en solitario al punto de encuentro, en la calle Huertas, donde Cadena de Sonrisas mantiene su centro de control.

Los escolares que asisten a estas clases ‘extra’ son derivados ya por los colegios que conocen el trabajo de esta organización. Proceden de Gabriel y Galán, Lorca y San Fernando.

El motivo para recalar en estas ‘extraescolares’ es que su rendimiento se resiente o presentan alguna carencia académica que subsanar. Jonathan Racionero indica que estos menores, «aunque son listos, tienen en su mayoría dificultades de aprendizaje o en el lenguaje, necesitan apoyo y no siempre pueden costeárselo».

Los niños van arremolinándose. Los progenitores aparecen casi con la misma sonrisa que sus vástagos, y nada indica que vayan a ponerse a estudiar, más bien parecen encaminados a una fiesta. La misma expresión muestran las voluntarias. Hoy son todo chicas. Pronto varios indicios revelan que algo de fiesta hay en todo aquello.

El padre de Esmeralda, de diez años, asegura que la deja «tranquilo y contento». «El anterior trimestre, el segundo, fue un completo desastre, pero ahora está cambiando, son sólo tres meses y la veo mejorar», comenta, y enseguida piensa en el último examen de mates en el que obtuvo un notable bajo. «Ahora ya sí pensamos que va a sacar el curso, tercero de Primaria, y es gracias a venir a estas clases», señala este hombre que la recoge en el mismo lugar casi tres horas después.

Padre e hija se confiesan «deseando» durante toda la semana que llegue el martes o el jueves. Ella porque combina el juego con las lecciones por las que en clase saca mejores notas y él porque a su pequeña «le sienta muy bien». «Está más contenta, más centrada y es más responsable», resume en su personal evaluación del proyecto.

Precisamente ese, el de la responsabilidad, es uno de los objetivos fundamentales. «Muchos no hacían las tareas y les enseñamos a que se habitúen», explica Sandra San José, una de las responsables de la asociación, que hoy ejerce de guía en el traslado a la ‘uni’.

Zineb, la benjamina del grupo, zascandilea de un lado a otro de la acera. Informa al resto de que su hermana cumple doce años. Una de las voluntarias le presta su móvil para ver vídeos musicales, y se los muestra al resto.

Con La Bicicleta de Shakira y Carlos Vives comienza esta particular romería.

Restan sólo quince minutos hasta llegar al campus Miguel Delibes. Caminan todos juntos. «Nos vamos a la universidad», presumen. «Sí. Me gusta ir a la facultad», comenta Aya, de nueve años, a lo que Zineb replica que «¿qué es eso?». «Pues donde vamos; donde los mayores estudian y las clases son tan gigantes», le informa. «Ah. Sí, sí. A mí también me encanta ir. No sabía que se llamaba así. Es divertido».

Durante el camino, los hit musicales se entrelazan con las historias que cuentan estos chavales.
A sus nueve años, Aya asegura esa distancia la recorrerá de mayor porque que asistirá a la universidad, «pero de verdad, no como ahora». Quiere convertirse en «médica».

Explica que su madre ya le ha informado de que tiene que estudiar «ocho años». «¡Ocho años!», repite ante la incredulidad de sus acompañantes. «Ya, suena a mucho, pero me han contado que en vez de hacer exámenes sobre el papel los haces sobre cuerpos de plástico. Tiene que ser muy entretenido», comenta esta alumna, que reconoce que ahora lo de estudiar le gusta «regulín», pero con la motivación de «curar a todo el mundo» espera que esta percepción cambie.

Confiesa también que descarta convertirse en profesora porque «se pasan el día corrigiendo exámenes, y eso –afirma– no puede ser».

No todos lo tienen tan claro como Aya, pero en el grupo ya despuntan vocaciones. Walid aspira a vestirse de policía y Zineb, de médica. No se sabe cuánto ha influido la exposición de su amiga en esta declaración de intenciones.

Esmeralda sólo piensa en entrar en el aula 204, en el que por la mañana Laura y Sara en vez de ejercer de sus «profes» son las alumnas.

Ambas cursan primero de Magisterio de Educación Primaria y si quisieran poner en práctica antes sus cualidades docentes, la universidad les haría esperar hasta tercero.

Esa tardanza en el contacto con el oficio es parte de lo que les mueve a participar en esta iniciativa. «Me gustan los niños y quiero ir sabiendo cómo son y cómo enfrentarme a ellos. Esto es como un ensayo, pero real», comenta Laura, de 18 años, que considera que esto le sirve también para probarse a sí misma si realizó la elección correcta: «Ya sé que sí acerté», concluye.

Similar apreciación efectúa Sara, que busca adquirir experiencia. «La carrera es demasiado teórica y lo importante es aplicarla en enseñar», indica esta joven con una «vocación» declarada.

La otra razón está en sus alumnos. En cómo responden, cómo avanzan, cómo se relacionan y cómo salen de esas clases con más opciones de que los resultados académicos sean más halagüeños. «Son estudiantes a los que no se les dan bien algunas asignaturas y ayudamos a que mejoren y a su desarrollo porque realizamos una función social», apuntan ambas.

Junto a estas maestras en ciernes, acude Aurora que ya tiene las tablas que conceden los años. «Participo porque me gusta apoyar a los chicos que lo necesitan», explica. «Noto su evolución en este tiempo. La mayoría ha cambiado mucho».

Una de las que protagoniza esa evolución es Jouaria. Suma diez años y presume de ser de las más veteranas. «Empecé antes que ella y que él –señala hacia izquierda y derecha–». Fue una de las primeras en asistir a esas clases de apoyo y ya lleva ganado, al margen del impulso a su rendimiento, «varias canciones aprendidas y muchas amigas nuevas».

Esta vertiente social no es casual. Una de las responsables de Cadena de Sonrisas indica que sus actividades tienen un perfil de «refuerzo educativo» y otra parte más lúdica, que va enfocada también a trabajar diferentes valores, «como compartir, mejorar la autoestima, la relación con los demás, expresar sus emociones...».

Cada tarde algunos rituales se repiten, pero otros se improvisan. Los deberes son lo primero. Cuando los más avispados terminan, la caja de carpetas de colores comienza a vaciarse. Cada uno guarda varias fichas de matemáticas, lengua e inglés para reforzar conceptos.

Esta última asignatura es la menos popular en clase. Aurora aclara que cinco de los chicos «tienen una lengua materna distinta a la castellana, son marroquíes, y ya se esfuerzan mucho por hablar un segundo idioma». Indica que por esta causa «no muestran demasiado interés en aprenderlo», algo a lo que el próximo curso pretende prestar más atención.

Jonathan constata este aspecto y señala que «los que están más rezagados no reciben la atención que demandan».

Coincide este puñado de escolares en que «los profesores son más divertidos que los del colegio», y las aludidas precisan que en los centros «no disponen del tiempo suficiente para personalizar y atender las necesidades de cada alumno».

Hay días en los que las tareas se suplen por ocio. Si el resto de jornadas han cumplido unos objetivos marcados –cada uno persigue los que se adecuan a sus carencias– van obteniendo estrellas. Pegatinas que refuerzan sus logros y concluyen con un premio, pero siempre colectivo.

Ya van tres. Una sesión de cine, un partido de fútbol en un campo de amplias dimensiones y una tarde de piscina. «Además de aprender, favorecemos que se conozcan. A algunos les cuesta más entablar amistad y relacionarse y así hacen grupo», comenta Sandra.

Superados los inicios, la integración es evidente y la aprobación de las familias también. El padre de Esmeralda lo ejemplifica: «Agradecemos mucho que tenga esta oportunidad, encima son voluntarios, tiene mucho más mérito la ayuda que le prestan ¡Ojalá nos lo hubieran dicho antes!».

Con experiencias como esta, la asociación justifica su nombre. La sonrisa de Esmeralda se encadena a la de sus padres y, a la vez, a la de las voluntarias y a la del resto de compañeros. Los miembros de Cadena de sonrisas insisten en su convicción: «Nada mejor que ver el futuro con sus propios para motivar los sueños de los más jóvenes».

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