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EL RÁNKING DE LOS MEJORES VINOS RIBERA DEL DUERO

Parker encumbra a Dominio del Águila

La bodega burgalesa entra en el Olimpo de los Ribera en el segundo lugar del ranking de la publicación estadounidense / Logra 98 puntos, a sólo dos del «perfecto Pingus» / El experto destaca la «elegancia y armonía» de su vino Canta la perdiz

ALICIA CALVO
13/03/2017

 

«Un vino que sabe a vino». Simplemente eso. Que no es poco.
Así define su creación, Jorge Monzón, responsable –junto a su mujer Isabel Rodero– del gran descubrimiento de este y de los últimos años: la bodega burgalesa Dominio del Águila.

La prestigiosa revista estadounidense The Wine Advocate, que edita Robert Parker, encumbra a Dominio de Águila a lo más alto. El regreso hacia lo auténtico, lo natural y lo tradicional de esta firma vinícola la trasladan al Olimpo de los Ribera de Duero.

La publicación de referencia mundial, y de mayor influencia en el sector, eleva uno de sus vinos, Canta la Perdiz, por encima del resto y rozando al número uno por excelencia, Pingus 2014, que obtiene 100 sobre 100 puntos en la valoración, pero compite a un precio ocho veces superior (1.500 euros).

Con una puntuación de 98 y situado en segundo lugar de la clasificación de esta denominación de origen, Dominio del Águila eclosiona definitivamente con su Canta la Perdiz, de la añada 2013, tras una meteórica y ascendente trayectoria.

Pero no sólo se conforma con el segundo puesto, también ocupa el tercero, con su Reserva 2013, que empata a 96 puntos con otras tres etiquetas: Vega Sicilia Único, de 2005; Dominio de Es La Diva, el proyecto soriano de Bertrand Sourdais, y Llanos del Almendro, de Dominio de Atauta, también en Soria.

Estas dos conquistas para Dominio del Águila en el ranking por excelencia del mercado internacional, se suman al éxito en el de más repercusión nacional. Hace sólo unos meses, obtuvo el máximo reconocimiento de la Guía Peñín. Despuntó como el mejor tinto, esta vez con su 2012 Reserva, que coincidió en la máxima calificación [100] con el Pingus 2014, de Peter Sisseck.
El catador para España de la revista norteamericana de Parker, Luis Gutiérrez, alaba en su crítica la elegancia de Canta la Perdiz, nacido en viñas burgalesas y que se pondrá a la venta a finales de este mes.

Aprecia que este vino es «muy elegante, perfumado, transparente, cristalino, preciso, refinado y armonioso». Añade que, como todos los viejos viñedos de esta bodega del término La Aguilera, «tiene una mezcla de uvas, siempre dominada por Tempranillo (80%), pero con muchas otras variedades».

Sobre esta bodega y el joven enólogo y viticultor Jorge Monzón indica que proporcionó «algunas de las sorpresas de la cosecha 2013».

Destaca también la calidad de varias referencias de la zona. De Pingus señala que impresiona «con un excelente y perfecto 2014» y de su artífice, Peter Sisseck, indica que parece estar en racha «con una sucesión de fantásticos» vinos que comenzaron con el 2012.

Augura a esta bodega, situada en la localidad vallisoletana de Quintanilla de Onésimo, un «futuro que no puede ser más brillante».

Esta sucesión alabanzas destaca dentro de una crónica en la que refleja también alguna de las flaquezas que observa en esta comarca vitivinícola. «Me encanta la Ribera del Duero, el problema es que la buena Ribera del Duero es escasa», arranca su información en esas páginas estadounidenses.

Sin querer repetirse, Gutiérrez apunta lo que reconoce haber comentado en ocasiones previas: «El tema en Ribera del Duero es estructural porque el problema raíz es la viticultura pobre, viñas jóvenes y productivas plantadas en los lugares equivocados, uvas cosechadas demasiado tarde, demasiada extracción y demasiado roble».

Son precisamente la personalidad, el carácter propio y la manera de interpretar estas tierras castellanas y leonesas de Jorge Monzón las que valora de Dominio del Águila.

Un respaldo recibido que este romántico del vino entiende como «la recompensa de mucho trabajo en las cuevas y en las viñas que no es visible».

«Esto no nos cambia el día a día, pero nos reconforta espiritualmente», cuenta Monzón, que apunta que no entraba en sus planes un ascenso tan veloz en sólo cuatro años. Hasta 2014 no salió al mercado la primera de sus botellas, que comenzó a dar forma en 2010.

La suya, la que comparte con su mujer, es una bodega familiar. Monzón, después de haber trabajado en varias de las bodegas con más renombre y de haberse formado como enólogo en las universidades de Borgoña y Burdeos, absorbió hace siete años las viñas de su padre.

Desde entonces, las trabajan juntos de la forma más parecida posible a como lo hacían sus ancestros.

Vinifican en un lagar del siglo XVII, en antiguas instalaciones subterráneas recuperadas sin apenas intervención para que los vinos expresen de dónde proceden.

«Volvemos a trabajar el campo como antaño. Eso supone que vendimiamos los primeros de la zona y que tenemos uvas de primera», precisa. La revista de Robert Parker lo corrobora.

Monzón piensa que se encuentra en el palmarés de los mejores, como lo mejor, salvo Pingus –aunque éste cuesta sustancialmente más–, porque sus vinos «gustan». «Los vinos están muy buenos», comenta distendido antes de entrar a detallar una de sus principales razones para triunfar: trasmitir emociones.

Su intención es la de crear «vinos de paisaje», que te hagan sentir de dónde vienen y que se traducen en momentos, en situaciones diferentes.

Y su Canta la Perdiz –igual que el resto de elaboraciones– desprende «sensaciones florales, vibrantes, con electricidad» y trata de trasladar lo mejor de esas viñas viejas (posee 30 hectáreas), la esencia del terruño. «Este vino –asegura Monzón– hace que sientas lo que hay alrededor, tomillo, muchas flores en primavera» . Todo, porque intenta «hacer todo el proceso del campo muy puro y transformarlo en una copa de vino».

Sus producciones no son elevadas, pero llegan lejos. Vende a varios países, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, Dinamarca, El Líbano o Suiza, entre muchos otros.

Pese a que en poco tiempo ha sobresalido, su concepto de vino no tiene prisa, al contrario. Aboga por una producción pausada y con vistas al futuro, al largo plazo. «No es para que se consuma ahora, sino de guarda para que la gente vuelva a lo antiguo para que cualquiera lo guarde en sus bodegas, en sus restaurantes... Con una capacidad de guarda muy alta para que puedan beberlo mis hijos en 20 años».

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