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OLVIDOS Y ESTORBOS DEL CALLEJERO DE VALLADOLID

El panteón de hojalata

ERNESTO ESCAPA
11/11/2017

 

Siglos de capricho consistorial ofrecen al viandante un callejero salpicado de olvidos, estorbos y ocurrencias, cuyo conjunto supone una implacable enmienda de totalidad a continuar con ese manejo. Y la polémica salta por encima de las aristas de la Ley de Memoria Histórica, aunque Valladolid también tiene ese carril habilitado para competir en desmanes. Sin ánimo de agotar el muestrario, relato unos cuantos ejemplos de presencias estrafalarias y olvidos de difícil perdón.

AUSENCIAS CLÁSICAS

 El erasmista Alfonso Valdés, secretario de cartas latinas de Carlos V, publicó como anónimo en Italia el Diálogo de las cosas ocurridas en Roma (1529), que transcurre entre el convento de San Francisco, situado en la plaza Mayor, y el monasterio de San Benito de Valladolid. También aparecieron anónimas y en Italia sus otras dos obras: el Diálogo de Mercurio y Carón y el Lazarillo de Tormes, en las que alcanza la mejor prosa renacentista española. Pero ni Alfonso Valdés, a quien el francés Bataillon atribuyó sus diálogos anónimos hace ya un siglo, ni su hermano pequeño Juan Valdés, autor del canónico Diálogo de la lengua, que ennoblece y dignifica el romance castellano. No deja de ser chocante y llamativo que la ciudad que fue capital del Reino y referencia entonces de una pujanza económica similar a las sociedades más dinámicas del viejo continente siga renegando en su panteón de hojalata de los protagonistas más notables de aquel tiempo, entre los que se encuentran sin duda los hermanos Valdés.

Pero los olvidos del callejero no se limitan a quienes acudieron a Valladolid por ser la capital de aquella España imperial y la dignificaron con su obra. También alcanza a un vallisoletano universal, como el cronista de Indias medinense Bernal Díaz del Castillo, cuya Historia verdadera de la conquista de la Nueva España ha sido considerada, por el académico Azúa, “una obra maestra capaz de competir con las de Cervantes en grandeza narrativa”. Por su parte, el Cervantes mejicano Carlos Fuentes sitúa el relato de Bernal en la raíz de la narrativa americana, como auténtico fundador de la dimensión mágica de la novela de aquel continente.

Así que no hablamos de una sarta de pelagatos, sino de una cadena de olvidos que exigen reparación urgente, si se pretende que el actual callejero de Valladolid haga justicia a su dimensión histórica.

OLVIDOS Y ESTORBOS CONTEMPORÁNEOS

Las mudanzas y bautizos con nombres contemporáneos suelen provocar más ruido, aunque a veces el alboroto resulte infundado. Tengo a la vista los cambios en el callejero introducidos por los alcaldes León de la Riva, en mayo de 2014, y Óscar Puente, en este mismo 2017. León de la Riva desalojó rangos militares de la guerra civil y parte del azulete falangista, pero ni uno ni otro se atrevieron a borrar del callejero las barriadas que llevan el nombre del facineroso Girón (envalentonado y fanfarrón frente al primer atisbo de apertura de Arias Navarro, que paró que aires de matón), ni el engrudo falangista del 4 de Marzo. León de la Riva incorporó al callejero a Larra, estudiante un par de años en Valladolid, y al fascista italiano Scrimieri, promotor industrial de Sava. En un bautizo anterior, León de la Riva había dado una calle a su maestro ginecólogo José Ramón del Sol, cuyo mérito más relevante antes de pegarse un tiro en el Clínico de Madrid, había sido asentir al cierre de la universidad de Valladolid en 1975 por el ministerio franquista de Esteruelas y del más tarde idolatrado Federico Mayor Zaragoza. Precisamente a los rectores Del Sol y Suárez los apeó Puente en su última mudanza, expresiva de un buenismo oportunista en los relevos que roza la irrelevancia. Y ya de paso, da pie a que se ponga en la picota del baratillo el nombre de Antonio Tovar, uno de los vallisoletanos más ilustres del pasado siglo. ¿Calle abogados del turno de oficio? ¿Calle Víctimas del terrorismo? Ejemplos de este buenismo oportunista y ocasional, que busca el aplauso inmediato, son muy difíciles de entender en una ciudad con la historia de Valladolid. Y sugieren profusión de ejemplos dotados con el mismo buenismo ventajista e idéntica insignificancia. No parece la deriva bautista más aconsejable.

Pero más allá de esta consideración general, quiero aportar algunos nombres contemporáneos que considero debieran figurar en el callejero de Valladolid. Y otros que no, por razones igualmente obvias, para contribuir a esclarecer las posturas del debate. Sí, sin ninguna duda, Tovar y también Dionisio Ridruejo, cuya etapa totalitaria limpió sobradamente en ambos casos su trayectoria posterior. No, también sin duda, Girón ni Queipo de Llano, a pesar de su vallisoletanía.

LA MUSA DEL 27

La última mudanza del alcalde Puente dio una calle a Pilar Miró y otra a Gloria Fuertes, dejando en el olvido a la pintora vallisoletana Margarita Manso (1908-1960), musa del 27 que encabeza el decálogo rebelde de las Simsombrero, a las que Madrid acaba de dedicar una calle. Compañera de Bellas Artes de Maruja Mallo y Dalí, protagonizó las audacias más transgresoras del grupo, incluido un trío legendario con Lorca, que le dedicó los poemas Remansos o Muerto de amor, y Dalí, que firmó uno de sus retratos más conocidos. Mujer de una belleza deslumbrante y muy moderna, se casó en diciembre de 1933 con el pintor del realismo mágico Alfonso Ponce de León, paseado al final del verano de 1936 en Madrid. Después de la guerra, Margarita Manso (presente en las pesquisas de los lorquistas y en los recuerdos de Dalí; en la nostalgia de Maruja Mallo y en las evocaciones de Concha Méndez) volvió a casarse en 1940 con Enrique Conde, médico endocrino y editor de las Obras completas de José Antonio. Su medio siglo de vida lo partió por la mitad el zarpazo de la guerra. Tuvo tres hijos de este segundo matrimonio y murió joven de un cáncer de mama que derivó en metástasis ósea.

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