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EL SIGLO DE UMBRAL

Un país sepia

A lo largo de 1975, año crucial en la historia contemporánea de España, Umbral va a publicar un libro cada dos meses, y de ellos cinco colecciones de artículos. Todavía falta un año entonces para la aparición del diario El País (4 de mayo de 1976), pero su siembra diaria e incesante de artículos ya le ha granjeado el cartel de joven promesa costumbrista. De ahí su deseo de cumplir los cuarenta (entonces Umbral se quitaba tres años), para ver si se convierte en vieja gloria.Su cumpleaños de mayo lo jalonó la aparición de Mortal y rosa, en edición ilustrada en gris con una mecedora, para combatir el morbo de la muerte del hijo. Un libro que actuará de ariete en su batalla como creador frente a la incómoda etiqueta costumbrista

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
21/07/2019

 

CRONISTA DE CAUTELAS
Cuando desenchufan a Franco, a las 5,25 de la madrugada del 20 de noviembre de 1975, Umbral dedica su artículo al regreso del boxeador Luis Folledo, cuya derrota ante el húngaro Papp en 1963 había narrado el poeta y periodista de la corte de Ruano Manuel Alcántara (1928-2019), quien esa misma noche llora en Radio Nacional una elegía por el hombre que no llevaba dinero en los bolsillos, después de que también moqueara testamentario por la televisión en blanco y negro Carlos Arias Navarro (1908-1989), con su cara de comadreja atribulada.

El artículo sobre Folledo (1937-2017) lo publica Umbral en Destino, la revista vendida por Vergés a Jordi Pujol en diciembre de 1974, por un precio de cuarenta millones de pesetas. El periodo de tránsito del semanario en el espacio compartido con la editorial y tabicado de Consejo de Ciento 425 no resultó cómodo ni fácilmente llevadero, de manera que ya en mayo de 1975 saltó por los aires aquel arreglo de pasantía con el cese de su director heredado Néstor Luján (1922-1995) y el abandono más o menos solidario de una treintena de colaboradores.

Entre ellos, Terenci Moix (1942-2003), Álvaro Cunqueiro (1911-1981), Rafael Abella (1917-2008) y Agustí Pons (1947). La mudanza, ya con Baltasar Porcel (1937-2009) como nuevo director, duplicó sin embargo la presencia y retribuciones de Umbral como colaborador. Al cabo de unos meses, también abandonará el barco Josep Pla (18997-1981), molesto porque Porcel le censura un artículo laudatorio sobre la derrotada dictadura portuguesa.

Porcel estaba entonces todavía unido a la novelista Concha Alós (1926-2011), con quien había recalado en Barcelona en 1959, antes de casarse y tener sus hijos con la antropóloga Angels Roqué. La novelista Concha Alós, casada desde 1943 con el periodista del movimiento Eliseo Feijoo (1913-2206), a quien nombran director del diario Azul Baleares, fundado durante la guerra por el padre de María del Mar Bonet (1947), se había trasladado a Palma a comienzos de los cincuenta.

Allí estudia magisterio, empieza a escribir y se enamora de Porcel, que trabaja como tipógrafo en el periódico que dirige su marido. Antes de morir, devastada por el alzheimer, Concha Alós, sería la única escritora que consiguió dos veces el Planeta, en 1962 y 1964, aunque la primera tuvo que renunciar a favor del finalista, por tener su novela Los enanos (1962) previamente comprometida con Plaza y Janés. De aquella singladura tumultuosa al frente del Destino pujolista salió Porcel propulsado hacia la ambicionada candidatura catalana para el Nobel, un delirio nacionalista que finalmente se tradujo en el doméstico y jugoso premio de honor de las Letras Catalanas 2007.

TESTIGO HUIDIZO

El menú de los artículos que publica Umbral en el año que ve desaparecer a Franco en ningún caso desborda los límites de la cautela. Revolotea la espuma de la actualidad, todavía más colgado de la voladura de Carrero (»un hombre que había hecho de su vida una aventura en lo gris») y de los manejos de sus deudos políticos: «Se rumorea que sólo para los libros de o sobre Carrero Blanco va a haber un stand especial en la Feria del Libro del Retiro, y que todos los autores de obras sobre el atentado y la crisis firmarían al mismo tiempo, el mismo día y a la misma hora».

Prevé incluso la salida de un nuevo libro sobre el tema en la factoría de Lara, «donde Don Julio Rodríguez pondría el estilo; mi amigo Bardavío, la cronología; mi querido Borrás, las fotos, y don Blas Piñar, los puntos y las comas». Los recursos de actualidad política cuelgan de artículos con reclamo más frívolo, que tiene que ver con la irrupción de Johan Cruyff, con la miss universo Amparo Muñoz, con el braguetazo, con la insuficiente ley de Asociaciones o con el nuncio Casaroli, que renegocia el concordato A su cobijo, va deslizando cómo el comentario del día no es ese, sino el cierre de la Universidad de Valladolid decretado por los catalanes de Franco (Cruz Martínez Esteruelas y el luego tan jaleado Federico Mayor Zaragoza), el proceso 1.001 a los sindicalistas de Comisiones Obreras o la presencia de la policía en la Universidad Complutense.

También anticipa los primeros coqueteos de sesgo izquierdista con Tierno Galván, a quien póstumamente (1990) hará ascender a los cielos, y siembra guiños a su hermano inconfeso Leopoldo de Luis (1918-2005), por su antología de poemas amorosos de Miguel Hernández (1910-1942), en Alianza Editorial. Aunque el guiño más reiterado e insistente, en días inundados de pasión por la muerte del dictador, va a ser su reclamo del Nadal, que titula como Miércoles literario, siguiendo el sabio consejo del académico Buero Vallejo (1916-2000): «Mira, Umbral, en este país hace falta un respaldo. Es un país difícil. Estos respaldos ayudan, defienden un poco, siempre que sean dignos». A partir de ahí, Umbral aprovecha el quite para su apelación académica: «¿Y la Academia, cuándo me llaman de la Academia, a mí que nunca he puesto una coma fuera de su sitio?».

Otra vez el mogollón de la colecta de sus libros de 1975 envilece la estrella radiante de Mortal y rosa. Como si en el fondo Umbral fuera incapaz de discernir entre sus destellos de talento y el aluvión de majaderías con una vulgaridad difícilmente perdonable. En mayo, coincidiendo con la aparición de Mortal y rosa, publica también Destino su Diario de un español cansado, que reúne sus crónicas madrileñas para Barcelona. Y de inmediato aparece, en la colección Testigos de España de Plaza y Janés, su manojo de instantes titulado España cañí.

En octubre, para estrenar aquel otoño obital, ve la luz en la colección Punto Crítico de ediciones Felmar, Suspiros de España, que agrupa su mosaico de teselas periodísticas mejor armado del año, con despliegue de tres bloques temáticos: El país, El paisaje y un Paisanaje en el que convoca a Torrente Ballester, a Saritísima, a doña Celia, a Romero de Torres, a Vázquez Díaz, al pintor Solana, a Manolita Chen, a Miguel Delibes, Azorín, los Machado, Cela, Eguillor, Dalí, Vallejo, Lola Flores, y Pablo Neruda. Simultáneamente a las colas funerarias del palacio Real, publica artículos sobre filatelia, sobre Concha Piquer, sobre la bolsa o sobre la milicia femenina.

La guapa gente de derechas, que le edita en noviembre el conde de Caralt en Barcelona, lo prologa con una entradilla de 1925 extraída del vademécum de urbanidad Tratado práctico de etiqueta y distinción, que firma el tonsurado José Sánchez Moreno. El fruto final de su cosecha del 75 es un muestrario superficial del famoseo madrileño de los setenta, que le publica Ediciones 99, con una portada en color que ilustran los guiños de Lola Flores o Alfonso Paso, una vez que ha dado remate a su novela vallisoletana Las ninfas para el Nadal 1975, que se falla la noche de Reyes de 1976.

LA ORLA DEL NADAL

En la orla de aquel Nadal, arropan a Francisco Umbral dos escritores de la tierra: Bernardo Víctor Carande (1932-2005), el hijo agricultor y novelista del historiador palentino Ramón Carande (1887-1986), y como estricto finalista, el soriano de muy rica aventura Manuel Villar Raso. Bernardo Víctor Carande llevó a cabo, desde su finca familiar Capela, una vida de agricultor ilustrado, poeta, pintor, fotógrafo taurino, novelista, editor y enamorado de la historia. Tentó al Nadal en 1972 con Suroeste (1974), sobre los afrancesados, liberales y reformistas del diecinueve, y en 1975 con Don Manuel o la Agricultura (1976).

Fue el suyo un proyecto narrativo sostenido al margen de modas, que también incorpora El año de la sequía (1983), El libro de la Agricultura (1986), Besana y Abolengo (1990), Jinetes de llanura sin caballo (1991), El sesmo de la vida (2003) y el póstumo Historia ulterior (2007), que sigue Las huellas de la reina Juana (1479-1555).

El soriano de Ólvega Manuel Villar Raso (1936-2015) fue niño pastor, antes de entrar en los seminarios de Tarazona y Burgos, donde permaneció hasta los 22 años. Profesor de inglés en la universidad de Granada y especialista en literatura chicana, fue el autor con peor fortuna en el carrusel tornadizo de los premios literarios. En el Nadal 1975, obtuvo 2 votos con su novela Mar ligeramente Sur, frente a los 3 de Las ninfas. Ya el año anterior había sido finalista con Un caso hamletiano de conciencia, pero lo peor estaba por venir. Sus títulos sucesivos ofrecen señuelos tan tentadores como Hacia el corazón de mi país (1976), Una república sin republicanos (1977), La Pastora: el maqui hermafrodita (1978), Comandos vascos (1980), El laberinto de los impíos (1981) y Las Españas perdidas (1983), su primera incursión africana, siguiendo el rastro de los moriscos andaluces que fundaron en 1591 Tombuctú, una ciudad centroafricana donde se habló español hasta fines del siglo diecinueve.

Luego, Últimos paraísos (1986) o El color de los sueños (1998), hasta sumar una veintena de novelas. En 1981, el Planeta de Cristóbal Zaragoza (1923-1999), con Y Dios en la última playa (1981), aprovecha los personajes y reflexiones de la novela de Villar Raso Comandos vascos (1980) con una minucia claramente plagiaria, según acredita el informe del catedrático de la Universidad de Barcelona Ramón Cerdá. Parece que en este caso hubo un acuerdo para evitar el escándalo, y a partir de mediados de los ochenta Villar Raso publicó en Planeta varias novelas. Veinte años más tarde, el Nadal obtenido por Alicia Giménez Bartlett (1951) con Donde nadie te encuentre (2011) rescata como protagonista a la guerrillera hermafrodita Teresa Pla Meseguer (1917-2004), cuya aventura noveló Villar Raso en 1978. Su libro póstumo, La Soria de los Sueños Rotos (2016), lo editó el librero soriano César Millán en Las Heras editores.

 

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