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TERAPIA POR LOS ABUSOS DE LOS HIJOS

Padres que sufren el primer porro

Proyecto Hombre realiza sesiones grupales para padres de menores que consumen drogas y alcohol y con los que mantienen una convivencia conflictiva. Atiende a más de un centenar al año en Valladolid. La palabra, intercambiar fracasos y esperanzas, supone una ayuda hacia recuperar la comunicación con sus hijos para unos pocos progenitores que reconocen el problema y dan el paso de hablarlo. Pero son muchos más los que callan

ALICIA CALVO / VALLADOLID
24/04/2017

 

Proyecto Hombre realiza sesiones grupales para padres de menores que consumen drogas y alcohol y con los que mantienen una convivencia conflictiva. Atiende a más de un centenar al año en Valladolid. La palabra, intercambiar fracasos y esperanzas, supone una ayuda hacia recuperar la comunicación con sus hijos para unos pocos progenitores que reconocen el problema y dan el paso de hablarlo. Pero son muchos más los que callan.

Ya no se esconde. Su habitación huele a porro, las colillas están esparcidas por la mesa, hay marihuana caída «por todas partes» y no demuestra intención de que nada cambie. Los 90 euros que sus padres tenían apartados para cubrir una factura no aparecen. Ayer se esfumaron otros 20. Al menos, cuenta Elisa –nombre ficticio–, «ya no está agresivo, no ha vuelto a montar el numerito, ni a romper muebles o a agredirnos». Pero consume. «Y le importa un bledo que lo sepamos».

Habla de su hijo. Del mismo con el que hasta que tenía 16 años pasaba tiempo sin que le insultara o con el que podía entablar una conversación sin sobresaltos, hasta que empezó a consumir porros y alcohol «y todo se descontroló».

Le escuchan ocho progenitores a los que su relato les resulta familiar. Viven o han atravesado situaciones parecidas. Saben de malas contestaciones, gritos, suspensos o de hijos colocados que llegan a robar para consumir.

Todos participan en la terapia grupal para padres con hijos abusadores de sustancias que organiza Proyecto Hombre en Valladolid. El grupo es un respaldo al tratamiento individual en el que trabajan –cuando es posible– con el menor y con sus progenitores.

Su tratamiento consiste en realizar entrevistas con padres e hijos, juntos y separados.

– ¿Sólo?

– Sí. Con la palabra conseguimos mucho. Prácticamente todo. También hacemos controles para comprobar si hay rastro de sustancias.

En estos encuentros corales algunos adquieren estrategias para lidiar con sus conflictivos vástagos, otros reciben respaldo de quien se ve sabe poner en su lugar y hay a quien descubre que lo que le sucede no es cosa de marcianos. Y le sienta bien.

«Se liberan cuando ven que pueden hablar de ello delante de gente que no les juzga y que les entiende», indica José Antonio Aldudo, terapeuta del Programa Joven de Proyecto Hombre, que trata la problemática de «abusadores de drogas, que realizan su vida conviviendo con el consumo, pero no son drogodependientes». Una fina línea casi invisible para el observador común, pero que los terapeutas distinguen y que requeriría «una intervención mayor».

En este caso, son menores que han decidido dar portazo desde dentro: están en casa, pero no la consideran un hogar y comparten su habitación con sus amigas las drogas.

El programa de Proyecto Hombre se basa en la comunicación. Trata de que los chavales tomen conciencia de la gravedad del problema y ayuda a sus padres a que comprendan las dimensiones de lo que sucede y cómo deben actuar. Recuperar la conexión suele ser el reto inicial, pero le siguen muchos otros.

Idéntico interrogante da por comenzada cada sesión:

– ¿Qué cosas van mejor desde la última vez que nos reunimos?

Uno a uno rebuscan en su memoria más reciente. En la mayoría de los casos, el problema lo presenta su hijo varón, salvo en uno: una menor de 15 años «con malas compañías», según su familia.

Empieza la mujer de Jaime, que es uno de los dos únicos padres que acuden a estas citas, frente a las siete madres. «Eso sigue así. En lo relativo a la educación de los hijos continúa habiendo más presencia de ellas. Se vuelcan más. Intentamos que vengan ambos, pero ya ves», aclara José Antonio, y añade que en las entrevistas individuales sí suelen participar.

El primer testimonio es uno de los más esperanzadores de la tarde. «El consumo parece que empieza a estar controlado y el comportamiento, también», afirma sobre la evolución de su hijo de 15 años. «Ahora el caballo de batalla es el académico. Estábamos tan centrados en que dejara de consumir, que nos despreocupamos de lo demás, pero no vemos que mire de ninguna manera al futuro», comenta una madre con «cinco años de problemas y enfrentamientos» a la espalda.

Su pareja expone que los efectos positivos no sólo se advierten en su hijo. «Ya intento parar a tiempo en una discusión y no explotar. Lo gestiono de otra forma; digo ‘Jaime, cállate’ porque lo hemos pasado tan mal y hemos visto cómo nos sobrepasaba, que no quiero que eso vuelva», comenta quien describe a su hijo como «un vehículo al que le cuesta circular, parece que arranca y, de repente, se para y se desvía». 

Hace ya un año que por medida judicial les derivaron a esta organización, tras «varias multas por tenencia de droga». «Los primeros años lo intentamos resolver en casa, pero no arreglábamos nada».

No son los únicos que guardaron un silencio inicial. Algunos aún siguen manteniendo el conflicto fuera del foco social «por temor al estigma», según aclara el terapeuta. «Son muchas más las familias que viven esto que las que nosotros vemos».

En el último año, Proyecto Hombre Valladolid atendió a 119 jóvenes y a sus progenitores.

Tras el primer matrimonio, le toca el turno a Rosana –otro nombre falso para quienes no desean que sus conocidos sepan qué les sucede–. «Yo no estoy nada positiva. Tengo muchos peros, las cosas en casa están muy mal», comenta una apesadumbrada mujer que, en un esfuerzo por responder a esa pregunta de qué ha cambiado para bien en este tiempo, aporta una frase que desata varios comentarios: «Los controles salen bien. No consume cannabis».

Aluvión de respuestas. Similares todas.

– Ya me gustaría a mí, que vamos para atrás. [Sobresale la voz de Elisa, pero asienten muchos más]

– Eso es un paso muy importante. [Replica el resto]

Pero Rosana no cambia de gesto. «No me convence. Las cosas están muy, muy mal».
Tampoco es demasiado optimista Verónica: «Dejó los porros y se pasó al alcohol. Como todos los problemas surgieron cuando empezó a consumir, creía que cuando lo dejar todo volvería a la normalidad, pero ya veo que no. Cuando se ha puesto agresivo conmigo, hasta sus hermanas pequeñas, de once años, ya saltan y le rechazan».

Esta mujer reconoce que le «obsesiona» la idea de que «ni trabaje ni estudie». «Quiero que me diga algo que no sea ‘quiero salir el fin de semana para ir a beber’».

Aquí interviene el terapeuta. José Antonio trata de que se ponga en su lugar. «A los jóvenes les caracteriza no tener claro su futuro. Tienes una percepción de la vida de tu hijo y él otra. Tenéis que ver cómo os encontráis. Favorecer que él tenga quién le oriente, establecer tiempos...».

Elisa toma la palabra de nuevo. «Yo al mío le imagino trapicheando», afirma, y pronto recupera la tónica de la primera parte de la sesión, la de ver el lado menos oscuro de las cosas. «Ya no grito». No levanta la voz a un hijo que le espeta más de un ‘ojalá te mueras’ o un ‘no me importa nada lo que te pase’.

Aunque el proceso para encontrar causas a veces excede a estas reuniones, Elisa no puede evitar plantearse por qué «el hijo más cariñoso del mundo con su madre», cambia a una relación «casi inexistente» e hiriente con ella.

Su hipótesis es que fue «demasiado permisiva». «Hasta los 16 años defendí lo indefendible. Le tapaba siempre, desde pequeñito. Si le castigaba su padre, yo no le hacía cumplir el castigo. Hasta que me planté y dije ‘hasta aquí’, y él se puso en mi contra».

La sobreprotección de los progenitores es un denominador común a muchos casos, aunque no en todos. José Antonio explica que «continúa repitiéndose el esquema de miembro sobreprotector y consentidor y miembro ausente». Y pese a la evolución de los modelos familiares, sostiene que prevalece más el rol de permisivo en femenino.

Otra variable frecuente que todos estos padres lamentan es «la normalización». No sólo porque la edad de acceso al alcohol haya bajado a los trece años y medio, sino también porque escuchan con asiduidad ‘bah, unos porros, y eso qué más da. Tampoco pasa nada. Yo fumaba y estudié y aquí estoy’.

«Que vengan a mi casa y me digan que no importa», responde uno de los participantes. «Esa es la idea que tienen ellos, como socialmente está aceptado, no ven que hagan nada malo. Y no es así. Puede condicionarlo todo», lo asegura uno y asiente los demás.

Una de las claves para lograr un porcentaje de éxito alto, después de un tiempo que ronda entre los seis meses y el año, reside en enseñar a los padres «a establecer límites».

En eso anda trabajando la última pareja en contar su situación actual. «Es muy difícil. Sigue consumiendo y no lo quiere dejar. También nos falta dinero. No tiene respeto a nadie, aunque es verdad que se está comportando mejor conmigo y está más tranquilo», señala la madre, que pide ayuda a sus oyentes. «¿Qué podemos hacer? Yo siento que no estamos haciendo nada y que permitimos que un chico de 15 años consuma».

El padre del menor discrepa. «Se está portando mejor. Ya es algo».

La sala le da la razón. «Tenéis que ir despacio, ver qué le hace estar mejor y continuar por ahí».
Pero ella tiene claro qué es. «No tiene ningún límite. Le ponemos castigos y se los quitamos antes de que los cumpla».

En este asunto existe división de opiniones. Más de la mitad de los presentes ve un «error garrafal» en ello; pero hay quien opina que «también hay que tener algo de manga ancha».

No llegan a un acuerdo y el terapeuta sólo precisa que «no hay que confundir firmeza con autoridad» y defiende «cumplir lo que se le dice a un hijo». Aún así, tanto él como el resto de asistentes reconoce que «cada caso y cada persona es diferente».

Eso sí, todos aseguran tratar «con chavales inmaduros» y reconocen que tras esos encuentros grupales terminan más motivados y «con más ideas» sobre cómo actuar en casa. «Ahora pienso que a lo mejor el mío sí que sale de esto». Al calor del grupo, tal vez por unas horas, tal vez para siempre, Elisa aparta la gélida y oscura imagen mental de su hijo trapicheando. «Por qué no va ser el que cambie».

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