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Novelas de la memoria

El tránsito de un Francisco Umbral doblegado por la segunda mitad de los sesenta, después del traspié en el premio Alfaguara fundado por su cómplice Cela, conjuga el impacto de la decepción con sucesivos fogonazos de talento, que expresa a través del mestizaje de sus novelas de la memoria. Ficciones tan puras como cualquier relato histórico, pero con una salvedad esencial: su estricta pureza narrativa descansa en la alianza virtuosa de imaginación y lenguaje, capaz de convertir lo vivido en soñado y lo evocado en real.

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
10/06/2019

 

Si las primeras novelas de Umbral (la inédita Días sin escuela y Balada de gamberros, ambas de 1965) ofrecían leves atisbos de rebeldía social asociados a su ejercicio de la memoria, las ficciones siguientes hasta alcanzar la meta de 1970 cuelgan del árbol fascinante de su imaginería verbal peripecias urbanas de contenido erótico. Esta onda la inicia Travesía de Madrid (1966), prosigue con Si hubiéramos sabido que el amor era eso (1969) y abrocha la década con Las europeas y El Giocondo (ambas de 1970; de julio y octubre). Libros de escritura creciente, que anticipan la eclosión memorial del lustro sucesivo, que va a culminar con esplendor Mortal y rosa (1975). Vista en perspectiva esta etapa de escalada hacia la conquista de un estilo y una marca propios, llaman la atención tanto los descartes que Umbral tuvo que hacer en diversas encrucijadas de aprendizaje, como su apuesta decidida por el cultivo de una poética de la memoria, de la que más tarde brotan magníficas novelas como Mortal y rosa o Las ninfas (1976).
El protagonista sin nombre de Travesía de Madrid cuenta su relación con la ciudad, en la que se encuentra con otros personajes pasajeros. Pero lo relevante es la ciudad, trenzada con una tenue línea argumental, en la que se engarzan sus conquistas: Soledad, Maia, Ketty, Olga, África, Jane Nancy, Sofía, Luz, Berta, Bárbara y Elena. Son criadas, turistas, empleadas o prostitutas de diversas clases sociales, vinculadas apenas por el espacio urbano que comparten y por su relación con el protagonista narrador. La novela supone el inicio del estilo insolente de Umbral, resuelto a menudo con cinismo. Una irrupción que va a canjear por lirismo en Si hubiéramos sabido que el amor era eso. De momento, en Travesía lo que resalta es la colección de sus conquistas, enhebradas en diversos lugares del escenario urbano, con el modelo expreso de Manhattan Transfer (1925), de John Dos Passos. Un vividor que se justifica por su entrega total a la mujer, buscando su paraíso en el sexo, como ámbito de rebeldía y felicidad, aunque sin lograr la mitificación de Henry Miller (otro de sus modelos) en la escala de la vivencia sexual. Otro aspecto, la itinerancia, tiene como modelo al Kerouac de En el camino (1957). En el proceso narrativo, Umbral hace acopio de personajes de sus relatos breves: Las Américas del Rastro, La boda, Paradoja del flautista y el bombero, la moza, octubre y un niño sin escuela. También Baltasar, el peluquero de El candelabro del peluquero y Gumersindo, protagonista de Gumersindo, rey de oros o Genaro, de Navegaciones de un piano. Además, alardea recursos de barroquismo ramoniano o desliza confidencias sobre su pretendido y anunciado suicidio de aquellos días: «Era sólo una tentación, persuadido de que tenía un tumor cerebral. Nunca tuve valor». Una experiencia apresada en relatos como El suicida y Una manera de morir.

Porque tampoco aquella década mediante entre 1965 y 1975 fue un camino personal fácil. Después de digerir la derrota del Alfaguara, que agravó el homenaje del Ejército al soldado Jesús Torbado, escenificado en el palacio real de Valladolid el 22 de marzo de 1966, con Cela acompañando al capitán general en la presidencia y Miguel Delibes entre los asistentes, Umbral lidió el malestar con reiteradas entrevistas al ganador, que aprovecha para marcar distancias con su bisoño competidor. Pero la presentación de ambas novelas en la sede madrileña de Huarte, febrero de 1966, pone de relieve la jerarquía de los afectos celianos, con su apuesta preferente por el ganador Jesús Torbado. De hecho, el despliegue del premio a la capital literaria que sigue siendo Barcelona (con su terraza Martini de la plaza de Cataluña) separa cuatro meses la llegada multitudinaria de Torbado en febrero de la más doméstica y prácticamente inadvertida de Umbral en junio, apenas arropado por el personal de Alfaguara en Cataluña. Todavía no había iniciado sus colaboraciones en La Vanguardia (1970, a través de Colpisa) ni en Destino, adonde lo aupó Delibes (1971), que iban a ser su pasaporte para Cataluña.

De momento, lo que iba recibiendo en Barcelona, eran ruidosos revolcones, como el de diciembre de 1966 en el premio de novela Elisenda de Montcada, dotado con 75.000 pesetas y organizado por la revista Garbo. Un galardón singular porque su jurado estaba integrado exclusivamente por mujeres y en escritoras recayeron sus cuatro primeras ediciones, hasta que a la quinta quebró la tendencia, concediendo en 1957 el premio a la novela faulkneriana Pensión, relegada en el Nadal obtenido por Martín Descalzo, del extremeño Juan José Poblador (1930). Para resarcirse de los daños del Alfaguara, Umbral concurrió con su novela pasional Si hubiéramos sabido que el amor era eso, que titula con un verso de Rafael Montesinos (1920-2005), el becqueriano responsable de la tertulia poética de los martes en Cultura Hispánica. El premio se lo lleva en su estreno narrativo el periodista y profesor sevillano Manuel Ferrand Bonilla (1925-1985) con El otro bando (1967), trágica historia del Aljarafe sevillano rebotada del Nadal 1965, conseguido por el colombiano Eduardo Caballero Calderón (1910-1993). Sobre el telón de fondo del subdesarrollo, despliega la crónica de un juicio que pone de manifiesto la influencia que tiene el rango de los acusados a la hora de dictar sus penas, de manera que nadie parece dispuesto a que todo el peso de la sentencia recaiga sobre el hijo del marqués. Más tarde, Ferrand ganará el Planeta 1968 Con la noche a cuestas, novela más bien flojita y apacible sobre la construcción del barrio sevillano de los Remedios, que protagonizan un guarda de una obra y un sereno, sacudidos en su rutina por el extravío de una cartera que pone a prueba la honradez de aquella gente humilde con la que conviven.
Si hubiéramos sabido que el amor era eso es una novela reflexiva y de pálpito proustiano, cuyos personajes parecen abrumados por la fluencia de sus sentimientos. Ve la luz como número 3 de la colección Voz del tiempo de Literoy, donde la acoge el veterano novelista Ricardo Arias Navarro, cuyos manejos con sus jóvenes autores calificó como pérfidos Raúl Guerra Garrido (Ni héroe, ni nada, 1969), otra víctima de aquella cosecha de incautos. Arias Navarro había publicado en 1950 su novela El loco, en ediciones Castilla, y la rescató con lujo de tapa dura en su Literoy (1970). La novela de Umbral tendrá una segunda vida más digna como número 442 de la colección Áncora y delfín de Destino (1974).

Si hubiéramos sabido que el amor era eso (1969) es una elegía de la ciudad que impone su estampa a la pareja protagonista, que se dedica a recorrer calles, bares, observando guardias, turistas y los núcleos más frecuentados, de Atocha a Cibeles. A ese peculiar universo urbano se añade la dimensión amorosa de sus habitantes. La prosa de Umbral se convierte en poemática, acogiendo el doble pálpito de la ciudad y del amor de la pareja. También aquí echa mano el autor de relatos previos suyos: Amar en Madrid, Nada en domingo y El Escorial, fin de temporada. A veces, incluso, de sentencias filosóficas (Sartre: «el infierno son los otros, pero también el paraíso, querido filósofo», página 18) o históricas (»Castilla hace sus hombres y los gasta» (página 19).

Una novedad importante y decisiva de aquel 1968 se produce el 14 de octubre, cuando nace su hijo Pincho (Francisco Pérez Suárez), a quien un Delibes alertado por la expectativa de Umbral con el siguiente Nadal llamará Picarito. Este estreno como padre propiciará cambios importantes en la vida del escritor, incluida la adquisición de un Citroen GS, que maneja y conduce María España y les sirve para salir al campo y disfrutar los fines de semana como no lo habían hecho desde los tiempos de León, en que su amigo y colega Bernardino Martínez Hernando (1934-2019) solía acercarlos a los baños del Porma en Puente Villarente para rematar la jornada con una merienda en su casa de Mansilla de las Mulas. Ahora el aliciente es muy superior, porque les acompaña su hijo, a cuyo despertar asisten felices. Pero tal y como si estuvieran marcados por la tragedia, aquella felicidad iba a empezar a quebrarse muy pronto. El niño, que acaba de cumplir cuatro años, lleva una temporada pachucho y los análisis de sangre que le hacen a mediados de noviembre de 1972 descubren que padece una leucemia. Lo ingresan con urgencia en la Clínica de la Concepción y Umbral suspende un viaje comprometido a Nueva York para Destino. Pero hay que regresar al otoño de 1968 para recuperar el hilo.

Entonces Umbral todavía no ha publicado nada en Destino, cuyas puertas le abre más tarde Delibes, y concurre con El Giocondo al Nadal que finalmente lograría Álvaro Cunqueiro (1911-1981) con su farsa helénica Un hombre que se parecía a Orestes (1969). El cauto y precavido Vergés enseguida entendió que no iba a poder publicar la novela de Umbral y la orilló, anteponiéndole Sede vacante, del misionero murciano Eduardo García (1927), casado en 1965 y empleado como corrector de pruebas en la Alfaguara de los Cela. La votación final repitió la goleada del Jarama en 1955: 7-0. Por el camino final, fueron cayendo, además de El Giocondo (1970), Julia (1969), de Ana María Moix (1947-2014), Los trenes, de José Asenjo Sedano (1930-2009), La encrucijada, de Antón Risco (1926-1998), y Un sitio para Soledad (1969), de Antonio Pereira (1923-2009). Umbral tendría que esperar hasta 1975 para obtener su Nadal con Las Ninfas (1976), pero El Giocondo, que le publica Planeta en octubre de 1970, va a ser su primer éxito de ventas sin paliativos.

 

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