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El niño que prefería la misa al balón

Con 12 años, José David decidió convertirse en cura / «Igual que otro niño quiere formar parte de la cantera de un equipo de fútbol, yo quería entrar en el seminario» / En dos meses se ordenará, en un momento de crisis de vocaciones / Los seminaristas mayores se reducen a la mitad en 5 años en Valladolid, que pierde una veintena de sacerdotes

ALICIA CALVO / VALLADOLID
16/04/2018

 

Cuando otros niños imaginaban un futuro escogiendo entre aspiraciones frecuentes entre chavales, como ser policía o futbolista, José David Vázquez, con sólo doce años, se debatía entre una disyuntiva más singular y de mayores proporciones. «Desde tan pequeño, mientras otros chicos no tenían claro nada, yo ya sabía que quería elegir entre casarme o ser sacerdote». Va camino de conseguir lo segundo.

En dos meses, este seminarista de 33 años celebrará su ordenación en la capital vallisoletana, en una época delicada para la Iglesia, que cuenta con menos feligreses que antaño.

A esto se suma la crisis de vocaciones, que ha llevado al arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez, a realizar un llamamiento público para alertar del problema que genera la falta de sacerdotes y de la «necesidad primordial» de solucionarlo.

El déficit de la cantera resulta palpable desde el propio seminario, en Tirso de Molina, en el que reside este joven que ya ha dado el paso previo y ha sido ordenado como diácono. En la actualidad, los seminaristas mayores suman siete y representan la mitad que en 2012.

José David Vázquez, que desde hace cinco años se forma en Valladolid, tras un periodo en Roma, atribuye el despertar de su vocación al efecto que causó en él un párroco de su Madrid natal. Un hombre que con sus amenas homilías congregaba a multitud de gente «lloviera o hiciera frío» en torno a la parroquia de Pozuelo de Alarcón. Le encantaba escucharle. Se quedaba prendido de su actitud y de su mensaje.

Comenzó colaborando como monaguillo, hasta que un 8 de diciembre se plantó ante sus padres y con 12 años les informó de sus planes: «Papá, mamá, me quiero ir al seminario cuanto antes», asevera que les dijo. Al principio, «se asustaron un poco», pero no tardaron en respaldarlo.
Sintetiza que en una convivencia sintió «un flechazo» con Dios. «Supe que este es el lugar en el que me quiere», afirma.

Consciente de que su historia no es de las más habituales entre los chicos de su edad, emplea referencias que sí lo son: «Es como otro niño que quiere formar parte de la cantera de un equipo de fútbol. Pues yo quería entrar en el seminario».

Opina que «el testimonio personal es importante» para acercar la Iglesia a más generaciones y utiliza símiles con otras facetas de la sociedad. «Mi dedicación tiene en común con la de una persona que decide ser bombero que ambos tratamos de ayudar a los demás», señala.

Ante las palabras del joven, un sacerdote veterano encuentra coincidencias.
Julio de Miguel acumula medio siglo como párroco rural y expone que su misión vital, su inspiración, su «amor por Dios sobre todas las cosas», surge «igual que el enamoramiento» de dos personas. «Empiezas a sentir una atracción tremenda por estar cerca de Dios que puede más que tú y que va a dar sentido a tu vida».

De Miguel se confiesa de «vocación tardía» y cuenta que hasta los 20 años –tiene 74– vivió «una vida normal». «Sí sentí atracción por alguna chica, como cualquiera. Iba al baile, igual que todos los chicos», relata.

Pero en aquella época había obstáculos hoy desaparecidos. Así, intentó que su vocación «se apagara» porque perdió a su padre temprano, era el mayor de la familia y le «necesitaban» en casa.
Tanto el futuro sacerdote, como el veterano, reconocen que la situación actual de la Iglesia no es la misma que la del esplendor de otras épocas, pero ninguno es partidario de «adaptarse» eliminando algunas condiciones intrínsecas a su figura.

De ninguna manera verían apropiado un giro encaminado a suprimir las consignas del celibato y la pobreza, pese a que esto pudiera atraer a nuevas voces, porque consideran que se perdería el significado de lo que representan. «Jesucristo vivió así. Lo veo una diferencia esencial del sacerdote, que toma su inspiración y su ejemplo en su vida. No vivir de esa forma no sería lo mismo», comenta el más joven de los dos.

El mayor añade que renuncia «al amor carnal, a los hijos, a comprar un coche...» A renglón seguido, José David Vázquez agrega que también se prescinde de «estar en el lugar que se quiera en cada momento, de viajar y de tener tu propio sueldo».

Aunque no restan dificultad a los sacrificios, matizan que sienten «un gozo tan grande en el seguimiento del evangelio, que las renuncias son secundarias».

Cierto que De Miguel revela que en alguna ocasión le hubiera «encantado» ser padre. «Es la condición biológica que quiere seguir su curso, pero la del espíritu puede más», aclara.

Para Julio de Miguel, lo más difícil de su condición se resume en «la soledad» de determinados momentos. «He necesitado muchas dosis de comprensión. Al principio, hacía las cosas impregnadas por el ego. Pero me fui dando cuenta de que estoy al servicio de Dios y de que antes lo hacía al revés», confiesa. José David lo entiende porque afirma que «todo camino, ya sea que te cases, que seas cura, ingeniero o astronauta, tiene su cruz y sus dificultades».

La principal para él es «la tentación». «A veces piensas más en ti mismo», comenta el futuro sacerdote, a lo que De Miguel agrega que «eso es vanidad». Los dos aseguran que la respuesta a estos conflictos personales reside en no perder de vista que son «un instrumento de Dios».
El joven diácono vuelve a recurrir a una comparación coloquial para exponer que no son los únicos que realizan concesiones por su compromiso. «Conozco a muchos atletas que hacen un sacrifico tremendo en dietas y horarios por una corona humana, por una medalla. Nosotros buscamos ayudar a Jesucristo a salvar las almas», afirma en el recibidor del seminario, mientras señala a un cartel en el que se lee: ‘Tienes una llamada. Responde. Es la llamada del jefe más influyente del mundo’. «Eso lo resume todo», incide.

‘ANTES NOS RESPETABAN MÁS’

Ambos aseguran ser conscientes de que el momento que atraviesa la institución eclesiástica difiere del contexto en el que Julio de Miguel inició su recorrido por varios pueblos de la provincia. «Probablemente, antes nos tenían más respeto que ahora. Contabas más. El cura del pueblo era una figura clave. Ahora es uno de tantos», reflexiona este clérigo, que precisa que «la valoración depende de la labor pastoral» y habla de la mayoría, porque «siempre hay quien te sigue valorando y, también, quien siempre descaradamente te desprecia».

Tampoco circunscribe esta realidad al ámbito religioso. «Es un ambiente de menor respeto general. No sólo a los sacerdotes. A todas las entidades».

Sobre las menguantes vocaciones y los bancos vacíos en las iglesias, tanto José David como Julio aseguran que «el ruido» tiene mucha culpa. «Cuando hay muchas distracciones se vive como si Dios no existiera. Es difícil escucharlo», agrega quien arrastra más experiencia de los dos.

«Hace años había menos soluciones y se acudía más a la Iglesia. No quiere decir que aquellos fueran más religiosos que estos. Hay menos gente en la iglesia, pero la que hay toma caminos serios», defiende.

Y la que no entra no practica el catolicismo porque dispone de «más opciones de ocio y de consumo. Más ocupaciones que les satisfacen porque son a corto plazo».

El más joven ahonda en este argumento. «La gente quiere llenar su horario a tope. Apenas hay tiempo para convivir con la familia por el estrés, el móvil, internet...»

Para frenar la sangría que sufren a uno y otro lado del púlpito, contemplan su propia fórmula. Abogan «por la comprensión y la comunicación entre sacerdotes» y por trasladar el mensaje del evangelio asentados en «escuchar, acompañar y caminar con las personas que sufren». Con gente, explica José David, «que pueda sentirse sola». De tú a tú. «Es bonito interesarse por el que está en África, pero veo mejor hacerlo primero por el que tienes al lado tuyo», opina a las puertas de su ordenación.

La memoria de Julio de Miguel es clarificadora sobre la pérdida de fieles. Este cura vallisoletano se encarga de Portillo y Camporredondo, pero ha tenido bajo su mando las parroquias de otras localidades.

Recuerda con nostalgia los «buenos» tiempos en los que en Melgar de Arriba, «de 400 habitantes, cada día acudían a misa 60 o 70 personas». La afluencia era tal que oficiaba dos misas diarias e incluso alguna vez sobrepasaba esa frecuencia. «El obispo nos prohibía hace 40 años oficiar más, pero alguna vez hacíamos oídos sordos», ríe. «Era una maravilla».

Un destino posterior al que dedicó varios años fue Viana de Cega. Más cercano en el tiempo. Allí percibió el cambio. «En un pueblo de 2.000 vecinos venía sólo una decena a diario».

De las intensas jornadas de Melgar pasan a una carga de trabajo diferente y con más kilómetros por sacerdote. Muchos curas recorren varios territorios para celebrar la eucaristía en todos los posibles. Como una especie de «maratón» lo califica José David, que recorre cada domingo, como acompañante del párroco de Serrada, La Seca y Rodilana, esos tres lugares.

MÁS PARROQUIAS QUE CURAS

La necesidad se impone y la atención más frecuente para un cura incluye varios municipios porque hay menos sacerdotes que parroquias. 305 se encuentran en Valladolid y, de ellas, únicamente medio centenar están en la capital.

El Arzobispado vallisoletano contabiliza 234 sacerdotes diocesanos y matiza que está cifra «no contempla los sacerdotes-religiosos (claretianos y jesuitas, por ejemplo) que desempeñan labores pastorales y/o parroquiales». Disminuyen en número. En 2012 eran una veintena más, 252.

Las cifras alarman y José David explica que «a nivel pastoral se realiza una reflexión para aunar zonas porque es difícil con menos sacerdotes tener la misma presencia». Palpan diferentes impresiones según el lugar. «En algunos es fácil porque aceptan y pueden trasladarse. En otros, imposible».

Aunque Julio de Miguel aprecia «el gran problema», es reticente a esta opción porque ve «injusto que los pueblos más grandes tengan más atención» e incide en que no se debe «abandonar a nadie por pequeño que sea el pueblo, en la medida que se pueda». ¿Y si no se puede? «Hasta ahora hemos podido y hemos llegado», sostiene.

 

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