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UNA PARÁBOLA DE ESPAÑA

Medio siglo de la región de Benet

Cuando se cumplen cincuenta años de la publicación de ‘Volverás a Región’, el territorio mítico en el que se desarrolla la novela, inspirado en las comarcas leonesas en las que Benet vivió mientras construía el embalse de Porma, se mantiene como uno de los escenarios más representativos de la narrativa española.

ERNESTO ESCAPA
04/12/2017

 

Hace ahora 50 años que el novelista e ingeniero Juan Benet (1927-1993) fundó el territorio literario de Región, como antes habían hecho los Nobel Faulkner, con su condado de Yoknapatawpha, y García Márquez, con Macondo. En realidad, antes de llegar a la montaña del Porma para construir el embalse de Vegamián, en 1961, Benet había apuntado ya aquel universo tortuoso en su relato Baalbec, una mancha. Pero tenía claro que necesitaba fundar un espacio novelesco como Región para dar albergue al Numa, el guarda que vigila los accesos del monte. «Para hacer una cosa legendaria, había que darle un carácter propio y dotarlo de un territorio. Yo no lo podía situar en Zamora o en León». Las ciudades literarias, de las que tanta tradición existe, son como una foto fija. Así el Londres de Sherlock Holmes, el Dublín de Joyce, el Oviedo de Clarín o el Madrid de Galdós. También el Nueva York de Auster o el París de Cortázar. Un personaje como el Numa no podía andar por las calles y en esa encomienda, acuciada por la lectura tutelar de Fraser y de Faulkner, el novelista no quiere apartarse de lo que descubre en la montaña del Porma que anegará con su embalse: «Ni de la botánica, ni de la fauna, ni de la topografía, ni del clima».

Su discípulo Javier Marías evoca la figura de Benet con admiración: «Todos los amigos, más jóvenes o más viejos, envidiábamos su generosidad y energía y, para consolarnos, tendíamos a pensar que algunas de las muchas cosas que hacía no las hacía en persona, aunque sin saber de qué otro modo se puede hacer nada. Gustaba de parecer huraño en sus apariciones públicas, pero quienes lo trataron solían considerarlo el hombre más gracioso y encantador de la tierra. Tenía la elegancia de encubrir su extremada bondad, aunque a veces no lograra disimularla».

LA PATRIA DE LA RUINA

Cuando llega al Porma desde Oviedo, Benet ya tiene la primera versión de su novela regionata, que entonces se titula El guarda. Es un texto faulkneriano y alejado del costumbrismo realista que practican sus amigos Ferlosio o Martín Santos, pero todavía le falta el escenario, ese territorio mítico que sólo alumbrará durante su residencia en la montaña del Porma. En el verano de 1961 ve la luz el libro de relatos Nunca llegarás a nada, publicado a su costa con el sello editorial de Giner, mientras recorre la montaña leonesa, desde Leitariegos a San Isidro. Según su amigo Hortelano, aquel libro «pasa completamente inadvertido, salvo para el poeta Ángel González». Durante su pesquisa de la montaña leonesa, reside Benet en el parador de Pajares, donde también da remate al ensayo La inspiración y el estilo, que con una muda barojiana del título publicará en 1965 Revista de Occidente. Aquel otoño del 61 se acoge al hospedaje de Rogelio en la Venta de Remellán («donde se comían las mejores truchas y tortillas de la provincia»), mientras construye su casa en un prado a pie de presa, en la confluencia del arroyo Pardomino con el Porma. «Por allí había nutrias y se decía entonces que la nutria era el único animal que leía el periódico». Además del embalse del Porma, acomete la variante de la carretera hacia Puebla de Lillo y el trasvase de aguas desde el Curueño. Entonces nacen sus hijos Juana (1961) y Eugenio (1962). En 1964 da remate a Volverás a Región, que pasa inadvertida en el Nadal de 1965, concedido al colombiano Caballero Calderón.

El encuentro con la montaña leonesa le había proporcionado a Benet el escenario que necesitaba su universo literario. Allí sitúa la desventura de la España resultante de la guerra, escrita con una prosa arborescente y un despliegue de topónimos como espejuelos de caleidoscopio, que seducen al lector. El mito del guarda del bosque que dispara a quien profana su territorio, adquiere una nueva dimensión en este espacio ominoso. En la novela, la hija de un militar franquista llega a Región a visitar la casa del médico, en busca de su ahijado, con quien vivió hace años una historia pasional. Se va antes del alba y entonces el muchacho trastornado mata al doctor, convencido de que la visitante era su madre. Juan Benet había perdido a su padre al comienzo de la guerra en Madrid, paseado por una partida de anarquistas.

La primera expresión de su exigencia estética planteada en La inspiración y el estilo fue la novela Volverás a Región, que vio la luz en diciembre de 1967. Número 295 de la colección Áncora y Delfín de Destino, con una portada abstracta «de esas que se componen rasgando cartones delgados –o papel grueso– superponiendo, de arriba abajo, oscuros colores verde, violeta y negro que tendían a unirse como un abanico al revés hacia la parte superior derecha, y en letras blancas, en la sección verde de arriba, el título: Volverás a región, con minúscula, mostrando que los editores no lo habían leído, pues en el texto siempre aparece con mayúscula», en descripción de Rafael Conte. La novela, inadvertida en un Nadal anodino, vio la luz en Destino por el empuje amistoso de Ridruejo con aquellos deudos catalanes del falangismo burgalés.

A través de un argumento poliédrico de apariencia caótica, Benet nos ofrece la transparencia de un país sumido en la desolación causada por la guerra civil. Un país trasunto de España ubicado en la montaña del Porma, que Benet fundó ya en 1958, en su relato Baalbec, una mancha, recogido en el volumen Nunca llegarás a nada, que pudo ser leído en la edición de la colección de bolsillo de Alianza. Cinco pilares sostienen la Región de Benet: la experiencia infantil de la atrocidad, cuando una partida anarquista sacó a su padre de casa para matarlo en una cuneta; la sugestión de La rama dorada (1922), del antropólogo escocés James Fraser; el estilo y el despliegue opresivo de Faulkner; la dimensión topográfica de Os sertoes del brasileño Euclides da Cunha, que Benet leyó en Ponferrada para familiarizarse con el idioma portugués de muchos trabajadores de las obras bercianas; y, por último, decisivamente, la montaña leonesa en la que vivió un lustro durante la construcción del embalse del Porma. Precisamente, aguas abajo del Porma, en La Vega de Boñar, brotaría diez años después otro monumento de las letras españolas contemporáneas: Descripción de la mentira, de Antonio Gamoneda.

EL OSO DE PARDOMINO

Tampoco el laboreo narrativo de Benet con Región concluyó hasta su muerte prematura, en enero de 1993. En el imaginario de la Región de Benet tienen que ver reclamos inmediatos de aquella geografía y episodios de su vida cotidiana durante la obra. Un pastor le habla de un valle perdido donde hay tumbas sacrales del siglo XII, escondidas en el monte de Pardomino, mientras otro le advierte que los habitantes de aquel territorio son descendientes de un coronel francés que pasó por allí en la guerra de Independencia. Las historias recurrentes se refieren a guardas o pastores que en un cuarto de siglo nunca habían bajado del monte: desde la guerra civil. Entonces ocurrió el episodio legendario del oso abatido por un furtivo de Boñar y del urogallo electrocutado, que se comieron los obreros del embalse. Era un oso inmenso, que estuvo colgado del negrillón de la plaza de Boñar. Los operarios lo desollaron y «todo el redaño del oso lo vendieron a unos alemanes que pasaban por allí y lo compraron a un precio exorbitante: la grasa del oso la utilizaban para sacar aceite para relojes. Las entrañas las cocieron y durante tres meses estuvimos comiendo el hígado del oso, el corazón. Un taxidermista lo disecó y después lo he llegado a ver en la diputación de León. En la base del oso existe una inscripción que dice: ejemplar capturado en los montes de León en el año…cincuenta años antes. Creo que todavía está allí», declaraba Benet en 1984 a Sabino Ordás.

NUEVAS ETAPAS DE REGIÓN

Tres años después de Volverás a Región, Benet obtiene el premio Biblioteca Breve con Una meditación (1970), segunda parte de la trilogía. Su acción discurre en los momentos previos a la guerra y se adentra unos años en la posguerra. Aunque no puede hablarse propiamente de acción, sino de situaciones reconstruidas por la memoria del meditador: su pasado familiar al norte de Región y su juventud truncada por la guerra civil. Luego se desata una cadena de regresos, abandonos y decadencias familiares que abocan a la ruina general. El meditador se muestra más testigo que protagonista de aquel derrumbe y su monólogo suple la ausencia de argumento con el cañamazo del lenguaje, recurso barroco y prolífico que despliega tentáculos ramificados y arborescentes.
Un viaje de invierno (1971) cierra la trilogía con un fluido de memoria en el que la señora de la Gándara, que vive en una mansión situada en la frontera del bosque perdido, escribe cartas invitando a una fiesta para celebrar el regreso de su hija Coré. El origen del trastorno fue la celebración de sus esponsales con Amat, quien huyó antes de que ella bajara de su alcoba para reunirse con los invitados. Cuando llegó, sólo la recibió la puerta entreabierta, como testimonio de la huida precipitada de los invitados. Su imaginación sustenta el regreso de una hija que nunca tuvo y alienta un torrente de conciencia menos telúrico, pero más estético. Como ya advirtiera un personaje faulkneriano de El ruido y la furia, «uno no ve cura de su pasado».

Quizá por eso, Benet emprende «hoy, medio siglo después de aquellos sucesos» (en confidencia del narrador: página 417), su ciclo final de Región en la inacabada Herrumbrosas lanzas, que partiendo de un verso de Miguel Hernández, tiene como propósito clarificar y dar sentido al universo de Región, incorporando la imaginación como aliciente del relato. El primer volumen, de 1983, lleva un mapa de Región a escala 1:150.000 firmado por Benet y con guiños en su toponimia a diversos amigos, como Jaime Salinas, Luis Carandel, Sarrión o Marías. Lo abre una incursión en el diecinueve, con intriga de novela decimonónica, para abordar la historia familiar de los Mazón, cuyo vástago dirige la ofensiva contra Macerta con el firme propósito de avanzar, aunque no consolide el frente, dedicando todo su afán a convertir el azar en destino. La historia de Mazón convoca episodios de crimen y cainismo, de odio familiar, avaricia y mendacidad en la persecución de la bolsa de Región, que había quedado atrás «como un bastión godo», desatando legendarias venganzas con la brutalidad del mito, como aquel Santo Bobio, un asesino adiestrado para desnucar de un garrotazo.

 

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