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DISCRIMINACIÓN

«Me trataron de ladrona sólo por mi acento»

Caseros que no alquilan, empresas que deniegan hasta la entrevista, burlas o un ‘vete a tu país’... por el color de piel o la procedencia / Silvia cuenta que sufrió discriminación por ser extranjera / Un programa que gestiona Procomar y financia el Ministerio asiste a las víctimas, les da voz y trata de que quienes discriminan corrijan su actitud

ALICIA CALVO / VALLADOLID
05/02/2018

 

Durante la entrevista, el casero introduce exigencias nuevas: dos fianzas, dos avales y ver la cuenta corriente del posible candidato a residir en su piso. ¿La razón del cambio repentino? «Conoció al inquilino». Una persona con un acento o un aspecto que delata que no nació en Valladolid.
Este relato se repite con frecuencia. Abunda entre los denunciados en el programa de atención a víctimas de discriminación por origen racial o étnico que gestiona la organización Procomar Valladolid Acoge y gestiona el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Esta asociación pertenece a la Federación Red Acoge y asiste y orienta a quienes sufren un trato diferente por cuestiones como su color de piel o su procedencia.

En los cuatro años de funcionamiento del servicio en la ONG, desde su sede en Fray Luis de León ha atendido una quincena de incidencias anuales en la provincia.

Entre esos 60 casos se encuentra el de Silvia Ilarionova. Esta mujer de 36 años, nacida en Bulgaria y residente en Valladolid desde hace trece, acudió hace unos días a una oficina de la Seguridad Social y asegura que, antes de que aportar sus datos, «una funcionaria de mal humor» le espetó al echarle un vistazo: «Es empleada del hogar, ¿verdad?»

Este encuentro, que tilda de «discriminatorio y fruto de estereotipos», no es el que le ha llevado a engrosar el registro que la Red Acoge realiza sobre esta realidad cotidiana.

Recibe asistencia por un suceso que se remonta al pasado verano. En esa época, al salir de una tienda de ropa de un centro comercial vallisoletano dos vigilantes le dieron el alto. Silvia vestía pantalón corto y camiseta. Un detalle en el que incide para reforzar que no tenía dónde llevar ropa extra.
Cuenta que la retuvieron en un cuarto para revisar su bolso, incluso después de no hallar ninguna mercancía sustraída.

Relata que protestó, pidió explicaciones y se escudaron en que en las grabaciones se veía algo sospechoso. A los pocos minutos, se presentaron dos agentes de la Guardia Civil. «Tras revisar las grabaciones, ver que no se veía nada y darse cuenta de la situación que habían creado, su actitud dejó de ser desagradable y empezaron a justificarse; a decir que era un procedimiento habitual», indica la mujer que llegó a quitarse la camiseta y se quedó en sujetador para que comprobaran que no portaba una doble prenda. «Fue humillante».

En su opinión, una razón motivó esa situación: «Me trataron de ladrona sólo por mi acento y por mi aspecto, por ser extranjera. Al verme así con pintas pensaron que había robado algo. Con la ropa que llevaba ni siquiera podía esconder nada. No tenía ningún otro sentido».

Después de tres días, recurrió a Procomar. Su primer impulso fue denunciar, pero decidió esperar a que el enfado fuera menor. «Al final decidí no hacerlo. No quería provocar con mis actos más odio, hacer que odiaran más a los extranjeros. Sería comportarme como esos dos vigilantes», resume.

Pero tampoco se quedó inmóvil. Envió una carta al defensor del pueblo y otra a la cadena textil. «Es la forma de que cuente, de que no se tape la discriminación existente», aclara Silvia.

Precisamente este es el objetivo del programa, «dar voz a quien no siempre la tiene o no sabe cómo debe defenderse», expone Judith Sobrino, abogada, mediadora y responsable del área jurídica y del programa de promoción de la igualdad y la lucha contra la discriminación.

Este servicio ofrece asesoramiento, información, acompañamiento, mediación, ayuda en la tramitación de quejas y en los procesos de conciliación.

Explica la abogada que primero registran el caso –sin datos personales para la red nacional– y después investigan. «Tratamos de averiguar si se ha producido un incidente discriminatorio».
En algunos casos, con la credibilidad y los detalles de un relato resulta suficiente porque tampoco se puede ahondar más, pero en otros comprueban si la conducta cuestionada responde a razones de desigualdad. «Si a alguien no le alquilan una vivienda o le piden muchas cosas, llamamos y comprobamos que a nosotros nos la alquilan sin problema por no ser extranjeros», enuncia como uno de los ejemplos más repetidos.

Contactan con la persona o la administración señalada y aunque esperan que sean receptivos, esta mediadora de Procomar indica que no siempre sucede. «Esperamos que cambien su manera de pensar y romper esos estereotipos de que ‘los extranjeros son’. También queremos que se den cuenta de qué han hecho mal», asevera.

Sin embargo, la respuesta inicial no suele ser positiva. «Normalmente, reaccionan a la defensiva. Alguna vez alguien te sorprende y hace trabajo de reflexión y humildad, pero son las menos», reconoce Judith.

Por muy mal que reaccionen, en Procomar creen que algo se consigue. «Es difícil que una persona reconozca que ha hecho algo feo, pero incluso así lo más seguro es que la próxima vez sea diferente», agrega.

Emprenden diferentes estrategias y cuando la situación es propicia, «con el consentimiento de la víctima», promueven la interlocución con el discriminador.

En otras ocasiones, abogan por la negociación, por mediar entere las partes. En otros casos, orientan y asisten al usuario para que presente una reclamación donde corresponda.

También podría judicializarse. Este último supuesto no se ha dado en Valladolid, aunque en alguna otra provincia de Castilla y León, sí. «Apoyamos y respaldamos a la víctima. Si necesita asesoramiento jurídico se le brinda», agrega la responsable del programa.

A Silvia le han acompañado en todo el proceso, asesorándole sobre las opciones de las que disponía y, después, sobre cómo presentar la queja al Defensor del Pueblo.

En él, en el Procurador del Común, tiene fijadas sus esperanzas para cerrar este episodio. «Sólo espero que conste lo que me ha pasado. Es la manera de que no parezca que me tratan así de mal y no importa», expresa, para comentar a continuación que aún demasiadas mentalidades deberían cambiar. «Tendría que dar igual de dónde eres, si eres feo, guapo, negro... Aquienes piensan así y nos etiquetan a la ligera se me ocurre decirles que sólo existe una raza, la humana», defiende Silvia.

También Fabrizio y Nahir ven en el Defensor del Pueblo una salida.

Su respuesta es «la única opción» que barajan para resolver un horizonte que sostienen que se ha complicado por los prejuicios hacia ellos.

Italiano, él, y venezolana, ella, cuando solicitaron los trámites para casarse en el Registro Civil se encontraron con que las dudas sobre su relación les impidió contraer matrimonio. «Pensaron que lo nuestro era una unión de conveniencia, pese a que llevamos cinco años juntos, hemos vivido antes en Polonia y mi hijo –indica ella– se ha criado con él».

Les exigieron unos documentos que en Venezuela, «por la situación política del país», resultaba «muy difícil conseguir» y cuando ya los obtuvieron no lo aceptaron porque ya habían expirado.

La abogada manifiesta que «lo que les han exigido no se le pide a nadie» y que «en vez de efectuar una entrevista objetiva, como en otros casos de parejas mixtas, se han dejado llevar por sus suposiciones».
«Entiendo que un funcionario puede tener un mal día, pero hay cosas que no se pueden permitir», opina Judith, que subraya que el programa sirve de «termómetro social» respecto a tratos de desigualdad, y refrenda la sensación de Silvia, Fabrizio y Nahir.

La pareja también ha vivido otros altercados en los que se sintieron discriminados, en la Oficina de Extranjería, en autobuses urbanos y en un centro de salud, donde no quisieron atenderle.

Todos indican que el trato diferente por estas razones es común y se percibe también en pequeños momentos. «La gente te clasifica por tu color. Hay gente que busca trabajadores pero dicen ‘que no sean muy oscuros’. La ignorancia es atrevida y es un desprecio cultural tremendo»,comenta Judith.

 

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