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Una maternidad sobre ruedas

En poco más de una década, Irene Gervas ha formado una familia numerosa de diez hijos. Una labor como madre que compagina con su trabajo como enfermera en la factoría de Renault (Valladolid). Se siente «agradecida y afortunada» por el apoyo recibido. Una suerte que muchas mujeres no tienen.

HENAR MARTÍN
08/03/2017

 

El Día Internacional de la Mujer es momento propicio para resaltar la labor de aquellas a las que les toca compaginar su papel como madres trabajadoras. Son muchas las que se encargan diariamente del cuidado de los niños y a la vez ejercen una profesión; aunque si tenemos en cuenta el número de hijos, son pocas las que sobrellevan su día a día en el trabajo con un hogar de tres o más niños.

Irene Gervas es un caso digno de mención. Ella se considera una mujer normal con una vida normal, aunque la imagen que ilustra esta información llama la atención a simple vista. Es una ‘súper madre’, ya no sólo por sus virtudes para ejercer este papel, sino por el tamaño de su familia. A sus 40 años, edad a la que muchas mujeres empiezan a plantearse la idea de quedarse embarazadas, puede presumir de contar nada menos que con 10 vástagos: seis niños y cuatro niñas, para más señas.

Lleva 20 años ejerciendo su profesión como enfermera en la factoría de Renault. Siete de ellos en la planta de Villamuriel de Cerrato (Palencia) y el resto, en Valladolid. En un momento en que el papel de la mujer en la sociedad ha cambiado drásticamente, ella reivindica un lugar, el de esposa y madre, que consigue conjugar con cierta armonía, aunque para muchos cueste creerlo.

Ha dado un ‘volantazo’ en toda regla a los cánones que rigen la vida moderna de ‘cásate y ten uno o dos hijos cuando hayas conseguido un trabajo estable’. Junto a su marido Chema, al que considera «su motor», han ido contracorriente al formar una familia numerosa con categoría especial (la ley de Familias Numerosas establece esta categoría a partir del quinto hijo).

Su vida no esconde ningún misterio ni tampoco fórmulas mágicas. De hecho, ha mantenido su jornada laboral en la factoría del rombo – que arranca a las 6:00 de la mañana y termina a las 14:00 de la tarde– hasta hace un par de años cuando decidió reducirse la jornada en una hora (ahora entra a trabajar a las 7:00 a.m.), un tiempo que aprovecha para dejar preparada una lavadora y la ropa de los niños del colegio.

«Mi días son muy largos, tengo una vida de aventura, como una peli de acción, que se puede resumir en 2-3 lavadoras, 2 friegaplatos, 10 barridas de cocina y sacar la bolsa de la basura hasta en tres ocasiones», comenta con sentido del humor, mientras habla del papel de la mujer en la actualidad.

MADRE TRABAJADORA

Acude cada mañana a su trabajo en la factoría del rombo en Valladolid donde ejerce su profesión como enfermera en el servicio médico de la industria automovilística con la que se siente agradecida por su apoyo y comprensión. «Si después de diez hijos sigo en trabajando en el mismo sitio, es un hecho objetivo que se trata de una buena empresa» añade.

Se muestra positiva sobre la evolución experimentada por la sociedad con respecto al papel de la mujer en el trabajo en los últimos años, ahora según ella, más comprensiva y tolerante. «Creo que los tiempos han ido cambiando a favor mío, me han ido entendiendo y la ley me ha ido amparando. Aún así, he tenido suerte de estar donde estoy aunque siempre he cumplido con lo que la ley ha dicho».

Se siente afortunada en su trabajo por la comprensión que ha logrado tener por parte de sus superiores y compañeros, «sé que muchas madres en mi lugar no han tenido la misma suerte que yo», asegura. «Después de muchos años creo que en la fábrica me miran con asombro pero dentro de la normalidad». Ella, a su vez, se siente comprometida con la que considera ‘su otra familia’, la de la empresa automovilística francesa. «En la mayoría de los embarazos he ido a trabajar hasta el mismo día del parto; tan sólo en los dos últimos casos me he cogido una baja un mes antes de dar a luz», comenta mientras organiza el trajín de los niños recién llegados del colegio.

Lejos de lo que uno pudiera imaginar, en su casa está todo organizado como una academia militar. «Cuantos más hijos tienes mejor te organizas», dice con una sonrisa que no pierde en ningún instante. Los uniformes de los niños se apilan en uno de los armarios y la ropa de calle en otro contiguo.

En las habitaciones de los niños no abundan los juguetes. Unos cuantos balones de fútbol, baloncesto y rugby, además de unas bicicletas que se amontonan en la entrada principal de la vivienda comportan sus principales actividades de ocio y diversión de los pequeños.
Un piso de alquiler de180 metros cuadrados que se distribuye entre cuatro habitaciones, tres baños, salón y cocina, es el espacio donde residen. Los dormitorios se organizan en literas para aprovechar mejor el espacio.

El orden que impera en su casa ya lo quisieran muchas familias en sus hogares. Pero ella no se siente ejemplo de nada, según explica mientras da órdenes a los niños para que se preparen para salir en la foto. «Simplemente he llevado a cabo el sueño que albergaba desde niña de tener familia numerosa», cuenta. Irene está más que acostumbrada a convivir con muchas personas en casa. Es la cuarta de diez hijos. Su marido también procede de una familia numerosa formada por siete hermanos. Y a su vez cuenta con hermanos que han tenido 4, 5 o incluso 7 hijos. De hecho en navidades se reúnen casi 60 personas en casa de su madre, que lejos de estresarse, se siente orgullosa por tener tan magna familia. «Es lo que hemos vivido siempre, para mi es algo corriente, de hecho mis hijos hasta que nacieron los mellizos que ocupan el quinto y el sexto puesto, decían que aún no éramos una familia».

Habla transmitiendo una serenidad y paz que pocas madres trabajadoras tienen. Y eso que en su día a día está cargado de deberes y actividades extraescolares de los 3 colegios donde estudian los niños, además de la gestión que todo hogar comporta.
«Soy un chollo para los supermercados», sostiene mientras habla en la cocina de su casa donde guardan tarros de tomate en salsa, pasta y arroz de tamaño indutrial. Dice que necesita bajar a diario a comprar algo que necesita para la comida, al margen de las grandes compras para llenar la despensa que realiza cada semana. En su economía doméstica suele gastarse un mínimo de 600 euros a este apartado. Un presupuesto que gestiona con mesura y prudencia.

UNA FAMILIA ‘PROGRE’

Casada con un arquitecto que da clases en la escuela de diseño ESI de Valladolid, juntos forman un matrimonio ‘atípico’ por la dimensión de los miembros de su familia. Ellos se autodenominan como una familia ‘progre’. Cuando salen por la calle es casi imposible pasar desapercibidos ante las miradas y comentarios de los viandantes con los que se cruzan. Ella confiesa haberse acostumbrado a llamar la atención. «Noto muchísima alegría sobretodo entre la gente mayor, que nos para y recuerda su infancia creciendo en familias numerosas como la mía». Y entre el público que le mira con cara de asombro hay quien en alguna ocasión ha sacado sus móviles para hacerles una foto, según recuerda su hijo Fernando, el chico mayor de la casa, de diez años, mientras escucha a su madre.

Ante la pregunta de cómo es posible compaginar el trabajo con un hogar con diez niños, ella responde con una simplicidad máxima. «Todo lo hago con cariño y con muchísima ayuda, tanto de mis padres, mis suegros y Lili, la persona que le ayuda con las tareas del hogar y a la que se refiere como el verdadero alma de la casa».

Para los desplazamientos utiliza una furgoneta, que como no podía ser de otra manera, es una Renault Traffic de 9 plazas. Con el nacimiento de las dos últimas niñas se les ha quedado pequeña para realizar sus viajes y tienen que arreglarse con otro utilitario para poder moverse con toda la familia. No tienen grandes lujos, pero tampoco grandes necesidades. Cuando salen de vacaciones se van a una casa que la familia de su marido tiene en Cantabria.

«Yo no voy a buscar más hijos pero si vienen no voy a rechazarlos, contenta estaré» cuenta. «En el trabajo incluso me dicen, entre bromas, que ya puestos que no me quede ‘sólo’ con 10».

BAJA NATALIDAD

Con una tasa por natalidad que apenas alcanza los dos hijos por mujer en España, ella ha superado con creces la estadística, multiplicando por 7,5 el índice de fecundidad que en 2015 se situó en 1,33 hijos por mujer en nuestro país. Un problema que achaca a la sociedad: «Creo que también la culpa de que muchas no se atrevan a dar el paso hacia la maternidad es el miedo que te meten en el cuerpo por los peligros a perder tu puesto de trabajo».

Ella sin embargo ha vivido al margen de estas reticencias de la sociedad a ser madre más allá de los dos hijos. Desde 2005 ha tenido diez. La más mayor, Carmen cumplirá 12 años dentro de poco, mientras que la benjamina de la casa, Helena, cuenta con tan sólo 6 meses. Entre medias se suceden siete embarazos en poco más de una década, entre los que se encuentra un gemelar.

EL ‘SUDOKU’ CASA-HIJOS

Ella representa un caso que hace recuperar la fe en que la conciliación es posible. Esa palabra, para muchas mujeres maldita, ya que suena a utopía cuando se les menciona.
«La conciliación en este país está saliendo adelante gracias a los abuelos», afirma Irene, que cuenta con la ayuda de sus padres y sus suegros en su vida diaria, «son mis manos y mis pies mientras estoy en el trabajo».

«No sé qué sería de este país sin ellos, me ayudan en todo; los estudios de mis hijos, en las idas y venidas de los colegios, extra-escolares y hasta nos traen churros los domingos ¡benditos abuelos!», comenta mientras reconoce las dificultades que entraña el desempeño del papel de la mujer trabajadora en nuestra sociedad: «es muy exigente, de mucho sacrificio, porque continúa ella sola llevando la mochila de la casa-trabajo-hijos». Aún así sostiene que en su hogar nada de esto habría sido posible sin la ayuda de todos los que la rodean, empezando por su esposo: «Si un marido no ayuda ahora mismo yo lo veo muy difícil», sostiene. «También contamos con el cariño y ayuda de mucha gente y amigos que vienen a casa y nos echan un cable, como el tío Álvaro que se lleva a los niños a partidos, la tía Irene que tiene más paciencia que el santo Job y nos ayuda siempre en urgencias médicas, también nuestro amigo Joaquín (al que sus hijos denominan como ‘guapín’) que arregla todo (y eso que cada día se rompen dos aparatos) y que siempre está cuando más le necesitamos, o la tía Cris que nos compra los vestidos más monos y más rebajados de Zara».

TAREAS PENDIENTES

Al preguntarle por alguna reivindicación ante la celebración de esta fecha, 8 de marzo, no duda en contestar: «Si tuviera que hacer alguna pediría que las madres pasaran más tiempo con sus hijos y se incorporaran más tarde al puesto de trabajo. Queda bastante por hacer, en este apartado, basta con asomarse a Europa y ver cómo tratan a la familia en países muy cercanos, las ayudas a las madres trabajadoras, etc… Es curioso cómo tenemos a Europa como referente en todo menos en este aspecto», responde.

Su marido Chema opina en la misma línea. Cree que la mujer «ha sido, es y será siempre un pilar fundamental de la sociedad. Quizá hoy en día se ve obligada a trabajar fuera de casa por la coyuntura socio económica que vivimos y en ese sentido se ha avanzado mucho en reconocimiento y consideración hacia la mujer, pero la labor insustituible de madre y ama de casa debería ser reconocida y remunerada de alguna manera, para que sea completamente libre de elegir si quiere trabajar en su casa o fuera», apostilla.

Para Irene la sociedad de hoy está bastante concienciada del papel de la mujer en el mundo laboral y cada vez existen menos distancias entre hombres y mujeres. «Creo que la gente más preparada, con méritos y capacidad debería ocupar los mejores puestos de trabajo, independientemente de si es hombre o mujer».

«Yo creo que la realidad es que nos gusta trabajar a todas. Lo veo entre otras amigas mías que son madres trabajadoras, porque es el lugar donde te sientes reconocida y eso te llena». Aún así, el mundo presente actual según ella es que ya no se trata tanto de una elección sino de imperativo. «Ya no podemos escoger. Ahora, a diferencia de nuestros abuelos, es que necesitamos dos sueldos para mantener la mayoría de nuestros hogares».

Tiene claro cuál es su papel en la sociedad y lo que anhela para sus hijos «La mejor herencia que me han dejado mis padres es tener hermanos y como madre el mejor patrimonio que puedo dejarles a mis hijos, es éste».

 

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