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SALUD MENTAL - DEPRESIÓN EN LOS JÓVENES

«Los jóvenes deprimidos no somos blandengues, estamos enfermos»

El ‘divino tesoro’ de la juventud guarda también la arena de la depresión. Uno de cada diez jóvenes sufre esta enfermedad, que aumenta «de manera desproporcionada» entre los 15 y 24 años / Pedro permaneció un año sin hablar con practicamente nadie, salvo con sus padres. No tenía fuerzas para nada: «Pasé de ser muy cariñoso a desagradable» / Este vallisoletano describe un mundo en el que el enfermo todavía se esconde porque el resto lo ve «débil»

ALICIA CALVO / VALLADOLID
22/05/2017

 

«No soy feliz. No me gusta mi vida. Ya tengo 28 años y querría un trabajo, una pareja e hijos. Lo he imaginado muchas veces».

En numerosas ocasiones, lo anhelaba tirado en la cama o en el sofá, con la música o la televisión «a tope» para que le dejaran «en paz» y tratando de aguantar el llanto –«todo el rato tenía ganas de llorar», relata–. Evitaba el contacto con el exterior ycon el interior. Y cuando lo establecía «fingía».

Pedro pertenece a ese ‘uno’ de la estadística de la Organización Mundial de la Salud (OMS) que refleja que uno de cada diez jóvenes padece depresión y alerta de que esta incidencia aumenta «de manera desproporcionada» en la franja de 15 a 24 años.

«He llegado a estar casi un año sin hablar con gente. Sólo con mis padres, y sin ganas», indica para ilustrar una década con más momentos bajos que altos.

Pedro no se llama Pedro. Este vallisoletano utiliza el nombre ficticio como escudo para contar su historia sin que le señalen por su problema de salud mental porque huye del «estigma» social que aún perdura. «Está mal visto, como si fuéramos débiles o culpables, pero los jóvenes que tenemos depresión no somos blandengues, sólo estamos enfermos», reivindica para remachar: «Y se puede salir».

Estas expectativas halagüeñas, en su caso, presentan matices.

Explica Pedro que para llegar «a la oscuridad total», a no tener ganas de levantarse, de despertarse, de sentarse, de salir, de moverse, de comer, de sonreír, de vestirse, de recoger, de conversar... «de respirar», acumuló una infancia y una adolescencia complicada y frustrante.
Fueron años de «burlas en clase», insultos y risas a su costa; «desengaños por amigos y chicas», que cuenta que le trataron con crueldad; «de retraso en los estudios», aunque más tarde comprendería el origen de sus limitaciones, y «de presión y frustración» por no poder cumplir los planes preparados para él.

Hasta que un día, antes de acabar segundo de Bachillerato, se sintió exhausto, sobrepasado: «Ya no podía más. El mundo se me echó encima. Lo veía todo negro. ¡Todo! Sentía que no merecía esa vida. No me veía capaz de aguantar».

Recuerda que cayó «en picado» y durante tres meses no pudo ni acudir a clase. Perdió el curso. Comenzó con «medicación fuerte» y a los dos años su psiquiatra le dio el alta. Tiempo después volvió a encontrarse «fatal».

El caso de Pedro es peculiar. Mientras cursaba Bachillerato supo que, como consecuencia de algunas complicaciones médicas que padeció al nacer, presentaba alguna secuela que no habían identificado. Esos «problemas» que notaba para aprobar los exámenes o para relacionarse con los demás respondían a una discapacidad moderada. Saberlo le ayudó a explicarse muchas cosas, pero no evitó sus recaídas.

Desde hace diez años, la depresión aparece y desaparece con cierta periodicidad. «Sé que es algo que me va a acompañar toda la vida», comenta, concienciado, un joven que en la actual etapa se encuentra «tranquilo y motivado» para que su situación personal y laboral mejore. «Tengo ganas. Estoy positivo y no quiero por nada del mundo volver a sufrir tanto. Pero sé que eso está ahí. Por los estudios y por la gente he sufrido muchísimo. De una en una esas cosas podrían ser soportables, pero cuando se acumulan no sabes por dónde salir».

Desde que acude al último psicoanalista que le atiende desde hace varios años se siente más seguro. «La medicación y la terapia me vienen bien», señala, y expresa que la comprensión de su padre también le sustenta. «Siempre juntos. Él es el que más me ayuda».
Sin embargo, no todo el tiempo lo percibió así. Pedro explica que cuando está inmerso en un proceso depresivo «los consejos y los ánimos no sirven para nada». «El que tienes que levantarte eres tú».

Cuenta que estaba acostumbrado a escuchar frecuentes ‘¡venga, anímate, mira lo bueno de las cosas!’. «Aunque la intención sea buena, la mayoría no comprende que no te animas porque no puedes, no porque no quieras; que no sales porque estés cansado, sino porque te espanta hablar con los demás y necesitas estar solo», señala.

La incomprensión que relata alcanza cotas más altas. «Hay quien te llega a decir hasta que si lo haces por dar pena o llamar la atención, cuando, en realidad, no encuentras la forma de ver la luz. Tu habitación, tu casa, cualquier lugar es como un zulo en el que estás atado», expresa quien reconoce que ese estado irritó su carácter y pasó de ser un chico «muy cariñoso a uno desagradable».

Este cambio lo asume con cierto pesar. «Me pongo muy borde. Aguantarme no es fácil. Me altero en casa y fuera».

De hecho, el efecto en los demás representa otro de los daños colaterales de esta enfermedad que quien la padece no controla. Así lo explica el propio Pedro, que lamenta los desvelos y disgustos generados en sus más próximos. En los que se quedaron. «Cuesta que te entiendan y eso les hace sufrir», apunta.

Habla de los que se quedan porque también nombra a los que se marchan. «Muchas veces me he sentido muy solo. Muchos amigos me dejaron de lado o nunca lo llegaron a ser. No sé».

Lo que sí sabe con certeza es que coincide con cada término empleado por la OMS para definir una de las epidemias del siglo XXI: ‘La depresión es una enfermedad que se caracteriza por una tristeza persistente y por la pérdida de interés en las actividades con las que normalmente se disfruta, así como por la incapacidad para llevar a acabo las actividades cotidianas, durante al menos dos semanas’.

Lo suscribe, pero aporta su propia alternativa complementaria. «Para mí la depresión es soledad, desgana, angustia; tres o cuatros amigos que están; que te ahogas, que quieres llorar todo el día y que se te pasa de todo por la cabeza; negatividad y la sensación de fatiga insoportable. Es ‘dejadme en paz’».

Y en ese tiempo, la puerta laboral se cierra. Pedro ha pasado largos años sin trabajar por sus problemas médicos, pero su currículum lo nutren varios empleos con los que asegura que disfrutó.

«Sentirse útil es genial, pero tanto tiempo sin trabajar fue horrible. Pienso en el día de mañana, en de qué voy a vivir porque ahora estoy donde mis padres y no me falta de nada. También veo que con mi edad ellos ya me habían tenido».

Esa incertidumbre le asusta. «¡Claro que me da miedo el futuro!».

Regresó a la cola del paro hace tres semanas, pero antes ejerció de técnico de teleasistencia sanitaria –«atendía las llamadas y realizaba un seguimiento telefónico» de las personas asistidas por el servicio–, también como comercial, de teleoperador, o impartiendo cursos de formación en una compañía telefónica, entre otros puestos por los que saca pecho. «Trabajo muy bien».

Pese a este paréntesis impuesto, asegura que su evolución es positiva. «Ahora me levanto con ganas. Todavía no he llegado al equilibrio, sigo con mis altibajos, pero no son tan bruscos», expone esperanzado, durante una conversación que se extiende algo más de una hora y en la que menciona en varios momentos que se ha sentido «muchas veces discriminado».

Un sentimiento repetido de manera general. El gerente de la Federación de Salud Mental de Castilla y León, el trabajador social Ángel Lozano, constata que alrededor de los trastornos mentales, y en particular de la depresión, «existen muchos tabúes». «Sentimos vergüenza por decir ‘estoy yendo al psicólogo’ y tendríamos que hablar con naturalidad, como de un especialista más del sistema sanitario».

Esto repercute –indica– en que haya pacientes que «no lo reconozcan y no pidan ayuda».
Lozano certifica el incremento de la prevalencia que describe la OMS. «Es evidente que la depresión en los jóvenes va en aumento y, en parte, viene motivado por los cambios de la sociedad», opina.

En el mismo sentido, el psicólogo vallisoletano Rubén Mosquera, miembro del Colegio Oficial de Psicología de Castilla y León, afirma que atiende «muchísimos» cuadros depresivos en edades tempranas e incide en que las causas, el contexto y las vivencias son «muy variadas».
Tanto, que la experiencia de Pedro recala en lugares comunes, pero, a la vez, refleja infinitas singularidades.

Mosquera apunta algunos factores, pero incide en la diferencia entre depresiones exógenas y endógenas, «de tipo psicológico o más orientadas por cambios neuroquímicos, más biológicos», aclara.

Este psicólogo observa «una falta de capacidad de afrontar o gestionar los recursos» entre algunos pacientes y destaca un significativo incremento en su consulta de mujeres entre 25 y 35 años por esta patología.

Lo atribuye, de una manera general y con la premisa de que cada historia personal es única, «a un nivel de autoexigencia salvaje, no sólo en lo laboral, sino en lo cotidiano» dentro de este perfil concreto.

Lozano avanza más razones que se tornan en problemas. En un somero repaso, se centra en los «cambios sociales y económicos» y cita «la presión sobre los jóvenes que ejercen las redes sociales» y la huella de la crisis económica. «Crece el desempleo juvenil y las dificultades para independizarse. Cada vez ven un futuro más negro y la falta de expectativas en los jóvenes incide directamente en su salud mental».

Tampoco se olvida de otros factores, como «la facilidad del acceso a conductas de riesgo –el alcohol o las drogas–», que advierte que «pueden provocar trastornos mentales como este, que llevan al aislamiento social».

Los modos de combatirlo, residen, a juicio de este representante de la Federación de Salud Mental, en «reforzar el sistema educativo como prevención» y, también, el sanitario en Atención Primaria porque este especialista cree que «se psiquiatrizan situaciones cotidianas que antes no llegaban a tanto».

Comenta, y en esto coincide con el psicólogo Rubén Mosquera, que en la actualidad, por motivos educacionales, «la tolerancia a la frustración es más baja y situaciones que antes eran tristezas se tornan en problemas psiquiátricos».

Mosquera aprecia, además, cierta confusión y desconocimiento, y apostilla que «la gente tiende a decir ‘te veo deprimido’ cuando en realidad debería decir ‘te veo triste’». Lo argumenta en que la tristeza representa «un aviso»: «Uno se siente mal pero sigue haciendo las cosas, mientras que esta enfermedad cambia tu comportamiento, interfiere en tu vida cotidiana, dejas de hacer las cosas, de hablar o hablas con agresividad. Varía tu patrón de comportamiento».

Los expertos se pronuncian, pero Pedro tiene algo más que añadir. Se dirige a cualquiera de las más de 350 millones de personas diagnosticadas con depresión en el mundo, según la OMS: «No te sientas inferior a los demás. Es una enfermedad, no es culpa tuya».

UN CONGRESO NACIONAL PARA DAR VOZ EN PRIMERA PERSONA

Que nadie hable por ellas; que las personas que padecen alguna enfermedad mental se expresen y «formen parte de la solución». El gerente de la Federación de Salud Mental de Castilla y León, Ángel Lozano, explica que la cita nacional que acoge la capital abulense este viernes y sábado, 24 y 25 de mayo, pretende dar voz a los enfermos. «Es habitual que se hable por ellos; que lo hagamos nosotros, los profesionales, o incluso sus familiares, y queremos cambiarlo, dejarles hablar para comprender mejor cómo se debe actuar».

De ahí que el lema de este vigésimo Congreso estatal de Salud Mental España sea ‘Una vida en primera persona’. Prevé congregar a alrededor de 400 personas y trazará desde distintos ángulos una radiografía completa de todos los retos a los que se enfrenta una persona «a lo largo de todo su ciclo vital». Tendrá como eje «sus derechos y cómo actuar para que dejen de tenerlos limitados».

Una de las mesas se centrará en las primeras etapas de la vida y tratará, entre otras cuestiones, la depresión creciente en los más jóvenes.

 

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