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INCLUSIÓN EN EL AULA

Lecciones de normalidad

Cuatro colegios de la Comunidad disponen de un aula inclusiva. En esta clase se escolarizan niños con necesidades especiales dentro de un colegio ordinario / Es la alternativa a combinar días en un centro de educación especial con jornadas en uno común / Comparten pupitre con alumnos sin discapacidad y reciben sesiones de especialistas / «A mi hija le beneficia estar con niños que hacen cosas que ella no. Aprende más rápido»

ALICIA CALVO / VALLADOLID
04/02/2018

 

Sus profesoras coinciden en que lo que más le gusta del colegio a esta niña es «correr». Tanto, que ahora trabajan en ver «cómo frena».

Tiene cuatro años y el curso pasado lo empezó sin apenas mantenerse en pie, pero lo terminó caminando. Aunque todavía le falta estabilidad por la enfermedad rara que padece (el Síndrome 5p-) y se apoya en su silla de ruedas, el avance «ha sido mucho más rápido de lo previsto».

Sus padres no tienen que sacarla de clase para trasladarla a las sesiones de fisioterapia; ni alternar tres jornadas en un centro de educación especial y dos en uno ordinario, como sucede en numerosas situaciones similares de otras familias de niños con discapacidad.

El colegio vallisoletano León Felipe es uno de los cuatro centros escolares públicos de la Comunidad que dispone de un ‘aula inclusiva’, junto con Antonio Machado y Francisco Pino, en la misma ciudad, y Miguel de Cervantes, en Zamora.

En estas clases se escolariza a un máximo de cinco alumnos con necesidades educativas especiales y éstos alternan horas en su aula, atendidos por personal especialista, con otras en la de un grupo más amplio de escolares de su edad que no presentan ninguna discapacidad.

Esta fórmula mixta aún se encuentra en fase inicial en Castilla y León. Sólo lleva curso y medio de experiencia en los cuatro centros, pero el consejero de Educación ya ha manifestado en alguna ocasión su intención de extenderlo paulatinamente.

Las implantaron el año pasado con niños de tres años, en primero de Infantil, y en la Comunidad hay diecisiete alumnos con necesidades graves y permanentes escolarizados en este modelo.

Esmeralda es la madre de una de las tres pequeñas del aula especial del León Felipe, y asegura que esta opción facilita el día a día de su pequeña en el colegio. «A nosotros nos viene muy bien, pero a la niña mucho mejor porque sólo acude a un colegio».

Su enfermedad, la del Síndrome 5P-, le provoca una discapacidad intelectual moderada y motórica, pero su evolución es ascendente. «A mi hija le beneficia estar integrada porque, aunque es muy sociable, utiliza mucho la repetición. Ver a otros niños que hacen cosas que ella todavía no, le hace intentar emular lo mismo y, gracias a eso, conseguimos que empezara a andar antes de lo esperado. También por escuchar al resto aprende más rápido palabras y números», explica Esmeralda.

Al abrir la puerta de la clase, algunos de los 23 niños se giran y otros continúan en sus pupitres garabateando las fichas de números.

Durante este rato permanecen todos juntos en el aula ordinaria. Identificar quiénes son los tres escolares que no pasan todo el tiempo lectivo en esa clase y lo combinan con la inclusiva resulta tan difícil inicialmente, como sencillo una vez se sabe que siempre tiene que haber un adulto a su lado.
Este acompañamiento cuando se encuentran en el aula grupal responde a que la presencia de un docente con cada niño con necesidades especiales «facilita el desarrollo de la clase y garantiza que siguen el ritmo».

La directora del colegio León Felipe, Magdalena Díez, explica la filosofía que les llevó a aceptar la proposición de Educación de implantar un aula de este tipo: «En esto consiste la integración. En que cada uno de los 23 alumnos es único y uno más y en que a todos les viene bien aprender en una situación de normalización con los demás. Se estimulan más».

Por este motivo, en primero deInfantil del León Felipe esta mañana se encuentran cuatro docentes: la tutora del curso ordinario, la responsable del aula inclusiva, la auxiliar técnico de educación y una profesora de apoyo.

Los abrigos los dejan en aulas separadas, cada uno en la suya, pero en asamblea se sientan los 23 sobre la misma alfombra. Apartir de ese momento, cada jornada varía y los horarios están marcados para que los tres niños con necesidades especiales reciban atención personalizada continua.

En otros tramos del día trabajan individualmente con la logopeda, la fisioterapeuta o la especialista en audición y lenguaje.

Después del recreo, estos escolares –dos chicas y un chico– se separan del resto y regresan con su tutora a su clase porque suelen encontrarse «más cansados para mantener la atención».

El funcionamiento del aula de los tres niños trata de asemejarse lo más posible al de la general de cuatro años. «Intentamos pasar el máximo tiempo que podemos todos juntos», indica la responsable de la inclusiva, Ana Santos, que expone que en la etapa de Infantil las materias se imparten «por proyectos».
A partir de un tema transversal, trabajan las distintas áreas en vez de impartir una lección magistral, y este método facilita la adaptación para que unos y otros aborden los mismos conceptos. «Es más fácil así y hay flexibilidad absoluta porque dependemos de cómo estén emocionalmente o físicamente los niños ese día», apunta Santos.

En ocasiones, la adaptación se traduce en simplificar los planteamientos, en hacer cambios si en el aula general trabajan el número 6 y ellos todavía están con la grafía del 3, o en ampliar las imágenes porque uno de los tres pequeños presenta deficiencia visual.

Pero realizan las fichas en la misma mesa, pese a que unos descubren la letra a y otros ya se lleguen en la u.

Este modelo de escolarización está contemplado dentro del Segundo Plan de Atención a la Diversidad de la Junta que, según recoge, busca «facilitar una respuesta educativa normalizada e inclusiva al alumnado con necesidades educativas permanentes y muy graves».

Siguiendo esa estela se encuentra el equipo docente del León Felipe. El año pasado, el primero de esta experiencia, el colegio contó con cinco niños en esta opción, pero dos se han mudado.

Los tres menores que acuden en este curso no pertenecen al barrio de La Rondilla, donde se ubica el centro. Proceden de otras zonas de la capital e incluso del alfoz.

Esmeralda se refiere a esa incomodidad de trasladarse a un colegio alejado de su domicilio como «una molestia menor» porque cree que la integración «es la opción más correcta» en su caso. «Están tan acostumbrados a verse, que entre los niños hay una amistad muy especial», relata.

Reconoce Esmeralda que, como a cualquier padre, le preocupa el bullying y que su hija pudiera pasarlo mal por las diferencias, pero aclara que ese pensamiento se centra más en el futuro. «Las preocupaciones siempre existen, pero no con respecto a los niños que están desde el principio con ella. Sé que les entienden y que están pendientes de ellos», apunta y extiende su explicación. «Me preocupa más cuando en unos años cambie al otro edificio, se terminé Infantil, y coincida con alumnos que nunca han tenido ninguna experiencia con niños de necesidades especiales».

La enfermedad rara de la hija de Esmeralda sólo afecta a un niño entre 20.000 y sus padres aseguran que el primer curso «fue duro» porque tuvieron que trabajar para que Educación atendiera algunas de las demandas que facilitaran su estancia en este colegio público. Se movilizaron en sintonía con otros padres, con el equipo del centro y con el respaldo de la Fundación Síndrome 5p-, que les orientó durante todo el camino.

Esmeralda cita algún ejemplo de las mejoras obtenidas: «Al principio no había opción para que fueran al comedor y necesitábamos un transporte adaptado para que se sentara en su silla». Ahora un taxi adaptado los recoge en el León Felipe y los traslada hasta el comedor, a unos minutos de distancia. El resto de niños se desplaza en un autobús escolar.

Esta madre subraya lo pertinente de empezar desde el primer curso de Infantil, «cuando los niños son pequeños, para que entiendan desde siempre que hay gente diferente y que no por eso hay que tratarla de forma distinta».

La tutora aprecia en ellos, en todos, efectos más allá del aspecto académico, «también a nivel social y comunicativo». «El compañerismo es total. Además, al principio, los tres estaban más retraídos, no hablaban mucho, miraban a ver qué pasaba, pero ya no. Cantan con los demás e intervienen», detalla.
Para esta profesora, la inclusión que asegura que fomentan cada día debería extenderse a más centros educativos. «Somos un reflejo de la sociedad. Hay diversidad y si desde el colegio descubrimos eso, después, en la empresa, en la vida, será más fácil la convivencia», arguye Ana Santos, que sostiene que la integración favorece a cada uno de sus alumnos y los educa en «la tolerancia».

También defiende que los niños con necesidades permanentes a su cargo reciben la misma formación que si acudieran a un centro de educación especial, pero además refuerzan otros aspectos sociales. «Completan todas las facetas en las que se deben formar desde el colegio; no sólo académicas. Están con los niños que se van a encontrar cuando salgan al parque de su barrio y la relación será más sencilla», opina esta docente.

La directora despeja dudas sobre la inclusión real en el aula. «Los niños pequeños no ven las diferencias, eso lo hacemos más los adultos». Para cuando estos escolares crezcan, espera que al menos hayan aprendido una lección, que «no pasa nada por ser diferente».

 

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