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EL SIGLO DE DELIBES

Un hombre de provecho

«Poco a poco, me fui enterando de las muertes traicioneras e insidiosas que se producían en las retaguardias. Muertes, muchas veces, que no tenían nada que ver con la política, sino más bien motivadas por venganzas personales, viejos odios o envidias de vecinos. Se aprovechó la impunidad del momento para saciar aquellos rencores». «Las guerras siempre han servido para que unos cuantos mueran y otros tantos vivan mejor que vivían antes», confiesa Delibes en ‘Aún es de día’ (1949), su segunda novela.

ERNESTO ESCAPA ERNESTO ESCAPA
15/05/2018

 

JOVEN CATEDRÁTICO.

«Creo que estoy marcado por la guerra, que de una manera u otra asoma con frecuencia en mis novelas… La guerra del hombre que se aprovecha de aquellas circunstancias. De modo que siempre ha estado presente la guerra en mis relatos».

Acabada la contienda, los comienzos sólo son fáciles para los que habían triunfado «en el sentido estricto de la palabra». Aquellos que consideraban que con la guerra habían ganado unas oposiciones, y fueron bastantes, no tuvieron ningún problema. «Pero muchos, al acabar la guerra, nos encontramos con el cielo y la tierra y tres años más encima. Yo acabé mis estudios gracias a un préstamo sobre el honor muy curioso que entonces concedía la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca. Te daba un préstamo para estudiar de hasta diez mil pesetas, que era mucho dinero, con la única condición de que lo utilizaras bien y lo devolvieras. Podías elegir la mensualidad. Yo solicité trescientas pesetas y así pude hacer Comercio y Derecho. Se devolvía cuando empezabas a ganar y tenías un plazo de diez años; era un préstamo bastante generoso. Con ese dinero pude comprar libros y hacer algunos viajes: a Bilbao, para obtener el título de Intendente Mercantil, y a Madrid para los cursos monográficos de doctorado en Derecho…Aprovechando los cursos intensivos y los exámenes fáciles, me permitió terminar ambas carreras en poco más de un par de años».

Tutelado por la familia, ingresa en 1941 como caricaturista en El Norte de Castilla, donde publica sus primeros dibujos el 14 de octubre, ilustrando el partido de fútbol Delicias-Ciudad Real. Las viñetas aparecen estampadas con la firma MAX: M de Miguel, A de Ángeles y X de incógnita sobre su futuro. También diseña los rótulos de las secciones: Espectáculos, Los deportes de El Norte y De la ciudad. Aquel empleo le reporta unos duros mensuales, con los que ir cumpliendo como novio impecune de Ángeles Castro Ruiz, a quien había conocido con quince años, durante un permisomilitar. «Fue el nuestro un noviazgo de prueba, pues no disponíamos de una peseta y nos pasábamos la vida en un banco del Campo Grande, mirándonos a los ojos, hermosa actividad hoy incomprendida. Los sábados por la tarde íbamos al café Corisco, en los soportales de la plaza Mayor. Yo pedía una caña y cuando el camarero se interesaba, ¿para los dos?, yo decía muy digno: no, no, para la señorita, yo no voy a tomar nada». Casi un año después, el 9 de setiembre de 1942, publica su primer artículo sobre el deporte de la caza mayor, aprovechando la apertura de la veda. Los textos siguientes, más fluidos, los dedica a comentar exposiciones: una de dibujos en el Corisco, firmada por quien va a ser su cuñado al casarse con Luisa, hermana de Ángeles, el periodista deportivo Chuchi Fragoso del Toro (1919-2003), y otra más convencional del pintor Illera Valencia. Simultáneamente, empieza colaborar, como «ayudante interino gratuito», en la cátedra de Derecho Mercantil de la Escuela de Comercio, que ostenta su padre. Y como sagaz introvertido, saca jugo a su tiempo de conjeturas en la marina, opositando a comienzos de 1942 al Banco Castellano de Duque de la Victoria, donde empieza a ganar 189 pesetas mensuales, como empleado del negociado de valores. Allí permanece seis meses, que le permiten ir conociendo algunos entresijos de las finanzas, para opositar a la cátedra de Derecho Mercantil de la Escuela de Comercio, en la que está a punto de jubilarse su padre. Entre abril y julio de 1943, será enviado por el periódico familiar, propiedad de Santiago Alba, casado con la hermana de su padre, a hacer un curso acelerado que impartía la Escuela Oficial de Periodismo en Madrid, estancia que aprovechó para aprobar también los cursos monográficos de doctorado en Derecho. El mismo curso en que obtuvo su carnet de periodista Camilo José Cela, quien pronto lo aprovecharía para su ejercicio como censor. Miguel Delibes había sido elegido con cautela por la empresa para ir reponiendo las vacantes provocadas en el periódico por Juan Aparicio López, como delegado nacional de prensa y ejecutor de la censura. El jonsista Aparicio había apartado a Francisco Cossío de la dirección del periódico en marzo de 1943, nombrando para sustituirle al cura Gabriel Herrero, colaborador del periódico Libertad, del Movimiento. Un mes después, despide al subdirector Martín Hernández, a quien se permite seguir como redactor de cultos por su condición de tonsurado. Una vez caído en desgracia Alba, por su protagonismo republicano como presidente de las Cortes, el consejo del periódico entendió que no iban a cejar las asechanzas y envió a Delibes en busca del salvoconducto del carnet. Obtiene el carnet de periodista número 1.176 e ingresa como redactor de segunda en El Norte de Castilla el 9 de febrero de 1944. Acude al periódico por las tardes, de siete a dos de la madrugada, donde se ocupa de las gacetillas de sucesos, necrológicas y breves locales, a la vez que sigue ilustrando con dibujos las críticas de cine. «Me fue muy útil el ejercicio literario del periodismo provinciano, porque en él tienes que hacer de todo. Solté la pluma y aprendí a decir mucho en poco espacio y con las palabras justas». A pesar de su juventud, aunque con similares reservas y miramientos, Miguel Delibes se acostumbra, como su personaje Eugenio Sanz Vecilla, a manejar el cajón de los tópicos. Así, las muertes anteriores a los cuarenta años son prematuras y sus difuntos malogrados; las mujeres, a partir de los cincuenta, siempre virtuosas; los militares, bizarros; y los jueces, probos. Como el protagonista de sus Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983), también Delibes llegó al periodismo por azar.

Don Adolfo Delibes se jubiló de la cátedra de Comercio en 1944. Antes de opositar, Miguel Delibes cumple el trámite de presentar la tesis ‘Causas de disolución de las compañías anónimas’. «Aquella tesis, menos escribirla, me la dio hecha un tío mío, Luis Silió, también montañés de Molledo, que era ingeniero en la fábrica de cerámica familiar… El despertar de mi afición a la expresión literaria empieza en esos años cuarenta, cuando estoy de reportero en El Norte y al tiempo estudio el curso de derecho de Garrigues. Entonces me dedico a dar forma a una obsesión de la infancia, la muerte, que siempre me ha acompañado. He pensado muchas veces si esta obsesión no vendría de la edad de mi padre, que era ya provecto cuando yo tengo conciencia de lo que es la muerte. Lo cierto es que esta obsesión por la muerte me venía persiguiendo, y cuando vi que era capaz de escribir, pues no dudé en exponer esta tesis pesimista y absurda de forma novelada. Así surgió ‘La sombra del ciprés es alargada’, mi primera novela».

LA FORJA DEL ESCRITOR.

A finales de julio de 1945, Miguel Delibes Setién obtiene la cátedra de Derecho Mercantil, en una oposición presidida por Joaquín Garrigues Díaz-Cañabate, cuyo Curso de Derecho Mercantil le había enseñado también a escribir, «despertando en mí el gusto por la palabra, revelándome ese mágico juego que consiste en atrapar una idea que nos ronda por la cabeza y fijarla en el papel, mediante cuatro vocablos precisos. A algunos escritores de mi tiempo, esta fascinación se la produjo Ortega, pero yo entonces todavía no conocía a Ortega y aun cuando, posteriormente, se repitió esta emoción ante algunos ensayos del maestro, la primacía se la debo a don Joaquín, muy orteguiano por otra parte. Garrigues consiguió interesarme por la palabra escrita, seducirme con sus múltiples combinaciones y, en consecuencia, ganarme para un mundo, el de las letras, en el que yo nunca había soñado entrar».

«Hasta aquel momento, yo había leído libros interesándome por lo que decían, nunca por cómo lo decían, esto es, por el vehículo expositivo. Después de conectar con el Curso de Derecho Mercantil, mi actitud cambió radicalmente y la forma de decir llegó a apasionarme tanto como el mensaje que contenía… Su prosa era sencilla, directa, casi ascética. Garrigues era castellano en el decir: llano y desnudo. ¡Pero qué admirablemente exacto! ¡Qué adjetivación inesperada la suya! Esta prosa precisa, desvestida, sin galas, es lo primero que me cautivó de él. Pero dentro de su ascetismo -a tono con su figura-, Garrigues, llegado el momento, hacía la pirueta, sabía sacarse una metáfora de la manga, una metáfora oportuna, rutilante, divertida, como cuando para demostrar la responsabilidad derivada de una letra de cambio, afirmaba que todo firmante de ella era su esclavo».
Antes de su abominable, pasajera y en parte secreta afición al póquer, que cultiva con los amigos en el refugio de la buhardilla familiar, Miguel Delibes tuvo una etapa de lector infantil, que discurrió entre los diez y catorce años, «tal vez un poco antes. Recuerdo aquella colección Molino, con los viejos cuentos de siempre, y también la Araluce, que ponía al alcance de los niños literatura seria, Ivanhoe y cosas así. De estas historietas leí bastantes. Luego vino toda una serie de lecturas misceláneas, y a mis doce años empiezo a descubrir mis propios libros, aquellas novelas de aventuras, como Rebelión a bordo, y todas las de Zane Grey, Oliver Curwood, novelas de horizontes abiertos… Salgari creo que es posterior; lo descubro a los trece o catorce años, Sandokán y los piratas de Malasia. Luego se produce en mí una pausa, dejo de ser aficionado a la lectura… Leo menos y esto coincide con la llegada de la guerra. Éramos niños de pantalón corto que teníamos todo el día para nosotros, quitando, en mi caso, mis obligaciones con el peritaje mercantil y el modelado. Aquel fue un tiempo más de estar en la calle, con los amigos, que en casa; por eso leo menos, con más pausas, y curiosamente leo novela policíaca: Conan Doyle, Agatha Christie, Simenon, ‘Beau geste’, de Christopher Wren… Eran novelas que costaban 90 céntimos, de la Biblioteca Oro. Mi padre era un entusiasta del Quijote. Yo no sé cuántas veces lo leería: veinte, treinta veces; cada verano, desde luego. En las vacaciones, en Molledo, en Quintanilla de Abajo, en Boecillo, acostumbraba a hacerse una cabañita, un sombrajo, y allí se encerraba por las mañanas y yo le oía reír, él solo, a carcajadas; estaba leyendo el Quijote por décima vez».

 

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