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La historia duerme a la sombra del ciprés

Castilla y León ha sido durante siglos cuna de reyes, literatos, santos, héroes, artistas y políticos que dejaron su firma en la historia de España. Allí donde nacieron y vivieron descansan sus restos para la eternidad, convirtiéndose en un punto de interés para el turismo

GUILLERMO SANZ
01/11/2018

 

Contaba la pluma de Miguel Delibes, no falta de razón, que la sombra del ciprés es alargada. Tanto como para cubrir todo el territorio castellano y leonés. Cuna de reyes, de artistas, de célebres literatos o de políticos que cambiaron el rumbo del país y lugar de descanso para todos aquellos a los que el destino quiso que su camino terminara en Castilla y León. El reloj se paró para ellos, pero su recuerdo se mantiene vivo en la historia y en los sepulcros donde descansan, donde su leyenda se mantiene viva.

TIERRA DE REYES

Las paredes de los castillos y palacios de Castilla y León fueron testigos de cómo dieron sus primeros pasos unos niños destinados por su linaje a tener en sus manos el futuro de España. Aunque algunos como Felipe II (El Escorial), Isabel la Católica o Juana de Castilla (ambas en Granada) encontraron su descanso eterno lejos de su lugar de nacimiento; otros lo hacen en la región. Es el caso de Juan II de Castilla. Sus restos, junto a los de su esposa Isabel de Portugal, se encuentran en un sepulcro de alabastro situado en la Cartuja de Miraflores (Burgos), donde el cuerpo del monarca llegó por orden de su hija, Isabel la Católica, que trasladó los restos desde la iglesia vallisoletana de San Pablo.

Como Juan II, Alfonso VIII encontró el descanso eterno también en Burgos, en concreto en el monasterio de las Huelgas Reales de la capital, donde se puede ver el sarcófago del monarca y el de la reina consorte, Leonor Plantagenet. Precisamente siguiendo el ejemplo de Leonor en Burgos, María de Molina, reina consorte de Sancho IV, donó parte de su palacio para el levantamiento de un monasterio cirtescience, el monasterio de las Huelgas Reales de Valladolid, donde su sepulcro es el único superviviente en la actualidad del proyecto inicial.

Sus coronas no fueron las únicas en el camposanto castellano y leonés. Felipe V se enamoró del paisaje de Valsaín y ordenó levantar un palacio siguiendo la estética de Versalles (donde se crió). El Palacio Real de San Ildefonso se convirtió en un monumento de infinita belleza en el que optó yacer en la Colegiata de La Granja para toda la eternidad, desafiando la costumbre de los Austrias y los Borbones que tenían un espacio reservado en la cripta del Monasterio de El Escorial, una regla que tuvo en Felipe V y Fernando VI su excepción.

EL DESCANSO DEL GUERRERO

Hay restos que descansan allí donde se acabó el camino y otros que hicieron kilómetros para hacerlo donde deseaban. Es el caso de Rodrigo Díaz de Vivar. El Cid Campeador se convirtió en el adalid de la Reconquista de España y en uno de los héroes de guerra más subrayados en los libros de historia. Dicen las leyendas que el burgalés ganó una batalla después de muerto, lo que sí es una realidad es que su cuerpo conquistó varios territorios una vez fallecido. Cuatro años después de su muerte, en 1099, su esposa Doña Jimena llevó sus restos hasta el Monasterio de San Pedro de Cardeña, en Burgos, donde el caballero no encontró descanso eterno. Las tropas napoleónicas expoliaron su tumba y su rastro se repartió por medio mundo.

República Checa, Francia, Alemania, Polonia o Rusia han sido algunos de los lugares en los que se han localizados fragmentos del Cid. Se decidió que el lugar idóneo para levantar su sepulcro fuera la Catedral de Burgos, donde descansa junto a su espolsa, Doña Jimena. Sin embargo, a orillas del Arlanzón, el Monasterio de San Pedro de Cardeña y el Arco de Santa María conservan partes de los restos de Don Rodrigo Díaz de Vivar.

EPITAFIO LITERARIO

Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando, escribía Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre. Curiosamente, el poeta de Paredes de Nava tiene su sepulcro junto al de su padre en el Monasterio de Uclés (Cuenca). Sin embargo, el vasto legado que Castilla y León ha dejado en la literatura española tiene un valor incalculable. Muchos fueron los literatos que encontraron las musas a las puertas de sus casas o que las descubrieron, como Cervantes, cuando se convirtieron en vecinos castellano y leoneses ilustres.

La historia de cada provincia está escrita por la pluma de sus mejores literatos. Personas que dieron nombre a Castilla y León con palabras que aprendieron a hilvanar en su territorio. Es el caso de Francisco Umbral, Jorge Guillén, los hermanos Machado o José Zorrilla. Precisamente el poeta y dramaturgo vallisoletano fue quien puso la primera piedra del Panteón de los hijos vallisoletanos ilustres que se encuentra en el cementerio de El Carmen.

El literato es parte del orgullo de Valladolid, donde da nombre a un paseo, una plaza, un teatro y al estadio de fútbol. El amor que Zorrilla profesaba a la ciudad del Pisuerga era mutuo. Tanto que en sus últimas voluntades estaba el descansar en la ciudad que le acunó al nacer. Así, cumpliendo el deseo del poeta, enterrado en primera instancia en el cementerio de San Justo de Madrid (donde falleció en 1893 tras una intervención para extraerle un tumor cerebral) fue trasladado al camposanto pucelano, inaugurando un monumento de piedra caliza, bronce y hierro; un panteón diseñado por Nicolás Fernández de Oliva. Desde el 4 de abril de 1902, el panteón se ha hecho lugar de culto a los amantes de la literatura en el que las lápidas mantienen viva la memoria de Miguel Delibes o Rosa Chacel.

El autor de La sombra del ciprés es alargada, El hereje o Diario de un cazador se convirtió en la palabra de la Valladolid contemporánea. Su fallecimiento en 2010 fue un triste epílogo para una ciudad que lloró la pérdida del último gran escritor local y último nombre en sumarse al panteón de los ilustres. Antes lo hizo Rosa Chacel. A pesar de vivir la mayor parte de su vida fuera de Madrid, tras su muerte volvió al lugar en el que empezaron a crecer sus raíces para recibir sepultura en un monumento fúnebre que gracias a ella cambió de ser un panteón de hombres ilustres al de personas ilustres, donde se encuentran otros nombres propios de la cultura vallisoletana como Pío del Río Hortega, José Muro López, Narciso Alonso Cortés, Ricardo Macías Picavea, Vicente Escudero, José Almirante Torroella y Emilio Ferrari.

Méteme, Padre eterno, en tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar. Tras este epitafio grabado en una placa de mármol se encuentra la tumba de uno de los mayores exponentes de la filosofía española: Miguel de Unamuno. Integrante de la generación del 98, fue político y prolífico escritor de ensayo, novela teatro y poesía, además de rector de la Universidad de Salamanca, ciudad en la que falleció el 31 de diciembre de 1936. Desde que llegara a la capital del Tormes, guiado por una cátedra en griego, Unamuno se convirtió en un icono de la vida social salmantina hasta su fallecimiento. Fue enterrado en un modesto nicho en el cementerio salmantino de San Carlos Borromeo, donde su sepulcro es uno de los más visitados.

TIERRA SANTA

Castilla y León ha sido ‘tierra santa’ a lo largo de la historia. Dentro de sus fronteras nacieron místicos como Santa Teresa de Jesús (Ávila) o San Juan de la Cruz (Fontiveros, Ávila), religiosos a los que su vocación les elevó a la figura de santos.

El convento de la Anunciación en la localidad salmantina de Alba de Tormes se ha convertido en un punto de encuentro para las personas de fe que tienen en Santa Teresa de Jesús un referente religioso. Allí descansa su cuerpo incorrupto en una caja de plata. Sin embargo, su sepultura fue un viaje tortuoso que comenzó tras su fallecimiento en 1582. Tres años después, la orden de los Carmelitas Descalzos ordenaron la exhumación de su cuerpo (a excepción de un brazo) y su traslado a Ávila, una decisión que molestó a los duques de Alba que movieron sus hilos para que fuera de nuevo inhumado en Alba de Tormes, donde permanece en su basílica desde entonces en un sepulcro custodiado por nueve llaves. Si bien es cierto, que se extrajeron varias reliquias repartidas por Roma, Lisboa, París o en Ronda, donde se ubica la mano que Francisco Franco conservó hasta su muerte.

San Juan de la Cruz también recibió sepultura en lugar sagrado. El Convento de los Carmelitas Descalzos, orden que ayudó a crecer, en Segovia se levanta su sepulcro. Sin embargo, el camino fue largo hasta su llegada hasta territorio castellano y leonés. El fallecimiento del religioso inició un cruce de pleitos entre Úbeda, donde murió, y Segovia, donde se dirigía cuando le sorprendió la parca. Su cuerpo se trasladó clandestinamente hasta los pies del Eresma, donde reposan actualmente en su sepulcro.
Nacido en la localidad toledana de Belmonte, Fray Luis de León se convirtió en un hijo más de Castilla y León. De niño empezó a estudiar en Valladolid y con 14 años viajó a Salamanca para ingresar en la orden de los Agustinos. Sus últimos días les pasó en el convento de Madrigal de las Altas Torres (Ávila), pero su cuerpo recibió la santa sepultura en el claustro de la Real Capilla de San Jerónimo, en la Universidad de Salamanca, donde sus cenizas reposan en un cenotafio.

LA MANO QUE GOBERNÓ ESPAÑA

La catedral de Ávila protege la tumba del hombre que cambió España. Adolfo Suárez fue la mano que guió al país desde la dictadura hasta la democracia. El primer presidente del Gobierno tras la Transición dejó su último legado en su lápida. «La concordia es posible», palabras que descansan sobre el frío mármol que defiende el descanso eterno de Adolfo Suárez y de su mujer Amparo Illana, como el propio político abulense pidió por carta en vida.

A pocos metros de la tumba de Suárez, descansa otro político: Claudio Sánchez-Albornoz. Cuando estalló la Guerra Civil emigró a Argentina, donde dirigió el Gobierno en exilio de la II República. A su vuelta a España, con el dictador muerto, se asentó el Ávila, donde falleció en 1983. También desde el exilio, en esta ocasión en Méjico, lideró el gobierno republicano uno de los leoneses ilustres: Félix Gordón Ordás. Pese a fallecer en el país centroamericano, su cuerpo descansa hoy en su León natal, en el Cementerio de León. El político siempre quiso ser enterrado en León o con tierra leonesa y es el primer (y hasta ahora único, junto su mujer) leonés en el Panteón de los Hombres Ilustres en León.

EL ARTE HECHO SEPULCRO

Las vidas se apagan, pero las obras viven para siempre. No sólo en los museos, también en los cementerios, una rotonda por la que pasa el turismo para sentirse cerca de aquellos a los que admiraron. Es el caso de Alonso Berruguete, uno de los máximos exponentes del arte renacentista español. Nacido en Paredes de Nava, el escultor instaló su taller y su residencia en Valladolid después de su paso por Italia. Falleció en Toledo, mientras trabajaba en el sepulcro del cardenal Talavera, pero su cuerpo realizó un último viaje hasta la localidad vallisoletana de Ventosa de la Cuesta, donde ostentaba un señorío. El altar mayor de su iglesia fue el lugar escogido para su sepultura.

Lejos del taller y cambiando el cincel por la cámara, Félix Rodríguez de la Fuente se convirtió en uno de los máximos exponentes de España en el arte audiovisual. El hombre y la tierra enseñó a varias generaciones a amar la naturaleza. Su muerte en un accidente de avioneta en Alaska fue una conmoción nacional. Fue enterrado en su Poza de la Sal (Burgos), pero su viuda, Marcelle Parmentier, pidió la exhumación y traslado al cementerio de San José (un viaje que se tuvo que hacer de madrugada y en silencio para evitar conflictos con los habitantes de Poza de la Sal, que no querían perder a su hijo predilecto), donde se levantó un panteón junto a una escultura realizada por Pablo Serrano en el que se puede apreciar al documentalista rodeado por sus amigos los lobos, uno de los puntos más visitados del camposanto burgalés.

La música aún suena en el Monasterio de Sancti Spiritus de Toro, donde descansa el maestro de orquesta Jesús López Cobos, un genio que conquistó la Scala o el Covent Garden y que decidió volver a su a su tierra natal para pasar la eternidad.

 

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